El celular vibra sobre la mesa, la pantalla muestra el nombre de la madre o del abuelo, pero en lugar de atender, el dedo se va directo a WhatsApp para mandar el siguiente mensaje: “¿Qué pasó?”. La consecuencia es obvia: padres y abuelos enojados y jóvenes que no entienden por qué tanto alboroto. Para ellos no corresponde llamar; con un mensaje basta y sobra.
La escritora estadounidense Sophie Riegel, especializada en relaciones entre generaciones y bienestar emocional, decidió explicar ese choque desde adentro, hablando en primera persona por su generación. En una columna publicada en Psychology Today, empezó por una confesión: “Si fuera por mí, nadie me llamaría el día de mi cumpleaños”.
Para ella es un suplicio ese día, en que las llamadas llegan una tras otra, con las mismas preguntas y la misma charla de compromiso. Para la joven, digna representante de la generación Z, con un mensaje o un correo es más que suficiente. Aun así, reconoció, casi siempre atiende.
los jóvenes y las llamadas
Para su columna, Riegel se apoyó en una encuesta de 2024 de la plataforma británica Uswitch, realizada por la consultora Opinium a 2.000 adultos del Reino Unido. Según ese relevamiento, el 23% de las personas de 18 a 34 años dice que nunca atiende llamadas de voz y el 61% prefiere los mensajes de texto o de chat.
Además, el 56% de ese grupo asume que una llamada inesperada de un familiar o un amigo es porque trae malas noticias. “Cada vez que suena mi teléfono, pienso inmediatamente: ‘¿Quién se murió?’”, contó. Para la autora, esa asociación entre llamada inesperada y mala noticia hace que hasta un saludo casual resulte estresante.
El mismo estudio mostró, sin embargo, que el 68% de los jóvenes no tiene problema en hablar por teléfono si la llamada se acuerda con anticipación.
Una llamada = una interrupción
“Para la generación Z, la comunicación cotidiana ocurre principalmente por texto”, escribió Riegel, y en eso basa las razones de la resistencia a las llamadas. “Una llamada exige mi atención aquí y ahora”, explicó, mientras que un mensaje puede esperar a que uno esté disponible y con ganas de responder.
Además, explicó que una llamada obliga a cortar lo que se está haciendo y después cuesta recuperar la concentración. Tamaña lección de vida para quienes todavía usan (usamos) el teléfono de línea.
Por otra parte, la joven marcó algo bastante llamativo: una llamada telefónica es una conversación en vivo, que requiere de capacidad de improvisación, obliga a responder sin pausa y sin posibilidad de corregir. “Escribir me da una red de seguridad (y una tecla para borrar)”, resumió.
También pesa la sensación de pérdida de tiempo. “Para una pregunta rápida, un mensaje de texto transmite la respuesta en segundos”, señaló Riegel, mientras que una llamada tiende a irse por las ramas y robar un tiempo que la persona no está dispuesta a resignar.
Lo que significa la llamada para los mayores
Riegel no se limitó a defender a su generación, sino que fue comprensiva ante lo que puede sentir un adulto ignorado telefónicamente. Ella admitió que una vez ignoró una llamada de su abuelo, se olvidó de devolverla y terminó respondiéndole por correo electrónico. Eso generó que su abuelo se ofendiera y la joven reconoció: “Debería haber devuelto la llamada esa noche”.
Para explicar ese desencuentro, recurrió al investigador de parejas John Gottman, que describe esos gestos como intentos de conexión: pequeños llamados de atención que esperan una respuesta. Para muchas personas mayores, señaló, llamar sigue siendo la forma de vincularse y de demostrar cariño, y por eso devolver la llamada importa, aunque sea breve.
Tomando en cuenta esa idea, la autora propuso un punto medio: Atender el teléfono cuando esté libre y no hacerlo cuando no lo esté. A cambio, pidió a su familia que no se lo tomen como algo personal y sugirió tres hábitos:
- Avisar con un mensaje antes de llamar. “¿Podés hablar?” y proponer un momento para la llamada, así se elige un momento en que ambos puedan prestar atención.
- Adaptar el medio al mensaje: texto para coordinar cosas rápidas y llamada para ponerse al día o hablar de lo que uno siente.
- Reservar las llamadas sorpresa para lo urgente, de modo que, cuando el teléfono suene, quede claro que es importante.