Pedro Dutour
Franco Mazondo, conocido en redes sociales como Franquito, imaginó cruzar Uruguay pateando una pelota, una idea que respondía a un desafío personal -en línea con sus recurrentes contenidos- y que añoraba llevar adelante en algún momento. Con el paso de los meses, ese reto físico terminó convirtiéndose en un recorrido solidario de 600 kilómetros entre Paysandú y el Chuy, destinado a recaudar fondos para la Fundación Pérez Scremini y a retratar una realidad del interior del país que, asegura, pocas veces se observa desde la ruta.
El creador de contenido, que tiene casi tres millones de seguidores en YouTube, 500 mil en TikTok y 250 mil en Instagram, completó el trayecto en 21 días, tal como se había propuesto. La consigna tenía un estricto lineamento. La pelota debía avanzar siempre impulsada con los pies, sin levantarla con las manos ni trasladarla en un vehículo. Esa regla también se extendió a los momentos de descanso.
“Era siempre pateando. Nunca levantarla con la mano caminando o subirla a un auto. Cuando llegábamos a los pueblos seguía caminando con la pelota hasta el lugar donde nos quedábamos a dormir. En todo el reto hice cero kilómetros en auto”, relató a Montevideo Portal.
La iniciativa nació como un desafío deportivo, aunque desde el comienzo tuvo una dimensión más amplia. Franquito buscaba atravesar el país de oeste a este durante un año marcado por la expectativa del Mundial de fútbol y aprovechar el trayecto para mostrar la presencia del deporte en cada rincón del territorio.
“Tenía muchas ganas de cruzar Uruguay y pensé en hacerlo pateando una pelota porque es un país muy futbolero. En cada pueblo había una canchita, un cuadro de fútbol y gurises jugando. También quería mostrar esa parte del Uruguay”, comentó.
Mientras organizaba la travesía comprendió que el proyecto podía servir para algo más que un desafío personal. Fue entonces cuando decidió asociarlo con la Fundación Pérez Scremini, entidad que trabaja con niños con cáncer.
“Me di cuenta de que esto podía llamar la atención porque no era algo típico. Quise utilizarlo como una herramienta para visibilizar algo más grande que yo y ahí me contacté con la fundación para encontrar una forma de ayudarlos”, señaló.
El recorrido pasó por alrededor de 16 localidades, además de varias estancias, siguiendo un corte transversal del país desde el litoral hasta la frontera con Brasil. Cada jornada implicó un promedio cercano a los 30 kilómetros, aunque hubo etapas considerablemente más largas.
“Había días de veinte kilómetros y otros de cuarenta y cuatro. Esos eran doce horas caminando”, recordó.
Franquito realizó la travesía acompañado por tres amigos que se fueron alternando semanalmente para asistirlo con la logística y registrar imágenes del viaje. En la última etapa contaron además con una camioneta camper facilitada por colaboradores.
Todo el recorrido se registró en video. Una parte ya fue difundida mediante publicaciones breves en redes sociales y el resto integrará un documental de mayor duración. “Está todo registrado. Primero salió en formato de reels y dentro de poco se va a publicar un documental con muchos más detalles y profundidad”, adelantó.
Franquito con la paisanada.
Aunque el desafío exigió una preparación física importante, asevera que el mayor impacto no estuvo relacionado con el esfuerzo deportivo, sino con las personas que encontró en el camino. “Lo que más me llamó la atención fue la bondad y las ganas de ayudar que tenía la gente. Incluso personas con pocos recursos intentaban darte una mano igual”, destacó.
Ese respaldo apareció de manera espontánea porque la planificación original contemplaba dormir en carpa, pero rápidamente comenzaron a surgir ofrecimientos de alojamiento en diferentes localidades.
“Nosotros íbamos a ir en carpa, pero se fue dando solo. Llamábamos preguntando dónde podíamos instalarnos y el pueblo entero se organizaba. Terminábamos durmiendo en un complejo deportivo, en una casa o donde nos dieran una mano”, contó.
Para Mazondo, esa experiencia terminó modificando el sentido inicial del viaje: “Fue un aprendizaje enorme. Te das cuenta de que hay que vivir de una forma más simple y que no todo pasa por la plata o por lo material, sino por la gente”.
Con la pelota a todos lados.
Al finalizar los 600 kilómetros, el cansancio era inevitable. Sin embargo, el objetivo estaba cumplido y también la promesa de llegar con la misma pelota con la que había comenzado. “Había comprado una de repuesto, pero no hizo falta. La misma pelota aguantó hasta el final y ahora está guardada como un recuerdo”, dijo.
La travesía se suma a una serie de desafíos impulsados por el creador de contenido, quien anteriormente desarrolló proyectos vinculados al reciclaje, además de una experiencia de un mes en China. Sin embargo, reconoce que esta fue la primera vez que llevó su cuerpo al límite.
“No soy atleta. Lo que intento es hacer desafíos interesantes y seguir poniéndome a prueba. Este fue difícil, entrené mucho para lograrlo y por suerte salió como estaba previsto”, concluyó Franquito.