Los temas del carnaval despiertan pasiones profundas, se levantan escudos, se tensan los arcos y se afilan las espadas. Es notorio que la adhesión, la simpatía hacia una murga es un fenómeno particular, no tiene que ver con una camiseta de fútbol o de basketball y su historial de triunfos, es una adhesión desde otras sensibilidades, otras partes del alma. No es música, es un conjunto, inseparable que incluye contenidos y envases y que es difícil de racionalizar. 

Hacía tiempo que no recibía tantos mensajes y respuestas como me sucedió con mi artículo sobre Agarrate Catalina en Montevideo COMM. Lo hice un poco a propósito, quería probar si era un mundo penetrable, un avispero interesante o parte de la calma chicha. Era una provocación que es una forma de mis anormalidades.

Meterse con la Catalina que tiene una legión de seguidores a todos los niveles, con músicos y letristas del calibre de los Cardozo y de Desbocatti no es pavada. Me encantó.

La política en el Uruguay se ha hecho un frontón en la que cada uno juega contra sí mismo y de vez en cuando la pelota se va por arriba o al costado y alguien la recoge y de la devuelve de un paletazo o suavemente. Casi siempre por temas de candidaturas... difícil discutir de ideas.

Resulta que en base a la actuación de una murga se puede discutir de nuestros ancestros, de antropología aplicada, de realidades y tribus urbanas, del carácter contradictorio de nuestra civilización, de nuestro nuevo presidente y algunas otras nimiedades. Maravilloso.

E intervienen amantes de las murgas y el carnaval, periodistas, antropólogos, investigadores, intelectuales, neófitos del carnaval. Una salsa interesantísima.

Para provocar la discusión hay que jugar fuerte, pesado, al borde del reglamento y es lo que hace Agarrate Catalina. Aplausos. Ahora yo para pensar necesito discutir, no admito doctrina y ciencia, ni en economía, ni en política y menos en la sátira y en diversión. Si alguien manda a su madre trabajadora sexual a un mito que alimentó a los uruguayos durante décadas, se expone a que le contestemos. Aunque sea un mito. O mejor dicho, precisamente porque es un mito. Los Charrúas.

Desbocatti tiene derecho a reírse y hacernos reír de los Charrúas y desatar todas las tormentas antropológicas, históricas y arqueológicas y los comunes mortales no podemos opinar porque los fanáticos de la sátira nos exigen un doctorado en carnaval y una maestría en el humor. No, así no vale.

Uno de los que intervino en el entrevero, Gerardo Tagliaferro, con garbo y buen humor me exige además un certificado de "normalidad" expedido seguramente por algún alto tribunal psiquíatrico. Por suerte nunca me propuse obtenerlo, nunca me lo darían, por eso la vida me divierte tanto.

Volviendo al tablado insisto que la Catalina es muy pesimista, es más pesimista que todos los uruguayos juntos, por eso debe gustar tanto. Aunque ahora estamos saliendo de ese complejo infernal y hasta nos atrevemos a cuestionarlo.

Una caricatura es una deformación de la realidad pero exagerando sus rasgos, aún el más feroz de los caricaturistas parte de los rasgos de sus víctimas y cuanto más les refleja el alma por debajo de la apariencia, más grande es. Y en el cuplé sobre Mujica cuesta encontrar una brizna de alma.

Una de las cosas que me gustó desde siempre del humor uruguayo es que no se refugiaba en las malas palabras para tapar los huecos de la creatividad, como comodín de la falta de inspiración. Así que la puteada y el "fiolo" no es ni pesimista, ni muy humorístico. Y lo digo, aunque no tenga los certificados que me reclaman. Y viva la anormalidad.