Por Patricia Vicente.
En tiempos de influencers de medicina y de creadores de contenido que acumulan visualizaciones con consejos milagrosos sobre la salud y la vida, el doctor Walter Dresel, pionero en Uruguay en el arte de llevar la medicina a los medios de comunicación, presentó el libro en el que cuenta sus memorias. Pero no es una despedida; él mismo lo aclara.
“Memorias de blanco. Hacia una medicina más humana” es el más reciente de los libros de Dresel, médico cardiólogo y homeópata, defensor acérrimo de atender a las emociones en la consulta y convencido de que lo más importante es escuchar al paciente. En estas páginas no hay un recorrido cronológico por su carrera, sino la búsqueda de dejar un mensaje a los que vienen detrás y también a quienes buscan atención y respuestas.
Aquí un fragmento de la entrevista con Montevideo Portal.
—¿Qué le generó escribir sus memorias? ¿Qué cosas le removió este libro? Como usted dice allí mismo, es diferente a todos los anteriores, que son unos cuantos.
—El libro está vinculado a la decisión que en determinado momento de mi vida tomé con respecto a cuándo iba a ser el punto final de mi vínculo práctico con la medicina. En ese momento empecé a recordar y a recorrer desde los primeros pasos allá por el año 1967 y a volcar esas vivencias, esas anécdotas, algunas con cierta alegría y otras que son extremadamente tristes, como las tiene cualquier médico a lo largo de su carrera. Quería volcarlas y dejarlas plasmadas en un libro, pero que no sea únicamente un racconto de mi vida, porque en definitiva eso no puede interesarle más que a un puñado de personas. Mi intención fue dejar un mensaje.
Creo que cualquier libro que uno escribe o cualquier actividad que uno tiene, siempre tiene que estar orientada a dejar un mensaje, a decir algo.
—¿Cuál es ese mensaje que quiere dejar?
—Yo diría que el libro tiene varios ejes. Uno tiene que ver con mi vínculo de más de 50 años con la profesión, pero el más importante es el rol que juegan las emociones en el diagnóstico y en la evolución de las enfermedades. Porque, por un lado, está la rigurosidad científica en cuanto a la búsqueda orgánica de la enfermedad, en la que siempre fui muy insistente. Pero recordemos que salimos de la facultad con un concepto que nos decía que la curación de una enfermedad es la restitución anatómica y funcional de un órgano o un sistema que está enfermo. La definición es perfecta, pero a mi juicio, le faltaba ese pilar de las emociones. Y eso lo fui comprobando cuando empecé a estar cara a cara con el paciente en el consultorio, en un hospital, en un domicilio.
—La definición se queda corta.
—Exactamente. Está muy bien desde el punto de vista del cuerpo físico, pero tenemos que tener en cuenta al ser humano en su integralidad. Nosotros no estamos ni diseñados para estar enfermos, ni para tolerar el dolor, sea físico o emocional.
Por lo tanto, cuando tenemos la mala suerte de cruzar ese delgado límite que hay entre la salud y la enfermedad, se nos genera un enorme desasosiego interno, angustia, porque aunque tengamos una dolencia banal, siempre estamos a la espera de si nos vamos a curar o no. Y ni que hablar, cuando la patología es severa. Esto lo viví ejerciendo la cardiología: cuando había que operar un paciente, evidentemente, esa persona se preguntaba cómo iba a ser su vida después de la cirugía.
—Y lo vivió como paciente también. En el libro usted relata cuando le tocó estar del lado de enfrente, batallando contra una enfermedad dura.
—Siempre, en algún momento de nuestra existencia, nos convertimos en pacientes y sufrimos todas las carencias y todas las debilidades que el sistema de salud puede tener. Por eso es muy importante darle al paciente el espacio y la confianza para que pueda volcar lo que siente, sus emociones. Además, eso le da al médico una información riquísima que no la puede dar ninguno de los métodos más sofisticados.
No olvidemos que la relación médico-paciente es un vínculo entre seres humanos, uno que viene en busca de ayuda y en busca de respuestas y otro que se las tiene que dar. Pero para eso tiene que haber un conocimiento mutuo.
—Usted es y ha sido muy crítico con la forma en que funciona la atención médica en Uruguay. Diez o doce minutos por paciente; uno no alcanza a saludar y ya pasa el siguiente… ¿Cómo ve esto con el correr de los años?
—En el tema salud hay varios actores. Por un lado está el sistema, que es bastante perverso. Le otorga al médico 12 minutos para ver a cada paciente. Cinco pacientes por hora. Cualquier persona puede entender claramente —y los médicos deberíamos ser los primeros en entenderlo— que en 12 minutos es absolutamente imposible hacer un diagnóstico certero. Y ya ni hablo de abordar las emociones.
Uno puede abordar los aspectos más grandes, intentar tener una orientación acerca de lo que tiene el paciente, pero de ninguna manera podemos pretender conocer a un paciente con ese exiguo tiempo. Por eso es que la tarea es entre todos y va a llevar tiempo. El sistema y los médicos debemos comprender que lo que tenemos delante es un ser humano, no es un órgano, no es un sistema aislado. Es una persona en estado de vulnerabilidad especial, justamente por el hecho de estar enferma.
Y los pacientes tienen también que acostumbrarse a expresar sus emociones en la consulta. Por supuesto que el médico le tiene que dar el espacio, pero el paciente tiene que acostumbrarse a no guardarse aquello que siente.
—Como paciente, muchas veces no se siente la oportunidad de expresarse en ese sentido.
Difusión
—Los médicos tenemos que ganar en sensibilidad, en darnos cuenta de que estamos tratando con una vida. Y por eso es que el otro eje que tiene el libro es el derecho que tenemos los seres humanos, cuando enfermamos, a que se nos atienda con dignidad, a que se nos escuche empáticamente, sin juzgarnos y con respeto.
Esto es fundamental, porque la medicina es el arte de curar, pero tenemos que darnos cuenta de que hablamos de un ser humano integral. O sea, curamos el cuerpo físico o atenuamos el sufrimiento del cuerpo físico, pero ¿qué pasa con el cuerpo emocional? Si pretendemos una verdadera curación, tenemos que unir ambos conceptos, el concepto de cuerpo físico y el concepto de cuerpo emocional.
—¿Y cómo ve a las nuevas generaciones de médicos en este sentido?
—Esto nunca nos fue enseñado en Facultad o en el hospital. Creo que hasta el momento todos hemos apelado a la sensibilidad individual, a lo que cada uno es y a cómo actúa como persona. En las generaciones jóvenes no veo todavía un cambio radical en cuanto a darles a las emociones la jerarquía que tienen, pero creo que sí hay un avance.
Cuando yo comencé a hablar de esto, hace muchos años ya en mi programa radial (en la década de 1980), fui muy combatido. El precio de ser diferente fue muy alto y durante mucho tiempo dudé respecto a si estaba en lo cierto. Me enfrentaba a opiniones completamente distintas, pero tomándome un café conmigo mismo, me daba cuenta de que en realidad tenía motivos para defender mi posición. Y hoy, mirando hacia atrás, a la distancia, no me arrepiento de haber dado ese mensaje a través de los medios de comunicación.
El punto de inflexión para confirmar que estaba en lo cierto fue cuando aquellas personas que me combatían tanto comenzaron a enviarme a consulta a sus propios familiares, a su esposa, a sus hijos, a sus padres, o viniendo ellos mismos.
—Como paciente, a veces se siente que uno va al médico y después el profesional ni se acuerda de lo que uno le dijo o qué le contó. Ese involucramiento es algo que hoy todavía falta, ¿no le parece?
—Sí, aunque hay un cierto retorno a aquello del médico de cabecera. No digo que lleguemos a aquel médico que venía a casa cuando éramos chicos y mamá preparaba la toalla blanca y la cuchara para examinar la garganta. Pero hoy en día hay posgrados de Medicina Comunitaria, de Medicina Familiar que pretenden volver al médico involucrado no solamente con su paciente, sino con toda la familia.
Porque es cierto que cuando una persona enferma, la ansiedad y la angustia se trasladan a todo el marco familiar. Sobre todo cuando hay patologías graves, irreversibles. Y también ocurre que hay pacientes que nos exigen decirles la verdad en esos casos, mientras que otros prefieren que se les oculte y no saber lo que sucede. Por eso digo que la medicina es un arte, porque no es solamente el hecho de hacer un diagnóstico clínico o de recetar un medicamento. Yo creo que el verdadero arte de la medicina está en escuchar.
En los últimos 15 o 20 años de mi ejercicio profesional, logré muchos más éxitos terapéuticos escuchando que recetando.
—¿Ahí está el secreto, entonces, en escuchar?
—El verdadero arte comienza cuando la persona entra por la puerta al consultorio. ¿Cómo se presenta? ¿Cómo se sienta? ¿Qué mirada tiene? ¿Qué transmite en sus ojos? ¿Qué transmite su lenguaje gestual? Si uno logra interpretar aunque sea un cierto porcentaje de todos esos datos, realmente avanza muchísimo en el diagnóstico. Por eso, no nos podemos quedar con preguntar qué medicamento necesita que le repita y nada más.
Y respecto a involucrarse, es muy importante, pero tiene que tener un límite también, porque la energía negativa muchas veces también al médico le termina haciendo muchísimo daño.
—Usted ha escrito mucho sobre el estrés, pero ¿cómo lo ha manejado en su vida? En el libro cuenta que muchas veces trabajaba 14 o 16 horas por día, y tenía a su familia, su consultorio.
—Es difícil, porque la profesión, cuando uno la quiere ejercer bien, es de tiempo completo. Y aquí volvemos al sistema y a la estructura, que obliga a trabajar en varios lados en forma simultánea. Cuando era joven me pasó lo mismo que le pasa a todos los médicos: tenía que ir de un lugar a otro. Hasta que finalmente logré quedarme con tres lugares: el hospital de mañana, al mediodía mi programa de radio y de tarde el consultorio. Si bien eran muchas horas, las tenía bastante reglamentadas.
Pero muchas veces no es posible evitar el estrés que se produce frente a un enfermo grave o frente a una llamada una madrugada, por ejemplo. Cuando yo me recibí y durante muchos años, no existían las emergencias móviles y, cuando uno era médico de familia, el llamado podía aparecer a las 2 de la mañana, las 4 de la mañana, un sábado, un domingo, un feriado y había que ir.
No es fácil evitar el estrés, pero mi cable a tierra fue empezar a escribir. Buscaba los huecos. Por ejemplo, si un paciente no venía a la consulta, me quedaba una hora libre y escribía dos o tres páginas del libro. Los fines de semana robaba algún ratito que la familia me permitía y eso para mí era realmente un alivio muy importante.
La homeopatía
—Volviendo al tema de la rigurosidad científica, hay un tema que seguro le habrán cuestionado más de una vez, que es el de la homeopatía, en la que usted se formó y practica. Hay estudios científicos que discuten su validez. ¿Cómo unió una medicina con la otra?
—La homeopatía se define como la medicina del ser y por eso me acerqué. Además, había pacientes que me traían recetas homeopáticas y yo no las entendía, porque se escriben en latín. Entonces, un día recibí una revista médica argentina que anunciaba una conferencia informativa en la Asociación Médica Homeopática Argentina, me picó la curiosidad y fui. En aquel momento, el presidente de esa organización era un médico cardiólogo, como yo.
Por primera vez escuché sobre el rol de la energía en las enfermedades y en la vida del ser humano y me inscribí en el curso, que era de dos años, para obtener el título de médico homeópata. Pero no me convertí en un homeópata a ultranza, sino que utilicé la homeopatía en aquellos casos donde yo consideraba que esta óptica de la medicina podía ser valiosa. Me dio resultados excelentes y, si bien es cierto que científicamente hay cosas que no se pueden comprender, si uno va al resultado clínico, se da cuenta de que verdaderamente actúa.
Es más, he tenido varios casos de personas tratadas con homeopatía que mejoraron significativamente después de no haber mejorado con la medicina tradicional y de estar en las mejores manos y en las mejores condiciones. Pero, todo en su justo lugar. No todo se puede tratar con homeopatía, no es la panacea absoluta, de la misma manera que la medicina tradicional tampoco puede con todo.
La pandemia
—Su carrera comenzó hace más de 50 años, ha vivido muchos cambios y avances tecnológicos, pero además atravesó una pandemia. ¿Se puede hacer un cierre o un balance de carrera sin detenerse en ese hecho? ¿Usted cómo lo vivió?
—Con esa inclinación que yo tengo hacia los aspectos emocionales de las enfermedades, más allá del COVID, más allá del virus en sí, la pandemia debió hacernos entender —aunque creo que no ocurrió— la pequeñez que tenemos los seres humanos. Cómo un virus ultramicroscópico puso a la humanidad de rodillas. Cómo de un día para otro todo lo que una persona pudo haber construido en su vida desapareció, porque se murió. Y se murió sin que la medicina pudiera hacer nada por él. Entonces, creo que, más allá del heroísmo de los médicos que estaban en la primera línea de atención, lo que tendríamos que hacer es sentarnos alrededor de una mesa y decir: “Bueno, señores, ¿qué fue lo que pasó? ¿Qué aprendimos de esto? Porque parecería que no aprendimos nada”.
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