Cuando Natalia Avero tuvo sus prácticas en el Instituto de Profesores Artigas (IPA), jamás imaginó que años más tarde terminaría aplicando algunas nociones de la pedagogía en su propio hogar. Su hijo, Rodrigo, llegó al mundo con un diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) que sacudió su cotidianidad: “No estaba preparada para lidiar con su realidad”, confiesa a Montevideo Portal.
“Yo no estaba cercana a ninguna persona con este diagnóstico”, cuenta y agrega: “Tuve que aprender desde cero, no solo a nivel teórico, sino, sobre todo, a nivel emocional. Nada de lo que estaba previsto servía. Todo tenía que adaptarse a sus características”.
“El censo mostró que la prevalencia es cercana a uno cada 30 niños. Si lo pensás en términos educativos, es uno por clase. Eso debería ser suficiente para que todas las instituciones tuvieran planes, formación docente y estrategias”, sostiene Avero. “Pero no es así. Las familias seguimos siendo las que empujamos, las que pedimos, las que articulamos”, suma.
Con esta premisa de tomar alguna acción, desde su rol profesional como psicopedagoga especializada en TEA, en 2023 Natalia logró un sueño que anhelaba: formar profesionales en acompañamiento pedagógico.
Avero coordina la Tecnicatura en Acompañamiento Pedagógico, brindada por el Instituto Universitario Elbio Fernández. Se trata de una carrera de dos años —con cursado virtual y prácticas presenciales— pensada para formar profesionales capaces de acompañar procesos educativos de personas con TEA u otras condiciones que impliquen barreras.
“A fines del año pasado, egresaron 15 personas en la primera generación, y todos están trabajando y aplicando las herramientas que aprendieron. La demanda es enorme”, dice la profesional, quien también participa de la formación como docente.
La tecnicatura ofrece herramientas didácticas, nociones de inclusión, estrategias de recreación, deportes adaptados y trabajo en redes.
Si bien algunos de sus egresados trabajan en el ámbito público, el problema todavía es el acceso. “No hay cargos de acompañantes pedagógicos en escuelas y liceos públicos. Lo que hay son figuras parciales, o adaptaciones de otros roles, que no siempre tienen formación específica”, explica.
Y, de hecho, la mayoría de las propuestas inclusivas siguen estando en el ámbito privado. “Tengo muchos pacientes que se beneficiarían muchísimo de estar en el liceo donde está mi hijo, pero no pueden acceder. Y eso no debería depender de la capacidad económica de una familia”, opina Avero.
La especialista considera que la inclusión real no se reduce a que los niños y adolescentes puedan acudir al aula. Implica mucho más: capacitación docente, ajustes curriculares, red de apoyo familiar y una mirada que valore los logros individuales.
“Una madre me contaba que su hija con TEA había logrado avances impresionantes. Pero, cuando recibió el boletín escolar, solo encontró una calificación que no reflejaba nada de eso. Y eso también es una forma de exclusión”, ejemplifica.
En su trabajo como psicopedagoga, Natalia acompaña a otras familias que viven situaciones similares. Y, aunque no suele mencionar de entrada que también es madre de un adolescente con TEA, muchas veces esa información genera un vínculo inmediato. “Cuando se enteran, bajan la guardia. Es como si por fin alguien entendiera lo que están atravesando. Y eso abre la puerta a que puedan confiar, preguntar, trabajar en equipo”, ilustra.
Porque si hay algo que Natalia aprendió en estos años es que ninguna familia puede enfrentar sola este camino. “La clave está en las redes. Si no tenés un entorno que acompañe, que escuche, que sepa qué decir y qué hacer, todo se vuelve más difícil”, dice.
Y añade algo más: la importancia de correrse del “paradigma del déficit”. “Mi tarea no es señalar lo que no pueden hacer. Es encontrar sus fortalezas, ver en qué sí pueden avanzar. Y construir desde ahí”, explica.
Para Avero queda mucho por hacer en materia de inclusión en Uruguay y considera que “el futuro inclusivo debe construirse hoy”. “Un paso y un pictograma a la vez”, completa.