“El inicio de clases no es solo un cambio de calendario, es un movimiento interior”, afirma el psicólogo Alejandro De Barbieri y, aunque lo más factible sería pensar que se refiere a los pequeños estudiantes, en realidad, está hablando de los padres.

Año tras año, los mayores sufren por dejar a sus hijos en el jardín o en la escuela: porque lloró; porque no quería quedarse; porque la maestra no lo recibió como pensaba… La lista puede ser infinita e incluso el psicólogo contó de un caso que conoció en el que un padre se apostó con una cámara en un lugar desde el que veía el salón para registrar cómo entró el niño, cómo lo recibió la maestra y los compañeros.

Las redes sociales y las consultas psicológicas registran por estos días esos miedos de los padres, esas expectativas que muchas veces no pueden cumplir y la necesidad de control que sienten necesaria para abordar el momento en que el chico quedará “solo” en la escuela. “Pero educar sin culpa es aceptar que nuestros hijos no están para cumplir nuestro guion, sino para escribir el propio”, afirmó.

Preparar a los padres para la vuelta a clases

“El inicio de clases es un acto de amor y de desprendimiento. Educar sin culpa también es aprender a aceptar que lloró, que vino enojado o irritable. No enojarse, sino sostener, porque el malestar no es un error, es parte del proceso”, agregó el psicólogo que este año verá editado en China su popular libro titulado —justamente— “Educar sin culpa”.

Por otro lado, De Barbieri recordó que si el niño llora cuando se queda en la escuela, es porque siente que va a extrañar a sus padres, los quiere, hay apego. “Y eso es bueno”, resaltó.

De lo que plantea el psicólogo, parece desprenderse que, más que preparar a los chicos para el inicio de clases, hay que preparar a los grandes. Consultado sobre esto, planteó que “el niño, muchas veces, acompaña las emociones del padre” y que es algo que él siempre habla en sus charlas o en la consulta: “Les digo a los padres que se fijen cómo están ellos, para ayudar a los niños en ese momento de desprendimiento, que sea lo más natural posible”.

“Que no sufra lo que yo sufrí”

El especialista enfatizó que sería de gran ayuda que los padres resignifiquen ese momento y lo vean como algo a celebrar: sus hijos crecen, se quedan en la escuela, hacen su camino, sus amigos. “El niño va a estar triste (cuando entra), pero después va a lograr amigos, va a socializar. Hay que celebrar la vida que crece”, agregó.

Y en eso de abrir su propio camino también estará implícito el sufrimiento, que es parte inevitable de la vida. En ese sentido, contó un caso reciente que lo hizo poner en perspectiva lo duro del primer día de clases. Dijo que lo invitaron a dar un taller sobre duelo en una escuela tras el fallecimiento de uno de los alumnos, una semana antes del inicio del año lectivo. Allí estaban los familiares del chico fallecido, los compañeritos, sus familias y los docentes. Después de esa charla, emotiva y movilizadora, se fue a otro lugar, donde tenía pactado hablar de “sobreprotecciónde padres a hijos.

“Ahí me puse a pensar: a veces no dejamos que nuestros hijos sufran, pero ¡hay sufrimientos más importantes en la vida!”, dijo. La cultura actual y eso de ‘no quiero que sufra lo que yo sufrí’ hace que los padres queden trancados, explicó.

Además, dijo De Barbieri, hay casos de “padres que sufren de antemano”. “Porque una cosa es sufrir cuando el niño ya está llorando, pero otra es que te duela cuando te parece que se va a caer. O que te duela que la novia lo va a dejar o que va a perder un examen. En el fondo, eso es: ‘no quiero que me duela el dolor de mi hijo’ y es algo más profundo, porque ni siquiera estamos pensando en el niño”, reflexionó.

“Eso habla de adultos frágiles y así no ayudamos a que nuestros hijos crezcan”, resumió.