En medio de su columna del programa Perros de la calle, el psicoanalista y escritor argentino Gabriel Rolón pidió a los presentes en el estudio de radio que levantaran la mano los que estuvieran en pareja. Y, como segunda consigna, que la dejaran arriba solo aquellos que en la última semana le preguntaron a su pareja si era feliz con ellos. De nueve manos, solo una quedó en el aire. 

Una pregunta tan corta y tan fácil de hacer y que, sin embargo, se hace mucho menos de lo que debería, marcó Rolón: “¿Sos feliz conmigo?”.

El psicólogo aclaró que, por supuesto, no recomienda hacerla todos los días porque sería muy molesto. Pero remarcó que, si no se hace durante mucho tiempo, cuando se plantea, “ya puede ser tarde”.

La convivencia instala una certeza cómoda, sostuvo Rolón, y señaló que en la mayoría de los casos se da por sentado que si el otro sigue ahí es porque está bien. “A veces uno da por sentado que si seguís conmigo es porque sos feliz”, dijo. Y no siempre es así.

El auto que solo se revisa cuando prende una luz

Para explicar por qué no alcanza con suponer que la otra persona no tiene ningún problema, se planteó un ejemplo mecánico y muy gráfico. Cuando el tablero del auto enciende una luz, cualquiera lo lleva al taller. El punto es lo que pasa antes: si no prende ninguna luz, difícilmente alguien abra el capó para chequear el aceite o el líquido de frenos. Pero si salimos a hacer ruta sin chequear, puede haber complicaciones.

Entonces, con la pareja suele pasar que la revisión se posterga hasta que aparece la falla y se prenden varias luces en el tablero. Y, justamente, si hay un ámbito “especialmente movedizo” es ese, el de las relaciones amorosas. “Si hay un ámbito que es muy susceptible a cambios es la pareja, porque hay emociones, pasiones, celos, enojos, extrañamientos, anhelos. Que todo eso se mantenga más o menos equilibrado es un trabajo difícil”, enfatizó.

La tensa calma que puede durar años

Hay parejas que, vistas desde afuera, funcionan como un mecanismo perfecto, cuando por dentro llevan años sin hablar de nada que importe. Rolón dijo que eso opera como una tensa calma: todo controlado, todo aparentemente en orden, y ninguno de los dos dice que no está del todo bien.

Pero lo que termina ocurriendo es que, cuando llega el despertar para alguno de los dos, es algo abrupto. A veces no hay crisis previas, ni escenas o discusiones, pero uno se da cuenta de que no es feliz. Y ahí empieza lo difícil, porque decirlo es duro. 

Hay un matiz que Rolón marcó con cuidado: si uno de los integrantes de la pareja dice que está mal, entonces la pareja está mal. Porque se suele escuchar como respuesta: “Yo no estoy mal, sos vos”. Pero “si en una pareja uno está mal, la pareja está mal”, recalcó.

Y no hablamos de estar mal por trabajo, por familia o alguna otra cuestión de la vida cotidiana, sino de dudar sobre el vínculo y su estabilidad. Incluso de su continuidad.

El modo en que se abre la conversación

La forma de plantear una conversación de este tipo importa tanto como el momento. Rolón desaconsejó la entrada beligerante, el “hoy tenemos que hablar” que anuncia un juicio antes de que empiece la charla. ¿Por qué? Porque cuando alguien se siente atacado, lo primero que hace la psiquis es ponerse en modo defensa y nada bueno va a salir de ahí.

En cambio, sugirió una invitación amable: “¿Tomamos unos mates ahora que hay un rato? Te quería comentar algo”. O quizá una salida a comer. Lo que hay que evitar, dijo, es plantearlo como una molestia, con un gesto o un bufido, porque eso deriva en un “¿qué te pasa?” y en dos minutos ya no hay diálogo, sino pelea.

Cuando una conversación arranca así, todo lo que venga después está de más y conviene dejarla para otro momento.

De hecho, en ese punto, Rolón dejó sobre la mesa una pregunta que debería estar escrita en letras rojas en algún lugar de cada casa: “¿Querés tener paz o querés tener razón?”.

La bala que no hay que no sacar en vano

Y si todo eso no funciona y termina en discusión o malos entendidos, queda el recurso extremo, el que aparece cuando la discusión escala y alguien lo tira arriba de la mesa para terminarla: el de “entonces nos separamos”.

Pero Rolón fue tajante: la separación no se menciona para ganar una pelea.

“La bala de la separación solo hay que sacarla cuando uno está dispuesto a tirar”, graficó. Es decir, cuando existe la decisión real de terminar el vínculo si la situación no cambia. Usarla de otro modo tiene además un costo práctico: pierde efecto. Quien amenaza muchas veces termina como el pastor mentiroso del cuento.