Todo empezó con animales. Primero fue con ecuaciones que se armaron para entender cómo crecían las poblaciones de conejos en Australia y después, cómo subían y bajaban las de linces y liebres en Canadá. Las herramientas estaban ahí y al profesor Laurent Pujo-Menjouet, de la Universidad de Lyon I, se le ocurrió aplicarlas para entender por qué algunas parejas resisten los golpes de la vida y otras se van deshaciendo de a poco.
Junto a un equipo de investigadores, Pujo-Menjouet viene desarrollando modelos que tratan a las relaciones amorosas como sistemas dinámicos y estudian cómo evolucionan los sentimientos, cómo responden a las presiones externas y cómo se recuperan o se deterioran.
“No hay ningún encantamiento misterioso ni poción mágica. A esta altura, ya se sabría. ¿Entonces está toda esperanza perdida? Por supuesto que no. Es precisamente ahí donde todo se vuelve interesante”, dice el investigador en el libro en el que dio a conocer su trabajo, que se titula “Love! Valour! Equations! (¡Amor! ¡Valor! ¡Ecuaciones!)”. Allí reúne matemática, psicología, literatura y cine, según informa el sitio Science Daily.
De las poblaciones a los vínculos
Algunas teorías que utilizan el investigador francés y su equipo fueron desarrolladas para estudiar cómo evolucionaban las poblaciones animales. Se aplicaron en conejos australianos, en linces canadienses y en liebres de raquetas de nieve. Otras, como el efecto Allee, se habían usado para describir lo que sucede cuando una población cae por debajo de un nivel crítico y la supervivencia se vuelve mucho más difícil, explica el sitio.
Y justamente, la relación entre eso y el amor de pareja fue lo que encontraron: “Del mismo modo que podemos predecir el crecimiento demográfico o las especies en peligro de extinción, podemos modelar la evolución de los sentimientos dentro de una pareja”, aseguró Pujo-Menjouet. “No intentamos predecir de quién te enamorarás, sino comprender por qué algunas parejas se mantienen estables a pesar de los inevitables reveses de la vida, mientras que otras se distancian poco a poco”, agregó.
Un trabajo similar fue realizado por John M. Gottman, conocido psicólogo estadounidense, llamado “Dr. Amor”. Él codificó interacciones entre parejas, las tradujo en gráficos y mostró que los modelos podían anticipar desenlaces. Además, otros investigadores abordaron la cuestión de las “reacciones demoradas”, esas que se dan cuando uno no sabe qué responder ante el conflicto y luego, cuando encuentra la respuesta, puede calmar el conflicto o empeorarlo.
Pero aunque la investigación avanza en este campo, Pujo-Menjouet aseguró que la idea clave es simple: cada relación puede tener un umbral crítico que representa el nivel mínimo de fuerza necesario para que el vínculo se mantenga estable. “Si tus sentimientos caen por debajo de este umbral y se mantienen ahí, las matemáticas predicen un inevitable declive hacia la separación”, dijo.
Lo bueno es que conocer ese “umbral” no es una sentencia, sino que es una herramienta: al saber cuál es, las parejas “pueden reconocer las zonas de peligro y tomar medidas correctivas”, señaló el autor.
Basados en esos conocimientos, el equipo investigador creó modelos diseñados para tener en cuenta las dificultades cotidianas, como el estrés, las discusiones y las presiones externas a la relación. Y explican que la clave no está en evitar que ocurran esas dificultades, sino en la eficacia con la que la pareja se recupera. “La cuestión importante no es si las parejas discuten”, sostuvo Pujo-Menjouet, “sino si tienen la suficiente capacidad de recuperación para volver al equilibrio después”.
El modelo destaca tres factores que inciden en esa estabilidad: la atracción mutua, el debilitamiento gradual de los sentimientos y cómo responde emocionalmente cada persona a la otra.
Un GPS para la pareja
Una de las líneas que evalúan los investigadores es combinar el modelado con inteligencia artificial para crear un sistema de alerta temprana, que detecte cuándo una relación se mueve hacia un estado inestable y avise a tiempo. “Pensalo como un GPS de la relación”, propuso Pujo-Menjouet. “Te muestra dónde estás, hacia dónde vas y sugiere rutas para llegar al destino que querés. Los modelos no te dicen a quién amar; ayudan a explicar cómo evoluciona el amor y qué pueden hacer las parejas para protegerlo”.
De todos modos, los propios investigadores marcan algunos límites: la mayoría de estos modelos se construyeron sobre patrones de relaciones occidentales, y los motivos por los que una pareja funciona o fracasa varían según la cultura, la religión, la situación socioeconómica y la generación. Entonces, las conductas humanas tampoco son tan previsibles como que 2 + 2 = 4.
“La matemática puede iluminar patrones y ofrecer orientación”, explicó Pujo-Menjouet, “pero en última instancia el éxito de una relación depende de que dos personas elijan, todos los días, cuidar su conexión. Las ecuaciones pueden mostrarte el camino, pero igual lo tenés que caminar de a dos”, resumió.