Hacía semanas que Anyela Zaspe esperaba alguna señal del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), pero no había respuesta.

“Yo quedé con la duda de qué había pasado con el proyecto”, confiesa a Montevideo Portal. Había enviado su propuesta los primeros días de mayo, junto a otras decenas de concursantes. De las 79 iniciativas presentadas, solo 23 serían seleccionadas para recibir una ayuda económica.

Durante el primer mes de espera, siempre había algún momento del día en que el concurso se le cruzaba por la cabeza. Para calmar la ansiedad, y después de que pasaran 30 días sin recibir comunicación alguna, prefirió pensar lo peor para no llevarse un golpe más duro si su proyecto era rechazado. “Dije: ‘Ta, capaz que eligieron más proyectos’”, reconoce. “‘Entre esos 79, me imagino cuántos proyectos lindos debe de haber’. Dejé de pensar en eso un tiempo, de hacer un poquito la cabeza, y dije: ‘Cuando uno menos piensa, las cosas llegan’”, agrega.

Pasaron otras dos semanas y las noticias seguían sin aparecer. “Le comenté a mi pareja nuevamente: ‘Qué raro, nunca nos llamaron. Nunca nos dijeron si habíamos quedado o no’”, recuerda. El veredicto llegaría en el momento menos esperado.

Un día, Anyi estaba trabajando en las mangas junto a su patrón y otro compañero. “Estábamos pesando unos bichos, vacunando”, detalla. Luego de un largo rato de trabajo, se detuvieron cinco minutos para descansar y tomar agua.

Mientras bebía de su botella, un mensaje llegó a su celular. Lo tomó y leyó el contenido: “Criollas del Uruguay” había sido seleccionada entre las ganadoras. Después de tanta espera, la emoción la desbordó. “Yo soy una persona muy expresiva: quería llorar, quería gritar de felicidad”, recuerda.

Sin embargo, permaneció quieta. No gritó ni festejó como hubiese querido. “Pensé: ‘Si yo hago esto, mi patrón y mi compañero no van a entender nada y van a decir qué loca está esta mujer’”, dice, entre risas.

Si la espera por el mensaje del ministerio le había parecido larga, más tedioso debe haber sido aguardar hasta terminar su jornada laboral para contarle el logro a su pareja y a las integrantes de la aparcería. “Lloraba de felicidad contándole a cada una de ellas”, subraya.

Para entender por qué aquella noticia significaba tanto para una joven de 23 años, hay que ir mucho atrás. Mientras otros niños crecían imaginando sin mucho rumbo qué serían de grandes o añoraban con continuar sus estudios en Montevideo, Anyela soñaba con pasar sus días entre animales, naturaleza y gente de campo. Tan fuerte era ese sentimiento que, en segundo de bachillerato, tomó una decisión que marcaría el rumbo de su vida: dejar el liceo y buscar la manera de insertarse laboralmente en el medio rural.

Hoy aquella niña que cargaba ovejas y soñaba con trabajar en una estancia consiguió convertir esa pasión en una forma de vida, aun en un ambiente en el cual las mujeres todavía deben abrirse paso para ser reconocidas. Pero su historia no terminó al encontrar su propio lugar. Con el tiempo, Anyela quiso que otras mujeres también tuvieran la posibilidad de encontrar el suyo.

Así creó “Criollas del Uruguay”, una aparcería integrada por mujeres que busca reunir tradición, caballos y cultura rural. Lo que comenzó como una idea, que durante meses le dio vueltas en la cabeza y que no se animaba a llevar adelante por miedo al fracaso, terminó convirtiéndose en un proyecto colectivo que consiguió el respaldo del Estado uruguayo para su financiamiento.

De tal palo, tal astilla

A los 11 años, Anyela era una niña flaquita y chiquita, pero se las ingeniaba para cargar ovejas sobre su lomo.

—Ay, Anyi, te vas a lastimar — le advirtieron los adultos que la rodeaban más de una vez.

—No, yo quiero, yo quiero — respondía con insistencia.

Quería aprender. Quería estar ahí. “Cargaba dos o tres ovejas. Me moría de cansancio, pero igual iba y las tiraba al agua cuando se hacían baños de ovejas en aquel tiempo”, dice. A esa edad todavía no sabía exactamente cómo lo haría, pero ya tenía claro una cosa: algún día sería peón de campo.

El campo no era una actividad de fin de semana ni una afición pasajera. Era el lugar donde Anyela quería estar. Los fines de semana solía viajar desde su casa en Ciudad del Carmen, en el departamento de Durazno, hasta una estancia de la ruta 100 donde trabajaba su tío y donde su tía era la cocinera. Allí acompañaba a los peones, se levantaba temprano y pasaba el día entre animales. “Andaba a la par, haciendo de todo un poco”, afirma.

Le gustaba tanto aquel lugar que, desde niña, imaginaba su futuro allí. “Cuando sea grande, voy a trabajar con vos”, le decía a su tío. Su plan estaba bastante definido: ayudar a su tía a cocinar al mediodía y después volver al campo con los peones. “El primer sueño mío siempre fue ser peón de campo”, recuerda hoy.

No obstante, aquella estancia no fue el único lugar donde Anyela cultivó su pasión por el campo. De hecho, hubo una figura en su vida que reconoce como la gran responsable de ese vínculo: su propia madre. Desde muy chica, Anyela recuerda acompañarla en las tareas con las vacas de unos vecinos de Ciudad del Carmen que, por aquel entonces, atravesaban algunos problemas de salud. El campo quedaba a pocos metros de su casa.

“Era cruzar la ruta y teníamos ese campito de esa gente”, detalla Anyela. “Muchas veces tuvimos que hacer tropas por la calle, caminando. Calentábamos agua en la calle, llevábamos una calderita, dejábamos el auto en tal lugar y ahí llevábamos todas las vacas de un lado a otro para que no se volvieran rumbo a la ruta”, agrega.

De aquellas jornadas junto a su madre sacó grandes aprendizajes. “Mediante ella supe un montón de cosas, porque no había nada y lo empezamos a poblar. Hicimos manga, hicimos tubo para poder vacunar y demás”, detalla. Tiempo después, los dueños decidieron vender las vacas y la madre de Anyela consiguió comprar algunas. “Hoy en día es productora chica”, indica.

Entre los fines de semana y las vacaciones en la estancia con su tío, y las jornadas junto a su madre, Anyela fue creciendo con una convicción cada vez más firme sobre el futuro que quería: uno ligado al campo y, especialmente, al trabajo como peona rural. Aprendió a manejar un tractor, incluso con zorra; a andar a caballo, y a ordeñar, caravanear y cuidar vacas. “Observo mucho. Yo aprendo mucho mirando”, dice.

Durante su etapa liceal, por un momento se cruzó por su cabeza la posibilidad de estudiar veterinaria. Era, después de todo, “lo más allegado al campo, a los animales”, explica. Pero aquella alternativa duraría poco. A mitad de quinto de liceo, Anyela decidió dar un paso que marcaría un antes y un después en su vida.

Se sentó a hablar con su madre. Sabía que no sería una conversación sencilla, porque aquella decisión iba en dirección contraria a lo que su familia había imaginado para ella.

“Un día le dije: ‘Mamá, no estudio más. Esto no es para mí. Quiero trabajar en el campo’”, recuerda.

Sin embargo, para su madre aquella conversación estaba lejos de ser una sorpresa. Anyela llevaba años insistiendo: “Yo se lo pedía desde chica. Iba al colegio, tenía once o doce años y le decía: ‘Mamá, sacame de la escuela. Quiero trabajar, quiero trabajar’. Y mamá me decía: ‘No sabés lo que es eso, Anyi, el trabajo es sacrificado’. Pero yo le decía: ‘Mamá, quiero trabajar’”, cuenta.

Su madre siempre la impulsó a continuar sus estudios. Incluso cuando Anyela insistía en acompañarla en las tareas rurales, intentaba convencerla de que siguiera otro camino y hasta llegó a alentarla para que se mudase a Montevideo para estudiar en la universidad. Pero había algo que tampoco podía ignorar: conocía demasiado bien a su hija y sabía cuánto significaba el campo para ella.

“Toda la vida fuimos a pasar las fiestas o a pasear a Montevideo. Estábamos dos o tres días cuando mucho y yo le decía: ‘Mamá, quiero volverme’. Era todo un tema”, reconoce entre risas. “Yo sé que tenía todas las oportunidades que muchos gurises desearían tener: una casa cerquita de la facultad y todo. Pero sentía que no era mi camino, iba a vivir reprimida en algo que no me iba a hacer feliz”.

Finalmente, Anyela dejó el liceo y comenzó a buscar sus primeras oportunidades laborales. Fueron trabajos pequeños, los primeros pasos de una carrera que todavía estaba por construirse. En ese camino, una persona tendría un papel fundamental. “Conocí a quien hoy en día es mi viejo, como yo le digo. Es mi padrastro, pero para mí es mucho más que eso. Es esa persona que me dio ese amor paterno que capaz no tuve, teniendo un padre, pero un padre ausente”, dice Anyela.

Con él, Anyela aprendió a alambrar y conoció lo que era la yerra de ovinos. También, le consiguió trabajo y la guió en esa primera experiencia formal durante dos años: “Él fue la primera persona que me dio esa oportunidad de trabajar en caja en una firma. Yo era el peoncito de él”, recuerda.

Y una vez que estuvo en el ruedo, las oportunidades comenzaron a aparecer. En el camino, conoció a su pareja, quien hoy es su encargado durante su trabajo como peona en un establecimiento de ciclo completo en el departamento de Florida, próximo a la ruta 6. A pesar de que hay días malos, como en cualquier lugar, allí Anyela es feliz. “Hay momentos de estrés, de cansancio, que muchas veces no te querés levantar temprano porque está frío, pero para mí es eso: soy una afortunada de la vida porque pude cumplir mi sueño de trabajar en el campo”.

En invierno, sus jornadas comienzan bien temprano. Primero desayuna y, a las 7, ya está a la intemperie atendiendo a los animales: “Tenemos gallinas, algún caballo, algún guacho y demás. Después salimos a agarrar caballos”. A las 11:00 hacen una pausa hasta las 14:00, cuando retoman las tareas y continúan hasta las 18:00 horas.

Entre las actividades que más disfruta están la época de yerra —cuando se marcan los animales— y la de la bichera. “A mucha gente no le gusta, pero a mí me encanta salir a curar abichados”, reconoce entre risas.

Pero el trabajo con los animales es apenas una parte de una jornada que también incluye una amplia variedad de tareas. “Alguna tractoreada, también se hace fertilización acá. Recorrida, cambios de ganado, alambre de vez en cuando”, detalla.

Precisamente, parte del encanto del campo está en su imprevisibilidad. Cada día puede traer una tarea distinta y las épocas del año también cambian el ritmo del trabajo, por lo que la rutina está lejos de ser siempre la misma.

Fotos: cedidas a Montevideo Portal

Fotos: cedidas a Montevideo Portal

De mujer a mujer

Si algo caracteriza a Anyela Zaspe es su tenacidad: nunca dudó de lo que realmente quería y se esforzó para llegar al lugar donde está hoy. Todo eso, a pesar de tener claro que el campo es un ambiente que hasta el día de hoy permanece muy masculinizado y que eso podía representar un obstáculo a vencer. “Estoy intentando romper eso todos los días”, reconoce.

Desde pequeña, Anyela creció escuchando las historias de su madre. Por aquel entonces, la abuela de Anyela intentaba que su hija se quedara en casa haciendo vestidos y tejiendo. Su madre, en cambio, se escapaba con su abuelo y se iba al campo para andar detrás de los animales.

“En la vuelta de las estancias de antes, mi madre salía con personas grandes a esquilar, porque toda la vida le encantó la esquila de ovino. Pero cuando las esquilas eran muy lejos, mi abuelo no la dejaba, porque era un ambiente de muchos hombres y no había ninguna mujer. Y ella era muy chica, una niña de nueve o diez años”, explica. 

Anyela reconoce que hay pequeñas situaciones en las cuales ese machismo se pone de manifiesto, muchas veces bajo la creencia de que determinados trabajos son exclusivos para hombres. “Por ejemplo, trabajo con el encargado, que es mi pareja. Después tengo otro compañero que viene a ser casero y nos ayuda un poquito en el campo y demás. Luego está el patrón y estoy yo”, explica. “Muchas veces, yo soy la que tendría que salir a tomar decisiones en el campo y el patrón se las daba al casero y no a mí”, indica.

Pero la invisibilidad de las mujeres también permanece en otros ambientes vinculados al campo. “A mí toda la vida me gustó el tema de las criollas y demás. Yo he estado en aparcerías donde son mixtas y está buenísimo, pero nunca llegué a ver una aparcería conformada únicamente por mujeres”, dice.

Esa inquietud pasó a ocupar un lugar central en su cabeza. Sabía que había mujeres que aman las actividades criollas, los caballos y la vida rural tanto como ella, esparcidas a lo largo y ancho de todo el país. Durante meses estuvo pensando en cómo contribuir para que distintas mujeres se unieran a compartir sus vivencias y experiencias, y tuvieran un espacio propio para vincularse con el campo. Sin embargo, cuando llegó el momento de ponerla en marcha, se paralizó.

“Yo sé que una aparcería no es simplemente armar, que se junten y ya está. Conlleva muchas cosas, mucha responsabilidad. Entonces tenía mucho miedo de no tener apoyo de la gente”, admite Anyi. Durante todo febrero de este año, Anyela se debatió entre hacer o no su proyecto. “Estuve todos los días pensando: ‘¿Y si armo? ¿Y si no armo?’. Todos los días le decía a mi pareja y siempre me apoyaba, pero yo tenía eso de que me trababa”, cuenta.

Hasta que un fin de semana de febrero, sobre el mediodía, sentada en la cocina, decidió arriesgarse. “Dije: ‘¡Ta! La voy a largar. Que pase lo que Dios quiera’”. Publicó una encuesta en su Instagram buscando a quienes les gustaría participar y apoyar su propuesta. La respuesta fue inmediata: cerca de 50 mujeres se mostraron interesadas. “Para mí fue como: ‘¡Pah! ¿Qué pasó acá?’”.

Hoy en día, “Criollas del Uruguay” está conformada por 13 mujeres de todo tipo: tanto de múltiples edades —desde niñas hasta adultas— como de distintos orígenes: ya sean trabajadoras rurales o mujeres que viven en la ciudad y buscan vincularse al campo. “Hay mujeres de pueblo que no sabían nada, que no tenían caballo, no tenían recado y me decían: ‘Anyi, a mí me gusta todo esto del medio rural, me gustaría poder desfilar. Tengo a mi nena también que le encanta, pero no tengo las posibilidades’. Bueno, este grupo que quiero armar es para eso”.

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Si tanto la sorprendió la buena recepción que tuvo al presentar su propuesta, mayor sería su asombro con lo que ocurriría pocos meses después. Sobre finales de febrero, Anyela participó de una charla en la Expo Durazno. A través de un grupo de mujeres ganaderas al que la añadieron durante esas jornadas, le llegó la información de que el MGAP había abierto una convocatoria para financiar proyectos de mujeres rurales.

“Me dijeron: ‘Anyi, ¿por qué no te presentás con la aparcería? Estaría muy bueno’”, recuerda. Habló con el grupo, les encantó la idea y se pusieron a trabajar. Al cabo de unos días, enviaron la propuesta a la cartera. En total, fueron 79 los proyectos presentados.

El resto es historia. “Criollas del Uruguay” quedó entre los 23 seleccionados y obtuvo una financiación de $ 115.000. De aquellas dudas y miedos que la llevaron a posponer una y otra vez la puesta en marcha de su idea, en solo tres meses Anyela no solo había encontrado el apoyo de 13 mujeres, sino también el respaldo del Estado uruguayo.

“Además de que nos ayudaron con una financiación, que es un montón y agradecemos mucho, es también el agradecimiento por pensar que lo que estamos haciendo lo está viendo otra persona y lo está valorando. Eso, para mí, es mucho más importante”, reconoce.

El proyecto recién comienza y Anyela es consciente de que queda mucho camino por recorrer. “Yo a ‘Criollas del Uruguay’ me la imagino creciendo muchísimo más”, confiesa. “Me gustaría que de aquí a cinco años nos conozcan como un equipo de mujeres que la luchamos todos los días para que tengamos un lugar en el campo, en todas las tradiciones, y que nos tengan en cuenta”.

Sin embargo, es imposible que al detenerse y mirar atrás no se sienta realizada. “Siento un orgullo superenorme. El campo, como yo digo, siempre nos enseña que con esfuerzo, sacrificio y ganas no hay tarea que no podamos afrontar. Y en la vida, para mí, es así: hay que luchar, hay que ir por los sueños de uno”.