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Ciencia sin título

Es enfermero y su investigación puede corregir una práctica médica vigente en Uruguay

Erik Calvo encontró una técnica de inyección intramuscular en el glúteo más eficaz y menos riesgosa que la que se utiliza en el país.

05.07.2026 15:00

Lectura: 11'

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Por Clemente Calvo
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El 4 de noviembre de 2025, sobre las 17:00, Erik Calvo circulaba en auto por avenida Sayago cuando, al llegar a la intersección con Camino Edison en el barrio Peñarol, se encontró con un importante operativo policial. En el pavimento había un motociclista inconsciente que perdía abundante sangre tras haber sido embestido por un automóvil.

Sin dudarlo, detuvo el vehículo, tomó el botiquín que siempre lleva consigo y se acercó a asistirlo. Los policías le preguntaron si era médico. Él respondió que era enfermero y los efectivos le permitieron intervenir. Logró controlar la hemorragia y permaneció durante unos 20 minutos sosteniendo una maniobra de estabilización para evitar lesiones en la columna mientras la víctima continuaba inconsciente. Cuando el hombre recuperó el conocimiento, se quedó a su lado para tranquilizarlo hasta la llegada de la ambulancia.

Unos meses antes, el 10 de julio de 2025, Erik dictó un curso de reanimación en niños, adolescentes y lactantes para efectivos militares en Santa Teresa, departamento de Rocha. Apenas dos semanas después, el 26 de julio, uno de esos alumnos le salvó la vida a un bebé de 10 meses que había sufrido un paro cardiorrespiratorio.

Ambos episodios tuvieron una amplia repercusión en su momento y reflejan la vocación con la que Erik vive su profesión. “Soy militar, enfermero y trabajo en dos lugares en el Ejército. El primero es el Servicio de Intendencia del Ejército (SIE), donde me desempeño como enfermero. Después, también trabajo en el Hospital Militar, en la Escuela de Sanidad, como docente en soporte vital básico”, cuenta a Montevideo Portal.

Aunque reconoce que el caso ocurrido en Peñarol fue el más mediático, asegura que actúa de la misma manera cada vez que se encuentra con un accidente. “Siempre estoy pensando en cómo podemos ayudar y en cómo podemos mejorar lo que estamos haciendo”, afirma.

Fue justamente esa forma de entender su profesión la que lo llevó a profundizar en un tema que, años después, lo convertiría en el primer auxiliar de enfermería de Uruguay en publicar un artículo científico. Y no solo eso: su investigación tiene el potencial para cambiar un paradigma de la medicina uruguaya.

Una pasión

“Yo de por sí tengo un gran sentido de vocación: amo la enfermería, es mi devoción. Me da placer trabajar”, reflexiona Erik. “Siempre comparto con mis camaradas la serie New Amsterdam, en la que el médico siempre pregunta: ‘¿Qué puedo hacer por vos?’. Yo, en vez de preguntarme qué puedo hacer por vos, pienso cómo podemos mejorar lo que estamos haciendo”, agrega.

Durante un tiempo vivió en la ciudad brasileña de Yaguarón, limítrofe con Río Branco, en el departamento de Cerro Largo. Su paso por el vecino país no solo le permitió aprender portugués. Sin saberlo, una consulta médica de rutina sembró la semilla de una investigación que cobraría sentido varios años más tarde.

Para la mayoría de las personas, recibir una inyección intramuscular en el glúteo es una experiencia cotidiana: suele indicarse para administrar medicamentos como analgésicos, antiinflamatorios o antibióticos cuando se busca una rápida absorción. Así ocurrió también con Erik. 

“Muchos años antes de ser enfermero, me atendí en la Santa Casa de Caridade de Yaguarón, donde me administraron una inyección intramuscular en la zona ventroglútea”, explica.

Lo que parecía una visita al hospital más, sin nada fuera de lo común, volvería a su memoria tiempo después. Ya instalado nuevamente en Uruguay, necesitó recibir otra inyección. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Río Grande del Sur, esta vez el medicamento fue administrado en otra zona del glúteo y la experiencia resultó mucho más dolorosa.

“Durante toda mi vida, cada vez que me atendía, me aplicaban las inyecciones en la zona dorsoglútea. Si hoy vas al médico y te dicen: ‘Dale un diclofenaco porque tenés una contractura’, te la aplican ahí”, cuenta Calvo. “Más adelante estudié enfermería y durante la carrera nunca vi esa técnica, que era la que habían utilizado en Brasil. Empecé a preguntarme cómo se llamaba y por qué acá, en Uruguay, no la hacíamos”, añade.

Impulsado por esa mirada crítica y la búsqueda constante de mejorar la atención, Erik empezó a considerar la posibilidad de investigar sobre el tema. Sin embargo, antes debía derribar una barrera —o, más bien, un prejuicio—. “Una de las primeras personas con las que hablé de esto fue una doctora del Centro Vida. Le comenté que no había nada escrito de esta técnica en Uruguay”, recuerda. 

La médica le respondió que tampoco la conocía, pero le propuso buscar información. Después de leer sobre el tema, fue ella quien lanzó la pregunta que terminaría cambiando el rumbo de la historia: "¿Por qué no escribís un artículo?".

Erik reaccionó con una duda que hasta ese momento daba por sentada: "Pero, ¿los auxiliares de enfermería podemos escribir artículos científicos?".

“Nunca vi a uno hacerlo”, le respondió la doctora. Sin embargo, enseguida lo desafió con otra pregunta: “¿Y por qué no probás?”.

“Como auxiliar de enfermería hay una realidad: no soy licenciado. Entonces, no vengo de una formación universitaria y eso fue todo un desafío. Había palabras que no tenía idea de qué significaban, tuve que aprender a usar conectores y a escribir con lenguaje científico. En vez de decir ‘dolor’, por ejemplo, escribía ‘percepción álgica’”, relata Erik. Pero la incertidumbre no pudo más que la convicción y, con el apoyo de sus compañeros de la Escuela de Sanidad, sacó el trabajo adelante.

“En el Ejército usamos mucho una frase: ‘No hay peor gestión que la que no se hace’. El ‘no’ ya está garantizado. Ahí fue cuando empecé”, recuerda. Así comenzó, hace dos años y cuatro meses, un camino marcado por horas de lectura, traducciones, revisión de artículos científicos y una extensa búsqueda bibliográfica que terminaría dando forma a su investigación.

Una técnica internacional

Si bien la investigación tiene un fuerte componente técnico, el punto de partida es sencillo: comparar la forma en que tradicionalmente se administran las inyecciones intramusculares en el glúteo en nuestro país con una técnica alternativa que, según la evidencia científica revisada por Erik, ofrece mayores garantías para el paciente.

“Cuando uno va a dar una inyección en el músculo, lo que busca es que la medicación llegue al músculo para que se absorba. Cuando las personas tienen mucho tejido adiposo, la medicación que hoy administramos en la zona dorsoglútea a veces queda en esa grasa y no llega a donde queremos, por lo que la medicación no se distribuye ni con la velocidad ni con la cantidad que se pretende”, explica.

Como si esto fuera poco, hay un segundo factor que hace a la técnica ineficiente: la forma de identificar dónde debe aplicarse la inyección. 

“Cuando hacemos una inyección dorsoglútea, tenemos que usar referencias anatómicas imaginarias. Hay que dividir el glúteo en cuatro partes de forma imaginaria, tomar el cuadrante superior externo, volver a dividirlo en cuatro y pinchar en el cuadrante superior externo de esa segunda división”, detalla.

Esa necesidad de recurrir a referencias imaginarias fue lo que llevó al anatomista austríaco Arthur von Hochstetter a desarrollar, en la década de 1950, la técnica ventroglútea. 

“La técnica tradicional también tiene otra particularidad: esa división imaginaria se hace para no correr el riesgo de pinchar el nervio ciático o la arteria glútea. Pero, aun así, durante el procedimiento ese riesgo existe. Entonces, este anatomista se preguntó cómo podía identificar un sitio anatómico que fuera más seguro y estuviera diseñado específicamente para administrar inyecciones sin correr ese riesgo. Así fue como desarrolló la técnica ventroglútea”, relata.

Sin embargo, hubo un momento donde la investigación de Erik estuvo a punto de desmoronarse. “Por un pequeño error de interpretación de datos, pensé que todo se me venía abajo”, confiesa. La técnica impulsada por von Hochstetter tenía un importante porcentaje de ineficacia. Sin embargo, Erik descubrió que, años después, un grupo de investigadores descubrió la forma de perfeccionarla y hallar la solución.

“De ahí surge la técnica ventroglútea geométrica, que ya no utiliza líneas imaginarias, sino referencias anatómicas óseas: el trocánter mayor del fémur, la espina ilíaca anterosuperior y la cresta ilíaca”, expone. 

Técnica dorsoglútea vs técnica ventroglútea

Técnica dorsoglútea vs técnica ventroglútea

Gracias a estas referencias, sostiene, el punto donde aplicar la inyección puede identificarse con mayor precisión, además de que no hay ningún factor de riesgo en comparación con la tradicional. “En esa zona no pasa ningún nervio que pueda generar un problema al paciente ni tampoco ninguna arteria. Además, como tiene menos terminaciones nerviosas, la percepción del dolor es menor”, subraya Erik. “Ahí encontré la respuesta de por qué cuando me aplicaron aquella inyección en Yaguarón no me dolió tanto”, enfatiza. 

Si la técnica ventroglútea es más efectiva, menos dolorosa y menos riesgosa para la salud del paciente, la pregunta cae por su propio peso: ¿por qué no se utiliza en Uruguay?

“Creo que faltó que alguien se preguntara cómo podíamos mejorar”, reflexiona Erik. “Ahí es donde digo que, si nosotros tenemos la Ley de Seguridad del Paciente —que establece que siempre debemos pensar en beneficio del paciente— y ahora contamos con una técnica nueva, lo lógico sería investigarla”, explica.

Para Calvo, la publicación de este artículo puede ser el punto de partida para nuevas investigaciones que permitan conocer al detalle el procedimiento.

“En Uruguay, lo que vamos a tener que hacer ahora es investigar. Yo propongo esta técnica y, a partir de ahí, lo que corresponde es estudiarla más a fondo. Después habrá que investigar cómo implementarla en las escuelas de enfermería e incorporarla a la formación de grado”, afirma Erik.

Sin embargo, entiende que ese camino recién comienza y que cualquier cambio requerirá tiempo y capacitación.

“También hay que pensar que, para implementarla, primero hay que educar. Habría que ir a lugares donde ya administran los fármacos de esta manera, aprender la técnica correctamente y, una vez incorporada, traer ese conocimiento a Uruguay para implementarlo”, señala.

Más que conocimiento

Una vez terminada la investigación, Erik golpeó varias puertas. Presentó su trabajo a distintas revistas científicas, pero varias rechazaron el manuscrito porque no publicaban artículos de revisión. También intentó postularlo a premios académicos, aunque muchos de ellos exigían ser médico o licenciado en enfermería. Incluso, lo envió al Ministerio de Salud Pública, sin obtener la respuesta que esperaba. Hasta que encontró una oportunidad en la revista científica Salud Militar.

Presentó el artículo en enero. Después de seis meses de evaluación por parte de un comité científico y otro de ética —que le solicitaron corregir y reescribir buena parte del manuscrito—, el 22 de junio finalmente fue publicado. Con ello, Erik se convirtió en el primer auxiliar de enfermería uruguayo en firmar un artículo científico de revisión. Pero, para él, el mayor logro va mucho más allá de esa distinción.

“Siempre se dice que antes de morir hay que plantar un árbol y escribir un libro. El libro todavía te lo debo, pero sí escribí un artículo científico, y el árbol lo planté hace muchos años”, comenta entre risas.

“Mi intención es algún día llegar a ser licenciado en enfermería. Amo mucho mi profesión y me da pena que, como auxiliar, existan limitantes para seguir creciendo. Pero me propuse un desafío: antes de ser licenciado quería escribir un artículo científico siendo auxiliar de enfermería, porque sentía que era algo que podía dejarle a toda mi generación”, agrega.

Más que reivindicar un logro personal, Calvo espera que su historia sirva para abrir camino a otros profesionales de enfermería. 

“Muchas veces nos conocen simplemente como auxiliares, pero en realidad somos técnicos en enfermería. Tenemos la capacidad de aprender investigación; la prueba está en que yo pude hacerlo”, sostiene.

Y así, la misma inquietud que lo llevó a detenerse aquella tarde del 4 de noviembre para asistir a un motociclista gravemente herido en Peñarol, o a formar al militar que semanas después le salvaría la vida a un bebé de 10 meses, fue la que terminó impulsándolo a escribir un artículo científico: la necesidad de preguntarse cómo hacer mejor las cosas.

“Nunca lo hice por un beneficio personal, sino porque creo que siempre tenemos que preguntarnos cómo podemos mejorar lo que hacemos. Siento que nos está faltando eso como sociedad. Yo veo accidentes con frecuencia y muchas veces la gente sigue de largo sin detenerse a ayudar. Si todos aportáramos un poquito, las cosas serían mucho mejores”.

Por Clemente Calvo
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