Lavar los platos con agua bien caliente, casi hirviendo, parece la forma más segura de matar gérmenes. O al menos, eso es lo que pensamos todos y por eso nos quemamos todos los dedos cada vez que nos ocupamos de esa tarea. Sin embargo, pasada cierta temperatura, eso es lo único que vamos a conseguir: quemarnos. Lo que limpia de verdad es la combinación de detergente, fricción y algo de agua tibia.
Así lo explican dos microbiólogos consultados por la revista Wired: Bill Sullivan, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Indiana, y Jason Tetro, autor y divulgador científico de la Universidad de Alberta. Ninguno de los descuidos que enumeran es grave por sí solo, pero se repiten a diario y, sumados, pueden ir de un mal olor persistente a una intoxicación alimentaria.
El agua no necesita quemar para que el plato quede limpio
Si se lava solo con agua caliente, Tetro ubica el rango ideal entre los 40 y los 60 grados. Pero aclara que casi nunca se limpia únicamente con agua: el detergente y el acto de refregar hacen la mayor parte del trabajo. Mientras haya espuma, no hace falta que el agua esté caliente.
“No conviene quemarse las manos ni utilizar agua tan caliente que te haga apresurarte y hacer un mal trabajo”, señaló. Y si la suciedad de un plato resiste a más de 30 segundos de esfuerzo, entonces conviene dejarlo en remojo.
La pileta, uno de los puntos más sucios de la cocina
Allí lavamos platos, cubiertos y demás utensilios, pero además limpiamos frutas y verduras e incluso colamos pasta, por ejemplo. Entonces, se van acumulando restos de alimentos y humedad, formando un combo ideal para que se multipliquen las bacterias que después pueden terminar en los platos que parecen limpios.
Y limpiar no es lo mismo que desinfectar.
Por eso, Sullivan recomienda lavar la pileta cada noche con detergente y agua tibia, y aplicar una solución más fuerte una vez por semana o cada vez que se use para preparar alimentos, Por ejemplo, después de lavar lechuga o de cortar pollo crudo.
Una opción casera para esa limpieza más a fondo es poner cucharada de lavandina por cada cuatro litros de agua dentro de la pileta tapada y dejarla actuar unos minutos. Y un paso que casi nadie hace: secarla, porque las bacterias prosperan con humedad.
Cocina sucia. Foto: Freepik
La esponja: ¿ensucia o limpia?
“Es irónico: ¡los gérmenes contaminan precisamente la herramienta que usamos para fregar los platos!”, resume Sullivan y recuerda que la esponja es uno de los focos de bacterias más importantes de la cocina.
En caso de que no esté en momento de ser cambiada, es posible desinfectarla mojándola y calentándola en el microondas a máxima potencia un minuto. Esto, claro, si no tiene fibras metálicas. La otra opción, en caso de tener, es ponerla a lavar en el lavavajillas con secado por calor.
Pero lo más lógico parece cambiarla. La recomendación es reemplazarla cada siete a diez días, sin esperar a que cambie de color o largue olor. “Cuanto más tiempo utilices una esponja sucia, mayor será el riesgo de contraer o propagar una infección”, advirtió Sullivan. Y mejor no usar la misma para todo: al menos dos, una para los platos y otra para las superficies.
Los puntos de contacto que se limpian último (o nunca)
Se puede tener la mesada impecable y seguir arrastrando bacterias por toda la cocina. El motivo son las zonas que se tocan a cada rato y rara vez se higienizan:
- Manijas de alacenas, heladera y horno
- Canillas de la pileta
- Llaves de la luz
- Manijas del lavavajillas
Según Tetro, ahí se concentra buena parte de la contaminación cruzada: si la manija de la puerta de la heladera está sucia, esas bacterias pasan a cualquier alimento que se saque de adentro. Conviene dejar estos puntos para el final de la limpieza y repasarlos con un trapo limpio o papel con un poco de limpiador.
Tablas de cortar: una para la carne, otra para lo demás
Las tablas de madera son porosas y atrapan restos y microbios con facilidad. Si en la misma tabla se corta pollo y después se pican verduras sin desinfectar en el medio, la contaminación cruzada está servida.
Por eso Sullivan aconseja tener dos: una para carnes y productos de origen animal, de un material no poroso como plástico o vidrio, y otra para frutas y verduras, que puede ser de madera.
Si en esa última solo se cortan vegetales, alcanza con agua caliente y detergente.
La heladera, el lavavajillas y el tarro de basura
El frío retrasa la descomposición, pero no la frena: en la heladera la comida se pudre igual, solo que más lento. Cuando algo se echa a perder, no alcanza con retirarlo; conviene limpiar a fondo la zona o el estante entero, porque los líquidos de un alimento en mal estado pueden contaminar a los sanos.
Y el lavavajillas es otro olvido habitual. “¿Por qué tengo que lavar precisamente lo que se supone que debe lavar por mí?”, plantea Sullivan, medio en broma. La respuesta es que, sin mantenimiento, se acumulan grasa y restos que favorecen olores y bacterias. Pero es fácil de solucionar: se hace un ciclo de lavado con un bol de vinagre blanco en la bandeja superior y una limpieza periódica del filtro.
Finalmente, el basurero: Tetro sugiere tirar la comida en mal estado en una bolsa cerrada y revisar el fondo del tacho cada vez que se saca, para limpiar filtraciones antes de que empiecen a oler.