Si aceptamos la máxima "los artistas reflejan el mundo en que viven", cabe conjeturar -sin rigor científico- algunas cosas acerca de los franceses y los tiempos que corren. El chileno-francés Raoul Ruiz, Laurent Cantet y Patrice Chéreau plantean desde sus obras un mundo con algunas pautas de comportamiento social en común.

En la Comedia de la inocencia el director Ruiz nos muestra una familia de apariencia funcional, con toques aristocráticos, que se ve sacudida por un extraño incidente. El hijo único, decide jugarle una mala broma a su progenitora, al aseverarle que ella no es su madre. El drama profundo que implica semejante sentimiento por parte del pequeño, es tomado por aquella, con una frialdad aún más angustiante que la misma declaración.

En la ópera prima de Cantet, Recursos Humanos (también en la segunda: El empleo del tiempo), se abordan los temas laborales. El capitalismo en tiempos de bienestar económico pero con una mirada, desde el lado de los excluidos. En el filme, una huelga en una fábrica deja al descubierto la fría y distante relación entre un padre y un hijo. El vástago debe despedir a quien le dio la vida. A pesar de la honda desventura en cuestión, sólo al final salen a relucir los procesos de crisis y catarsis esperables en esta situación.

La pareja se encuentra en una sucia casa, tienen sexo, se limpian (a veces no), se dicen "adiós" y no se vuelven a ver hasta la siguiente semana a la misma hora y en el mismo lugar. Nadie sabe nada del otro. Ni ellos ni nosotros. Así ve Patrice Chéreau, en Intimidad, el mundo de las relaciones humanas. Impersonal, distante, gélido y sin atisbos de amor.

Tres historias, tres madres
A los ejemplos antes repasados debemos sumar ahora esta nueva película gala, Betty Fisher. Basada en la novela de la británica Ruth Rendell (varias obras de ella se han hecho en cine, Carne trémula de Almodovar es uno de los ejemplos más destacados), el director Claude Miller traslada la acción a la Francia actual.

Pocas cosas deben ser más traumáticas para la psiquis de un niño que la agresión por parte de sus padres. Cuándo la violencia también es física, las huellas van desde afuera y hacia adentro, la cura se hace mucho más dolorosa. La relación de Betty con su madre está signada por un duro golpe, y por el desequilibrio clínico de la progenitora. Una es seguramente consecuencia de la otra.

La protagonista pierde a su hijo en un estúpido accidente, su reacción es la introspección. La madre no puede aceptar la falta de manifestación de sentimientos y busca solucionar la angustia de la manera más extraña: le regala un niño que supuestamente fue abandonado. Luego aparece en escena la tercer madre, a la que le han robado su hijo. No se preocupa mucho pero se convierte en el escándalo mediático del momento y eso le gusta más que la búsqueda misma.

El planteamiento subterráneo de la paternidad y sus obligaciones principalmente emocionales. ¿Quién tiene derecho a llamarse padre, el progenitor o el que se siente de verdad parte esencial para el otro? Y los hijos, ¿eligen a quiénes jugarán el papel de educadores y de guías? ¿No existe la libertad de optar por quién uno siente su padre?

Insólitamente el filme es promocionado como un thriller psicológico y no como un drama humano, social. No se confundan esperando tiros, persecuciones y mucha acción. La cinta se parece más al cine "francés", ese, al que mucha gente huye por prejuicios y seguramente ahí está la clave de la treta publicitaria.

Estilísticamente se trata de otra de las historias contadas concatenadamente, unas se unen con otras manteniendo cierta circularidad. Todos en uno y uno definitivamente en el resto. La cámara se acerca en planos cortos para luego con ligeros movimientos volver a su lugar de espectador, tan distante como la protagonista desea. Cuándo la escena del accidente fatal, se nota la mano de un director con sutil talento. Miller no cae en golpes bajos, sabe que las circunstancias mismas son duras y no agrega morbo al espectáculo.

El filme resulta lento para un thriller y carente de los ítems que identifican al género, pero, sí es un buen drama sobre lo humano, con toques policiales -realmente no necesarios, seguramente puestos para darle la veracidad que el realismo implica-, y algunos toques de humor en un intento por no sofocar al espectador incauto.

Nuevamente, como en las anteriores obras más arriba mencionadas, las relaciones humanas principalmente las de padres e hijos, quedan al descubierto en su frágil estado. La frialdad en los comportamientos, la hipocresía ante los acontecimientos que pueden herir en la integridad, suman en el extraño juego de la inexpresividad colectiva. Nada se sabe sobre lo que pasa por dentro de los protagonistas. Nada hasta poder penetrar con dificultad, luego de más de hora y media de cinta en la piel de los seres bajo el personaje. Y allí descubrir, como en castillos de naipes, el derrumbe interno de una sociedad que parece bloquear los sentimientos en un exceso de racionalidad.

Ficha: Betty Fisher (et autres histoires)
Dir. y guión: Claude Miller
Elenco: Sandrine Kiberlain, Nicole García, Mathilde Seigner
Francia 2001, dur. 101 min.