La aventura del Capitán Ahab y su fallido intento de dar caza a Moby Dick (la más famosa de las ballenas hasta que liberaron a Willy) es una historia que contiene los tres conflictos más relevantes de los que se puede escribir: la lucha del hombre con la naturaleza, la del hombre con otros hombres y la del hombre consigo mismo. Todo en una sola novela, y un Cisne Negro en sí misma. Pero también contiene la mayor metáfora sobre la ceguera de la esperanza.

La propia historia de la ballena y el cisne

El libro de Herman Melville, que en un inicio contó con dos ediciones casi simultáneas (una británica y otra americana, y que no eran idénticas) fue publicado en el año 1851, y fue un estrepitoso fracaso editorial. Tal como a su capitán, tuvo que acudir la muerte del autor al rescate de la obra, pues fue recién entre 1920 y 1930 cuando la novela se constituyó en un éxito póstumo, y, con el correr de los años, en una novela ejemplar para la literatura universal. Esta es la historia de Moby Dick (la ballena blanca…para los amigos).

El libro de Nassim Nicholas Taleb (El cisne negro), por el contrario, se volvió un best seller desde su publicación en el 2007, vendiendo millones de copias y siendo traducido a decenas de idiomas. Fue en sí mismo un cisne negro, y la crisis financiera del 2008, reafirmó su éxito, pues todas sus teorías fueron confirmadas por los hechos. Nacía El Cisne Negro.

Y qué tienen que ver el uno con el otro

¡Todo! O al menos, muchísimo. El libro de Taleb podría haber sido un análisis de lo que sucede en Moby Dick. En la novela, el capitán Ahab conforma una tripulación para su barco, el Pequod, y, escudado en una actividad ballenera tradicional, se lanza a la caza de la ballena blanca, misma que le había hecho perder su pierna. En el viaje, el capitán logra contagiar su obsesión a la tripulación, que, con algunas pequeñas y débiles excepciones, le sigue de forma enceguecida a esta venganza convertida en aventura por el propio capitán en un discurso que podría seguramente hoy servir de inspiración a más de un líder militar o político. Sin embargo, la aventura no es fructífera. Todo lo contrario. Y, sin temor a spoilear, pues lo más importante de esta novela no es su final, sino su transcurrir, el destino de todos en el barco, menos uno, es ser devorados por el mar, ya que el enfrentamiento muestra que aquella ballena, lejos de ser presa, era el más peligroso de los adversarios. Ahab transforma su propia obsesión en el destino de toda la tripulación.

La ceguera de la esperanza

Ahab se dejó llevar por la certidumbre de su ser viejo ballenero y, probablemente analizando cientos de travesías anteriores, no solo suyas sino de todos los capitanes que conociese, anticipó un final épico, volviendo a puerto con su presa, y en ello empeñó todo y más, motivando a su gente a seguir todos y cada uno de los cursos que les iba fijando hasta el encuentro cara a cara del Pequod y Moby Dick. Su esperanza lo cegó totalmente. Sus certezas, su convicción, y su profundo deseo de éxito, lo llevaron a la perdición absoluta, y la aventura se transformó en un cisne negro.

¿Por qué un cisne negro?

El Cisne Negro que describe Taleb en su ensayo es un evento altamente improbable, que tiene un impacto enorme, y que, una vez sucedido, parece poder ser explicado con toda lógica. Por eso, frente a los cisnes negros, no son efectivas las predicciones basadas en modelos matemáticos (el propio Taleb posee entre otros estudios un doctorado en ciencias aplicadas a la probabilidad y el riesgo). Estudiar el pasado, para predecir el futuro de los acontecimientos se vuelve inútil ante estos eventos, que, por raro que nos parezca, son los eventos que han provocado verdaderos cambios en la evolución y el cambio de la humanidad: la imprenta, la electricidad, la revolución industrial, internet, la ruptura del patrón oro en el dólar, la epidemia del Covid-19, etc., etc., etc.

¿Navegamos en el caso?

Sí y no. Todo junto y a la vez.

Los acontecimientos que vienen sucediendo en este siglo nos muestran que la ocurrencia de cisnes negros es cada vez más, la norma, y no la excepción. Crisis, cambios de gobierno, guerras, epidemias, descubrimientos científicos, redes sociales, inteligencia artificial, vuelta del hombre a la Luna (aunque sin dar un “pequeño paso para el hombre” esta vez…). Las cosas vienen sucediendo a un ritmo acelerado y vienen dejando de ser lineales, si es que alguna vez lo fueron. Por eso, los principios del cisne negro no pueden ser ajenos a nuestro pensamiento cuando tratamos de planificar, de crear orden en el caos, de trazar un camino para un destino elegido. Esto, que importa a nivel personal, es clave cuando hablamos de empresas o incluso de organizaciones tan complejas como el gobierno mismo, porque es importante diferenciar estrategia de ciega obsesión. Y al navegar, este rol, y esta capacidad de discernimiento, tienen que ser asumidas por quienes tienen la responsabilidad de liderar, porque en sus manos están los destinos de muchos además de ellos mismos.

Hay luz al final del camino

Por suerte, el propio Taleb, ha continuado en su línea de pensamiento y nos acercó en 2012 su Antifrágil, y en 2018 Jugarse la piel (confieso que este último, forma parte de mi lista de pendientes). Para decirlo con pocas palabras, en Antifrágil Taleb nos habla de que no todos, y especialmente no todas las organizaciones (empresas, países, etc.) reaccionan ni evolucionan de la misma manera ante eventos adversos, o cisnes negros negativos podríamos decir. Existen personas y organizaciones frágiles, por supuesto, y para estas las consecuencias de un evento disruptivo y de alto impacto puede tener efectos muy nocivos, pero existen por otro lado personas e instituciones robustas y hasta “antifrágiles”, que, ante la adversidad, reaccionan de manera tal que logran reinventar su camino, sobrellevar los tiempos de incertidumbre y las condiciones más adversas, para resurgir con renovadas fuerzas en una nueva posición. En Moby Dick el antifrágil es Ismael, el narrador que navega toda la aventura observando, adaptándose y se transforma en el único sobreviviente. “Llamadme Ismael” dice al inicio de la novela, que es, ni más ni menos que la narración de su propia peripecia.

Y POR CASA

Sería bueno que revisáramos nuestros planes y le diéramos algo de importancia a la historia de Moby Dick y a cómo, a veces, cegados por nuestras certezas, nos involucramos obsesivamente (y a veces a nuestro entorno) en travesías dignas del Capitán Ahab, sin tener en cuenta que no todos somos robustos o antifrágiles. Existe la fragilidad, e ignorarla no parece ser una buena estrategia.