El reloj inteligente te indica que subieron las pulsaciones. No estás nervioso, pero entonces algo está fallando. Si lo que hay que hacer es estar tranquilo, sentirse en paz con uno mismo y fluir, entonces no estás haciendo las cosas bien. Esa escena, inventada pero muy realista, ocurre cada vez más de la mano de la moda/obligación de "hackear" las emociones para "estar bien" siempre.
Cada vez se escucha más la palabra biohacking. Algunos lo usan para no envejecer y otros le suman el apellido de "biohacking emocional" y lo aplican para intervenir la propia biología con pequeños atajos —hacks— y así alcanzar un rendimiento emocional satisfactorio de forma permanente (como si eso fuera posible).
José Juan Rivero Pérez, profesor de la Universidad Europea especializado en intervención en psicología de la salud, describió este fenómeno en un artículo publicado en The Conversation. Su tesis es que la idea resulta atractiva porque promete control, pero a la hora de aplicarla dispara la ansiedad en una población que, según escribió, "rechaza que la vida es una sucesión de luces y sombras".
El biohacking nació con el objetivo de optimizar el cuerpo: dieta, luz, suplementación. El salto al terreno de la salud mental, sostuvo Rivero Pérez, genera un híbrido que podría ser peligroso, porque las emociones dejan de leerse como señales que informan sobre nuestra relación con el entorno y pasan a tratarse como "errores de software" o fluctuaciones químicas que hay que corregir.
Según la tendencia, entonces, "la tristeza no es una respuesta a una pérdida, sino una bajada de serotonina. El estrés no es una señal de que estamos sobrepasados, sino un pico de cortisol que hay que hackear", escribió. El resultado, según su lectura, es una métrica de eficiencia que reemplaza el valor de las experiencias de la vida.
El cortisol no es una toxina
En redes abundan las rutinas de 30 segundos para bajar el cortisol al mínimo, como si se tratara de algo que hubiera que eliminar del cuerpo. Sin embargo, Rivero Pérez recordó que esa hormona es central en la respuesta de lucha o huida: sin ella no podríamos despertarnos a la mañana ni reaccionar frente a un peligro.
Algo que es sabido es que el problema no es el cortisol en sí, sino el desgaste que produce el estrés crónico. Pero ahí es donde aparece la paradoja de esta cuestión: uno se estresa, implementa el "hack" y, si por alguna razón no funciona al instante, la alarma se duplica. Entonces, el biohacking emocional termina siendo más dañino que el estrés en sí, ya que el cerebro interpreta que la máquina está fallando y cronifica el estado de alerta que se quería resolver.
"Nos vende que sentir estrés es un fallo en la gestión personal que genera una metaansiedad, o sea ansiedad por estar ansioso", dice el autor.
La dopamina no se reinicia como un celular
Otro clásico del rubro es el "ayuno de dopamina", que sugiere que se pueden resetear los receptores cerebrales como quien reinicia un teléfono. "Esta simplificación es neurobiológicamente imprecisa, ya que la dopamina no solo es placer: también juega un papel importante en la predicción que hacemos de las recompensas y en la motivación", apunta Rivero.
Lo que pasa cuando se intenta controlar cada pico de dopamina es que se "genera una vigilancia obsesiva sobre el propio placer". "La persona deja de disfrutar de un café o de una charla con amigos porque está evaluando si eso le está quemando los receptores dopaminérgicos", agrega.
Vigilar cada pico tiene un costo y el artículo recuerda que la salud mental florece cuando hay autonomía y espontaneidad, no cuando el control se impone sobre cada gesto, cada emoción o sentimiento.
Una falsa sensación de control
"La ansiedad es una respuesta de adaptación ante la incertidumbre y la falta de control", explica Rivero, y agrega que el biohacking promete el control total. Entonces, la conclusión es clara: la promesa es imposible de cumplir y va a generar frustración.
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Aceptar las emociones, reconocerlas y permitirse vivirlas es parte de lo que se considera inteligencia emocional. Lo contrario: evitarlas y ponerles un parche para silenciarlas, es la mejor forma de que perduren en el tiempo.
Rivero Pérez lo resumió en una frase que funciona como diagnóstico de época: "No puedo controlar mi entorno, pero puedo controlar mis ondas cerebrales". Y llamó a evitar el "perfeccionismo emocional", que es caldo de cultivo para los trastornos de ansiedad generalizada.