Contenido creado por Pablo Méndez
21 días

Veintiún días

La historia de Daniel Flores García (Primera parte)

A las seis de la tarde del 26 de febrero de 2013, cinco turistas de Cartagena encontraron al estudiante chileno Daniel Flores García a orillas del Lago Huelde, al Oeste de la isla chilena de Chiloé. Desnutrido, deshidratado y sin poder caminar, Daniel Flores fue trasladado hasta el bote que lo llevó con su familia. Había estado 21 días perdido en el bosque.

02.04.2013

Lectura: 18'

2013-04-02T13:15:00-03:00
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Montevideo Portal | Pablo Méndez
@pablomendezmvd

Cuando Montevideo Portal lo contactó, Flores todavía se estaba recuperando, tenía los músculos debilitados y los pies hinchados por la inflamación de las heridas. Relató durante horas, con mucha paciencia y esfuerzo, todo lo que había vivido esos días caminando sin rumbo por los bosques del sur chileno.

Flores buscó los detalles, planteó dudas y arriesgó respuestas a preguntas que aún no se había hecho. Lo que sigue es la reconstrucción de su historia, una síntesis de su relato en primera persona.

Yo no iba a ir a Chiloé, pensaba ir más que nada a Valdivia, Puerto Varas, o Temuco, que son sectores que manejo mejor, pensaba conocer un poco más la cordillera y la costa, pero un amigo que quería ir a Chiloé me invitó, Fernando Ravello y nos pusimos de acuerdo un mes antes del viaje. Juntamos plata y nos fuimos para allá. Yo había ido varias veces a distintos bosques pero esta era la primera vez que iba al bosque de Chiloé. Había conocido otros bosques de la región central de Chile, bosques aislados en el norte y también otros bosques en el sur. Conocí distintos tipos de selva, de parque nacionales, pero nunca había estado en un lugar tan exuberante, tan agreste, y tan variado en flora y fauna como este.

A mí en las vacaciones me gusta levantarme temprano, caminar y recorrer el terreno. Cuando era muy pequeño, con mi familia nos fuimos a vivir a un sector semirural, que se llama Lampa que ahora ya está todo urbanizado. Subconscientemente me quedó esa nostalgia, entonces siempre que me conectaba con la naturaleza salía a caminar. Al principio -cuando era niño- iba acompañado con mi papá o con amigos, nunca salía solo, pero después, cuando estaba más grande, era independiente y sabía manejarme bien, sí salía solo. En realidad era como una forma de reflexión y me gustaba mucho explorar los sectores, la playa, los lagos y los ríos; también los cerros. Yo tenía esa idea de que si tú vas a un lugar, vas a explorar.

La pérdida

Ese día-el miércoles 6 de febrero- me levanté como a las ocho y media de la mañana y salí a caminar. La noche anterior, habíamos llegado tarde con Fernando y otros dos amigos -Rodrigo Retamal y Álvaro Díaz- nos fuimos a la parte alta del camping y estuvimos festejando, con otros turistas, como hasta las tres de la madrugada.

Mis amigos se levantaron como a las once o doce. Cuando me contacté con ellos por teléfono, eran como la una de la tarde, ya llevaba todo un camino recorrido, había ido del Camping El Mirador, a la Laguna Huelde, de la Laguna Huelde al camping del Abuelo Peto, había pasado por una playa, por un lago, después subí por el Sendero de Chile, pasé por una especie de selva, donde está el primer mirador, subí más arriba, en un cerro donde hay un bosque de alerces muertos, que es donde la gente saca leña y llegué al segundo mirador, saqué una foto y llamé a Fernando. Fernando me preguntó por qué me había ido antes.

 

Le dije que quería recorrer, que sabía que ellos se iban a levantar tarde. Ya había pasado otras veces, en otros sectores de la isla, que yo me levantaba supertemprano y me iba a dar una vuelta por la playa o por la carretera y no había ningún problema.

Una vez fui a buscar unas bolsas que ellos habían perdido en la noche y las encontré. Eso fue el primer día que llegamos, caminamos por un sendero como seis o siete kilómetros. Álvaro y Fernando tomaron un vehículo que era de la dueña del camping, habían comprado un par de cervezas, con unas botellas de vino. Ellos detuvieron el vehículo y subieron tan apurados que sin darse cuenta perdieron las bolsas y al otro día, cuando yo fui a caminar, a recorrer la zona temprano en la mañana, me acordé el kilómetro en donde habían subido al vehículo, entonces más o menos intuí dónde podrían estar las bolsas.

A mí más que explorar, me gusta rastrear. El día que me perdí, iba rastreando huellas de una persona que estaba con un animal. Yo subí al mirador, que tiene una altura como de dos metros, tenía señal y la utilicé para llamar. Esa fue la última vez que yo me comuniqué con Fernando porque apenas bajé del mirador perdí definitivamente la cobertura. En la calle o en la carretera hay cobertura siempre, pero entre los cerros la cobertura se va. Cuando bajé del mirador y vi que perdí el contacto con Fernando me iba a volver al camping, pero como el día estaba tan lindo y había mucho sol, caminé un poco más. Me perdí en cuestión de media hora.

Cuando quise volverme, no encontré el sendero y cada vez que quería regresar el sector del bosque por el que venía se ponía más espeso. Entonces decidí buscar una quebrada que me dejara el mar al lado, pero ahí fue como que la cuestión se fue difuminando. Primero la quebrada se transformó en un río, después el río se transformó en una cascada y como que ya no tenía retorno. Me di cuenta que me iba a perder y dije ´voy a tratar de encontrar otro camino, algún otro sendero o algo, pero me fui dando cuenta que nada funcionaba. Cuanto más buscaba, más aumentaba la espesura. Ahí las quebradas y los ríos son raros como que se mueven para todos lados y algunos ríos parece que no se movieran, o parece que cambian de dirección por la cantidad de agua que llevan, entonces uno se pone a buscar el sol, pero en este sector, el sol a veces parece que estuviera en tres puntos distintos, por la nubosidad y los efectos de la luz. Por lo menos tenés que estar una hora quieto para saber en qué dirección va el sol, pero aún así, cuando uno lo busca, parece que el sol estuviera haciendo círculos de a ratos.

La primera noche

Ahí el sol se levanta muy temprano y se acuesta muy tarde, es como que hay distintas cosas que uno tiene que ir acostumbrándose con el tiempo. Cuando llegué, entré y ni siquiera planifiqué muy bien mi viaje, no miré el paisaje antes de introducirme y no llevaba ninguna rama para tantear el piso, lo que me motivaba más que nada era moverme para poder salir de ahí, pero lo otro no lo manejaba muy bien. Al bajar por una quebrada perdí mi celular, un Samsung básico, sin nada especial; yo lo llevaba en un canguro negro y cuando fui a buscarlo para mirar la hora no lo encontraba. Lo iba a ir a buscar pero estaba oscureciendo y pensé que entre la espesura y con la cantidad de agua que hay ahí en la quebrada, buscar el lugar exacto en donde se perdió, estando en medio de la tierra, iba a ser imposible. ´Voy a tener que avanzar´, me dije. Yo en ese momento pensaba que avanzando podría salir de ahí, pero no podía orientarme, entonces tuve que buscar un lugar donde dormir. Después me contaron que me llamaron como tres veces al celular, pero era el mismo número que empezó a llamarse a sí mismo.

El celular ya perdido empezó a llamarse. Hay cosas raras ahí. En ese sector los GPS, los celulares, los teléfonos satelitales, todas las cámaras de grabación, fallan, yo no creo tanto en fuerzas sobrenaturales, creo que hay mucha carga y descarga de fuerza electromagnética. Correr ahí es difícil porque hay sectores que son poco planos, pero igual si tenía buen sol y el sector es relativamente estable, vas avanzando con pasos cortos o saltando entre las ramas, entonces si tenía energía y tenía el manejo podía correr, pero de noche o al atardecer no podés hacer eso porque parece que los árboles son todos iguales. Cuando estás inmerso en la noche ves como que hay una especie de flash en el cielo, no son tormentas eléctricas, son como auroras blancas y hay mucha fosforescencia que aparece de repente en la noche. Cuando me introduje en las quebradas vi mucho mineral, mucho hierro, mucho óxido de hierro y eso afecta mucho a los instrumentos electrónicos.

 

Casi no pude dormir esa noche, por el ruido que hay ahí; el viento, las plantas, los animales, los ríos, los pájaros y las ranas, no te dejan dormir. Yo dormía entre una hora y una hora y media en la noche y apenas amanecía, dormía un poco más, como tres o cuatro horas, me sentía más protegido con la luz. Entre las cuatro de la madrugada y las seis y media la oscuridad es total, yo tenía un encendedor, de esos violetas medios transparentes, pero más que nada lo utilizaba para calentarme las manos. Esa primera noche hacía ejercicio y cuando me sentía más caliente me tiraba al suelo y me acostaba a dormir, pero enseguida sentía un ruido extraño, o algún animal cerca, prendía el encendedor rápidamente y trataba de dirigirlo a donde sentía el ruido. De hecho, estaba muy preocupado, me despertaba a cada rato, entonces tomé una rama, le saqué astilla por astilla y raspé hasta que le hice una punta, para usarla de lanza en caso de que hubiera algún animal, pero en realidad no pasó nada, fue más que nada el susto de la primera noche.

Yo estaba vestido con unas botas coreanas de caña alta, unos calcetines cortos, un short azul y blanco, -de esos que son como de plástico para nadar en la playa y que se secan bastante rápido-, un remera de manga larga color plomo, una camisa leñadora a cuadrillé, roja y azul marino y el canguro, que tenía una estrella. Llevaba un reloj, el celular que perdí el primer día, una cámara fotográfica digital y después encontré unos auriculares. Tenía una botella de Powerade, de esas que usan los deportistas, con un jugo de cebada que le habían entregado a mi padre. Mi padre es trabajador de la construcción y tiene un jefe que es de Perú y para la fiesta navideña se entregan cajas con productos peruanos, era un jugo de cebada, que es como una mezcla de piña, limón y trigo. Eché en la botella un litro de ese jugo y me ayudó ese día y parte del día siguiente, después empecé a tomar agua.

Al principio llevaba la botella en la mano, pero después me di cuenta que era muy incómodo y tuve que agarrarla con uno de los cordeles de mis botas, así poder cruzármela y tener las manos libres. Lo primero que tomé-después que se me acabó el jugo- fue un musgo que se forma en las quebradas, que es como una esponja que chupa mucha agua, tu la podés exprimir y sacar agua, pero también está el agua de las quebradas, de los ríos, el agua estancada de los tepuales, el agua que se posa en los cerros, en las hojas de los árboles. El agua entra por todos lados y yo conocí toda el agua de Chiloé y pareciera que toda el agua es igual, incluso la que está estancada no difiere mucho en sabor, ni en el color, de las demás. Es agua amarillenta como las rocas que están ahí, es muy pura. Ahora tengo de recuerdo la botella colgada con un poco de agua. Es sorprendente abrir la tapa, sentir el olor y ponerte una gota en la lengua, esa agua me ayudó mucho, es una bendición.

Había salido sin desayunar, porque la noche anterior a perderme, con mis amigos habíamos comido pan con queso derretido, atún y varias cosas más y no tenía hambre realmente, pensé que con un poco de agua que tomé en la mañana y el jugo que llevaba ya tenía suficiente para la caminata. Nos habían dicho que lo único que precisábamos era tener una botella de agua y yo me confié de eso, tenía la botella, necesitaba la cámara para sacar fotos, y pensé en llevar la billetera, pero dije `para qué si no tengo nada que comprar´ después, más adelante, antes de llegar al segundo mirador, quise comprar un helado. Me había olvidado que no llevaba la billetera, pensé en volver al camping, pero me desvié hacia el lago.

En busca del sol

Durante el tiempo que estuve perdido, me he caído muchas veces, una vez caminaba supuestamente en dirección al Este y vi unos troncos que me podían permitir avanzar más rápido, entonces fui corriendo rapidito y me subí a un tronco inmenso como de tres metros de ancho y diez o quince de largo y me dije ´yo soy rápido en esto´ de repente siento un crack y la pierna pasa de largo hasta la rodilla, yo mantenía la estabilidad, pero me asusté mucho porque no sabía qué había abajo por más estable que fuera el tronco, sentí que se iba a partir entero y no veía qué tan hondo era el lugar. Se ve mucho pasto, follaje de espesura, pero no sabés si estás encima de un hoyo o de una quebrada. Se ve solamente lo que está encima, no sabés si hay tierra, si hay piedras, si hay pasto o si simplemente no hay nada.

Ahí estaba con energía y entusiasmo, pero después me reservaba para ir de bajada o cuando necesitaba subir. Tampoco me podía confiar en lugares que eran muy planos. Había lugares que parecían muy estables, en que había pastito y estaba húmedo y cuando yo pisaba eran como arena movediza pero con puro barro, nunca lo había visto. Tenía que andar con ramitas, tratar de meter el pie para ver hasta donde podía pisar. Una vez metí el pie y me quedó hasta más arriba de la rodilla, y seguía bajando. Tuve que vadear por la orilla en donde había árboles e ir pisando las raíces con una caña para pasar por cinco metros cuadrados de terreno plano que parecían estables, pero que era barro movedizo.

Si tu te hundís ahí, lo que tenés que hacer es estar tranquilo, por una cuestión del barro o la arena, tenés que pensar que estás en una piscina y tratar de tirar el cuerpo hacia atrás, como si estuvieses nadando de espaldas, y así automaticamente la presión que ejerce el oxígeno en los pulmones te lleva hacia arriba y tu pierna va a ir saliendo de a poco. Si me empezaba a desesperar y hacer mucha fuerza para sacar mi pierna, el barro iba a empezar a chupar más, por la ley de Newton, una fuerza ejercida genera reacción. En cambio si me relajaba, el barro también se relajaba y me iba soltando la pierna. Eso lo aprendí en un libro de física y lo aplicaba a todo lo que era la vida diaria. Después vi un documental en el que mostraba un tipo en arena movediza, es la ley de acción y reacción. Uno va haciendo un colage de ideas y las va implementando. Uno no busca la experiencia, a mí me tocó la experiencia y en la experiencia fui viendo qué tan ciertas eran la hipótesis que yo tenía.

Para buscar la salida, yo caminaba por encima de las ramas de los árboles que están atravesados por quebradas. Si tenía que cruzar un río, podía cruzar nadando pero corría el riesgo de quedar atrapado en una rama, a parte yo no sé nadar mucho, entonces era mejor buscar sectores en el cauce del río donde estuviera más tupido, porque ahí se juntan troncos y maderas de árboles y podía cruzar en ellos, por encima del río.

A veces parecía que las direcciones cambiaban, o parecía que el río se metía adentro del follaje y otras veces que iba en sentido opuesto. Trataba de buscar el sol, pero el sol tampoco me daba muchos indicios. Incluso, al tercer o cuarto día, llegué a hacer una brújula. Al principio funcionaba superbien, pero cuando bajaba por una pendiente o llegaba a otra zona, la dirección de la brújula marcaba totalmente a otra dirección y era muy difícil, entonces al final no sabía realmente dónde estaba el Norte.

Para hacer una brújula necesitas un pocillo de agua, que en mi caso fue el agua que yo tenía y una tapita de la botella; un corcho, como ahí en el monte no hay corcho busqué una madera podrida para que flotara. Rompiendo la cámara de fotos, conseguí un filamento, un pedazo de metal y lo empecé a transformar para que sea como una especie de aguja. Yo sabía que la cámara estaba mala, porque al abrirla para sacar la batería había salido agua. Al principio pensé en que si podía destornillarla no iba a necesitar mucha fuerza, pero como son de estas cámaras japonesas -que son muy malas- apenas comencé a tirar de un cuadradito que hay en uno de los extremos, se quebró y se abrió. Es más plástico que metal.

Después rompí el audífono de los auriculares que había encontrado para sacar el imán. Ese imán lo frotaba contra la aguja, la aguja imantada la ponía encima del pedazo de madera que flota en la tapita con agua y automáticamente la punta me marcaba el norte magnético de la Tierra. Eso me daba un indicio de los puntos cardinales. Me funcionó bien al principio, pero después cuando me iba moviendo era como que el imán o la aguja apuntaba hacia cualquier lado.

Bajo presión

Yo soy una persona muy sensible, como media melancólica y de repente muy alegre, entonces siempre en mi vida traté de hacerme rodear de cosas que me tranquilizaran y me dieran cierta estabilidad, desde mucho antes que pasara todo esto. La lectura, el ejercicio y todas esas cosas que he aprendido, son cosas que en la práctica te van tranquilizando. El problema es que acá, cuando puse en práctica todas las cosas que había aprendido, toda la experiencia y el conocimiento que tenía, las cosas que iba empleando, automáticamente se iban desbaratando de a una.

Me frustré, no puedo negar que me frustré pero no puedo decir que me desesperé que empecé a hacer las cosas bastante locas porque allí yo no podía hacer eso. Si salía corriendo a cualquier sector, de repente se quiebra una rama que sale de un árbol o me resbalaba y me mataba. Tenía que tener esa mesura para poder estar tranquilo y manejar la situación. Había veces que a mí me daba rabia y gritaba o me hincaba y decía ´¿Por qué a mí?´ ´¿Por qué me está pasando esto ahora? o hablaba largo con dios y al tiempo ya como que me ponía más tranquilo; ya había conversado con mi familia, más que nada con mi familia y había hablado con dios. Hablaba mucho con dios, después empecé a explicarle lo que yo quería hacer cuando saliera y a preguntarle si me daba una segunda oportunidad, porque yo realmente sentía que no me estaba escuchando.

Además sentía que el monte tenía una vida propia. De hecho, soy muy creyente de esa teoría de Gaia, que dice que la Tierra es un ser vivo. Yo me sentía como Jean Valjean en Los Miserables. Habían veces que de repente se ponía a llover muy fuerte y yo le pedía a dios que se trranquilizara y veía que se tranquilizaba un poco, pero después el viento volvía otra vez muy fuerte y era terrible. Yo sentía que el viento me decía cosas. Una vez me enfurecí y le grité al monte, ´tú quieres que me muera aquí, pero yo aquí no voy a morir, voy a salir vivo de aquí. Tengo que volver a donde están todos mi seres queridos, yo no voy a morir aquí, tengo el apoyo de toda mi familia, yo voy a salir vivo´, eso me daba una cierta seguridad y me permitía ponerme a dormir un rato para después seguir con mi rutina.

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