Una estrella negra no está apagada, pero el ojo humano no puede percibir la luz que emite. Se encuentra en transición; libera energía de manera infinita.

Esta fue la última piel que David Bowie, camaleónico de profesión, eligió usar antes de dejar esta tierra. Negó ser una estrella pop, una estrella porno, una estrella de cine —aunque fue reconocido bajo casi todas ellas—, sino una estrella negra: en un radio de emisión completamente diferente, escapando de nuestra comprensión.

En 2016, el Duque Blanco revolucionó las primeras semanas del año en cuestión de días. El 7 de enero publicó el videoclip de "Lazarus", sencillo de Blackstar, álbum que lanzó al día siguiente, en la fecha de su cumpleaños. El 10 de enero se anunció su fallecimiento, a los 69 años, a causa de un cáncer.

Sucede que no se trataba solo de un álbum, sino también de su despedida.

La otra imagen que Bowie adoptó fue la de Lázaro, una figura bíblica. Oriundo de Betania y amigo de Jesús, fue resucitado por este luego de cuatro días. Lázaro salió de la tumba aún atado con vendas. En el videoclip de “Lazarus”, el artista se encuentra postrado en una cama, con los ojos vendados, hasta que finalmente entra en un ropero. Toma la resurrección, pero acepta que es su hora de partir. Esto cobra aún más valor si se tiene en cuenta la línea temporal en la que se lanzó el videoclip, tan solo días antes de su muerte. El plan fue maestro y la vida del Duque, una vez más, estuvo puesta al servicio del arte.

A lo largo de su carrera, Bowie evitó todo tipo de encasillamiento. No importaba si se trataba de género, estilo o sexualidad. La androginia fue una herramienta que le permitió no limitar su creación. “Siempre tuve la repulsiva necesidad de ser algo más que un humano”, afirmó en una entrevista de los años 90.

Su mensaje final es que acepta su mortalidad y, por lo tanto, su condición de ser humano. Más allá de que en su obra siempre estuviera apuntando a otros mundos y universos, y aunque diez años más tarde Blackstar revele que no fue un álbum de su tiempo ni de este, sino de uno que todavía está por venir.