Las empresas que venden software a compañías están empezando a enfrentar un cambio que hasta hace poco parecía lejano: la inteligencia artificial ya no solo ayuda a usar programas, sino que puede directamente reemplazarlos.

El fenómeno fue analizado por el editor global de tecnología de Business Insider, Alistair Barr, a partir de una serie de lanzamientos recientes que sacudieron al sector.

Durante años, las empresas se organizaron en base a múltiples programas distintos: uno para recursos humanos, otro para ventas, otro para contabilidad, otro para reportes, otro para atención al cliente. Hoy, ese esquema empieza a verse amenazado por agentes de IA capaces de ejecutar tareas de punta a punta sin necesidad de una aplicación específica.

El punto de inflexión llegó con los anuncios de Anthropic, la compañía detrás del modelo Claude, dirigida por Dario Amodei.

La empresa presentó recientemente un agente autónomo llamado Cowork, que ya no se limita a responder preguntas, sino que puede planificar y ejecutar tareas completas en la computadora del usuario.

En la práctica, el sistema puede acceder a carpetas, archivos y aplicaciones, ordenar documentos, armar planillas, crear presentaciones, analizar datos, automatizar procesos e incluso ingresar a sitios web para recolectar información.

La novedad no es solo técnica. El impacto es comercial.

Según analistas de Barclays, este tipo de herramientas se acerca mucho más a la idea de un “trabajador digital” real, con un nivel de autonomía que pone en duda la utilidad de muchas aplicaciones corporativas tradicionales.

La inquietud no quedó ahí. A los pocos días, Anthropic lanzó complementos para Cowork orientados a áreas concretas como ventas, finanzas, legal, marketing y atención al cliente, conectándolo directamente con datos internos de las empresas.

Además, parte de estos complementos fueron publicados como software abierto, lo que permite que terceros creen sus propios agentes especializados.

Para Michelle Miller, codirectora del área de software empresarial de la consultora AlixPartners, esto es una señal clara de hacia dónde va el mercado.

“Es otro ejemplo muy visible de cómo una herramienta de IA baja las barreras de entrada y empieza a reemplazar flujos de trabajo ya existentes”, explicó.

El temor central de las empresas de software es doble.

Por un lado, si los empleados se vuelven más productivos con IA, las compañías pueden necesitar menos licencias de programas. Es decir, menos usuarios pagos.

Por otro —y más grave—, si estos agentes se vuelven suficientemente buenos, las empresas podrían dejar de comprar software y pasar a construir sus propios flujos de trabajo con inteligencia artificial.

Eso ya está ocurriendo.

El director ejecutivo de la empresa de desarrollo web Netlify, Matt Biilmann, contó que empleados de su propia compañía crearon con IA herramientas internas que reemplazaron productos de software que antes se compraban a terceros.

En la misma línea, el inversor Martin Casado relató que construyó su propio sistema de gestión de contactos con IA porque le resultó más simple que aprender a usar un producto comercial.

El impacto ya se refleja en el mercado.

Empresas emblemáticas del sector, como Salesforce, vienen sufriendo fuertes caídas en Bolsa en el último año.

Lo que cambia de fondo es una regla histórica del negocio: durante décadas, a las empresas les resultaba más barato comprar software que desarrollarlo. Con la llegada de asistentes de programación y agentes autónomos, esa relación empieza a invertirse.

A eso se suma otro movimiento clave. La semana pasada, OpenAI lanzó una nueva plataforma pensada para que las empresas creen y administren “compañeros de trabajo” basados en IA, capaces de operar fuera de una única aplicación o interfaz.

En ese sentido, todo apunta a que la IA deja de estar encerrada en una app y pasa a moverse entre sistemas.Un caso que llamó especialmente la atención de los inversores fue el de OpenClaw, un asistente de inteligencia artificial de código abierto que funciona directamente dentro de aplicaciones de mensajería, como chats corporativos.

OpenClaw —que se apoya en los modelos de Anthropic— permite que el usuario simplemente escriba lo que necesita en una conversación, mientras el agente se encarga de ejecutar las tareas en segundo plano.

Para los analistas, esto cambia incluso la forma en la que las personas interactúan con la tecnología en el trabajo: la interfaz deja de ser un programa y pasa a ser un chat.

Otro problema adicional para las empresas de software es el modelo de precios.

Los sistemas de IA son costosos de operar, y el esquema tradicional de cobrar una licencia fija por usuario empieza a quedar en discusión. Algunas compañías, como ServiceNow, ya están probando esquemas de cobro por uso.

Sin embargo, el mercado no termina de creer en una transición ordenada. En el último mes, las acciones de ServiceNow cayeron con fuerza.

Para Miller, el impacto de la IA va mucho más allá de un cambio de producto.

“Está forzando transformaciones en cómo se desarrolla software, cómo se vende, cómo se fijan los precios, cómo se protege la información y cómo se organizan las empresas”, sostuvo.

El diagnóstico que empieza a imponerse en Wall Street es que el software no va a desaparecer, pero sí va a cambiar de forma profunda.

Los sistemas centrales —como bases de datos, nóminas salariales o contabilidad— seguirán existiendo. Lo que empieza a volverse inestable es todo lo que está alrededor: reportes, tableros, flujos de trabajo y aplicaciones que ahora pueden ser creados, modificados y ejecutados por agentes de inteligencia artificial en tiempo real.