En los últimos días, las redes sociales han estado minadas de frases y pensamientos atribuidos a Mandela, que forman parte de la leyenda. Varios fueron tomados del film Invictus, que narra las vicisitudes de Madiba para apoyar a los Springboks, la selección de rugby de Sudáfrica, emblema y orgullo de la minoría supremacista.

Allí aparecen los formidables versos de William Ernest Henley, un poeta inglés muerto hace más de cien años, que Mandela leía frecuentemente en su prolongado encarcelamiento. "Soy el amo de mi destino; soy el capitán de mi alma" no es un pensamiento de Mandela sino de Henley pero encaja con la personalidad que Madiba moldeó en la prisión de Robben Island. El largometraje está inspirado en un libro del periodista John Carlin, cuyo nombre original sintetiza el legado de Mandela.

"Playing the Enemy" admite una lectura múltiple que incluye no sólo una referencia al juego preferido por los enemigos sino a la necesidad de interpretarlos, de entenderlos y aún de ponerse en su lugar, para derrotar su ideología racista. No para hacerlos desaparecer, sueño recurrente de todo colectivo humillado, sino para demostrarles que los valores de sus antiguas víctimas son superiores. Para Mandela, lo que haría prevalecer a la democracia y la igualdad racial en Sudáfrica no sería la magnitud de su población negra sino la superioridad moral de los valores que defendía.

"Ser libre no es solamente desamarrarse las propias cadenas, sino vivir en una forma que respete y mejore la libertad de los demás". Mandela nos enseña a vencer la paradoja que encierra toda tiranía.

Renunciar a la ambición de imponer nuestra voluntad sobre el prójimo, no sólo lo libera a él de nuestros abusos sino que nos libera a nosotros de la deshumanización que padecen quienes oprimen a sus semejantes. Es transformar el círculo vicioso de la dominación en el círculo virtuoso de la libertad: tú y yo nos liberamos juntos de las cadenas que nos ataban y nos esclavizaban, independientemente de quién fue amo y quién esclavo.

La dimensión de Mandela, como la de todos los hombres y mujeres extraordinarias, debe medirse tanto en la grandeza y coraje de sus actos como en la proyección que estos adquieren sobre propios y extraños. La universalidad de su legado tiene una extensión geográfica y otra más profunda, que interpela por igual amigos y enemigos.

Su testimonio terminó venciendo a sus enemigos, cegados durante largas décadas por una ideología racista y brutal, pero también modificó la perspectiva de lucha y de convivencia en muchos de sus compañeros y aliados, que imaginaban para Sudáfrica una transición forzosamente sangrienta y una democratización más vindicativa. Mandela simboliza la derrota del racismo pero también la victoria moral (y aún política) de la democracia, la no violencia y la reconciliación.