Durante décadas, nos convencimos de que estar ocupados es sinónimo de éxito, pero la evidencia le ganó a la idealización y el estrés crónico está dejando huella profunda en todo el mundo. La epidemia del siglo XXI le llama la Organización Mundial de la Salud (OMS) y no para de crecer. Pero hay formas de salir de la rueda del hámster y dejar de correr.
El tecnólogo, emprendedor y escritor argentino Santiago Bilinkis analizó cuál es “el precio de vivir corriendo” y remarcó la paradoja de la tecnología, que llegó para hacernos la vida más fácil y terminó invadiéndolo todo, con mensajes, notificaciones, trabajo fuera de hora y más obligaciones.
La cultura de la velocidad
Para entender por qué vivimos así hoy, Bilinkis hizo un repaso del pasado y dejó en claro que los seres humanos, durante la mayor parte de la historia, no vivimos corriendo. Durante la mayor parte de la historia, el tiempo no se vivía como un recurso escaso que había que exprimir. “El tiempo lo marcaba el sol, el hambre o el sueño”, dijo y explicó que el quiebre llegó con la Revolución Industrial y la lógica de que “time is money”.
“Gran parte de tu día no te pertenece porque tuviste que venderlo, pero el problema se disparó en apenas una generación. Hasta hace poco, el mundo funcionó a otro ritmo. Siete de cada 10 personas dicen que su vida es mucho más acelerada que la de sus padres. ¿Y qué pasó? Lo que pasó fue el avance de la sociedad de consumo”, dijo en el video publicado en su canal oficial de Youtube. “Vendemos nuestras horas a cambio de sobrevivir”.
Lo complejo de esta situación es que la velocidad dejó de ser una herramienta y se convirtió en un valor en sí mismo; entonces hoy estar ocupado y “con la agenda explotada”, como se suele decir, es un símbolo de estatus. “Hoy presumir de no tener tiempo se volvió una medalla de honor”, afirmó Bilinkis y demostró que esto permea incluso en cómo las personas caminan por la calle.
“Un estudio del MIT analizó videos de tres grandes ciudades, comparando 1980 con 2010. El resultado fue contundente. La velocidad promedio al caminar aumentó 15% en solo 30 años. Y eso no es todo. Las personas también pasan 14% menos tiempo deteniéndose o conversando en espacios públicos. El mundo entero está apretando el acelerador”, remarcó.
El estrés como estado permanente
Desde el punto de vista biológico, esto tiene un costo claro. El cuerpo humano está diseñado para responder al estrés en situaciones puntuales, de peligro o de alerta, pero no para sostenerlo de forma crónica. Y el problema, justamente, es que ese mecanismo hoy se dispara todo el tiempo. El resultado es que el cuerpo termina pagando la factura.
Los datos a nivel mundial marcan que 9 de cada 10 personas sufrieron estrés en el último año y casi la mitad lo padece de manera constante. Y aunque parezca que los más ocupados son los más exitosos, seguro que los más estresados no son los más sanos. El estrés sostenido se asocia a mayor riesgo cardiovascular, problemas metabólicos, inmunológicos y trastornos de salud mental.
Y además, la velocidad también afecta nuestra conducta. En un experimento citado por Bilinkis, las personas apuradas eran mucho menos propensas a ayudar a alguien en problemas que se cruzaban por la calle. “No eran malas personas, eran personas con prisa. Y la prisa no solo enferma, también nos deshumaniza”, apuntó.
La trampa del multitasking
El argentino marcó una paradoja clave: “La tecnología nos dio herramientas para liberarnos, pero la usamos para encadenarnos más”.
“Imaginate que te diera herramientas que te permitan hacer todo el doble de rápido. Lo que ahora te toma dos horas, lo resolvés en una. ¿No sería hermoso?”, planteó. Y seguramente, la mayoría aceptaría encantado esa oferta, pero la cuestión es que eso ya ocurrió. Los celulares, el mail, internet, las computadoras... todas las herramientas tecnológicas nos permiten trabajar más rápido y, en teoría, “liberar tiempo”. Pero, ¿qué hicimos? Lo llenamos con más obligaciones.
Por otro lado está el multitasking, que viene siendo desacreditado por la ciencia y la medicina. Se suele tomar como una virtud e incluso hasta es valorado cuando una persona busca un trabajo, pero quedó claro que, en realidad, no existe. El cerebro no puede concentrarse en varias cosas a la vez y hacerlas bien.
“El multitasking reduce la productividad hasta un 40% aumenta los errores y lo peor de todo nos roba todo el disfrute de lo que hacemos. Entonces la pregunta inevitable es, ¿tenemos que resignarnos a vivir así o vamos a animarnos a cambiar de ritmo?”, lanzó Bilinkis.
Bajar un cambio
La salida que propone el tecnólogo, escritor y comunicador argentino no es romántica, ni metafísica. Tampoco propone dejar la ciudad, mudarse al campo y retozar bajo las estrellas. La propuesta es más pragmática: “Bajar un cambio no es un capricho, es una necesidad”.
Y plantea 6 medidas concretas, simples y, en muchos casos, subestimadas:
1. Dormir la siesta: aunque sea breve, puede mejorar la productividad y reducir errores.
2. Comer tranquilo: no solo impacta en la digestión, también en la claridad mental.
3. Usar la respiración: como herramienta para regular el sistema nervioso.
4. Mover el cuerpo: sin necesidad de ir al gimnasio por horas. Con caminatas cortas alcanza para bajar el estrés.
5. Poner límites al trabajo fuera de horario.
6. Desenchufar especialmente en momentos clave como las comidas o antes de dormir.
“La intensidad no es hacer más cosas, sino estar más en cada cosa que hacés”, dijo el argentino, que no menciona al mindfulness, pero tiene una propuesta que va muy en línea con esa práctica. “El secreto está en aprender a frenar”, resumió.
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