A modo de adelanto de la obra, ofrecemos a continuación una de las entrevistas que integran la obra.
CARLOS LISCANO (Parte I)
Escritor, narrador y dramaturgo, estuvo preso desde los 22 a los 35 años. Definió su vocación y comenzó a escribir en su celda del penal de Libertad. Liberado en 1985, publicó su primer libro en Suecia. Regresó en 1996 a Montevideo, donde reside actualmente.
Montevideo, 2000
Una precisión. Debo aclarar que en 1975, en el penal de Libertad, yo pedí la baja del MLN. Eso tiene que marcar esta entrevista. Hace un cuarto de siglo que no pertenezco al MLN. No recibo órdenes del MLN ni necesariamente comparto sus opiniones. Después de pedir la baja continué, claro, diez años más en el segundo piso del penal, conviviendo con los compañeros del MLN, y de otras organizaciones. Eso hace que con algunos tupamaros, unas decenas, nos hayamos conocido mucho. Tengo amigos de aquel entonces, que no sé si están o no en el MLN ahora, con los cuales compartí miserias y afectos, cosa que, aunque no nos veamos a menudo, une mucho.
Por tanto, quien opina es Carlos Liscano, en el año 2000, sobre su pasado. No sobre
“el pasado” sino sobre su pasado. Es Carlos Liscano ex tupamaro, que hablará de lo que recuerda. No he estudiado ni he investigado la historia del MLN, ni he seguido las publicaciones que se han hecho sobre este asunto en los últimos quince años. Falta de interés por la historia reciente, o falta de curiosidad intelectual. Es poco lo que sé de lo dicho y discutido después de 1985.
Aclarado lo anterior, aunque tengo dudas de la validez “histórica” de mi testimonio, podemos empezar.
¿Cuántos años tenía cuando comenzó a apoyar políticamente al MLN?
Muy temprano. Me crié a una cuadra de la base Pinela, en La Teja, que fue – según decían– uno de los lugares donde se fundó el MLN. De niño conocí a varias personas que lo integraban o apoyaban. Recuerdo exactamente cuando detuvieron, por ejemplo, a Rivera Yic, que vivía frente a mi casa.
La Teja era un barrio obrero, muy sindicalizado, donde la izquierda tenía mucho peso, aunque tampoco hay que exagerar, porque en La Teja la gente votaba a blancos y colorados. Había anarquistas, comunistas, socialistas, y también gente que del apoliticismo pasaba a posiciones muy radicales. Había esporádicos enfrentamientos armados entre piquetes de huelguistas con el ejército o la Policía. Ambiente propicio para volverse simpatizante de la izquierda radical.
El Partido Comunista, fuerte y arraigado en la zona, aparecía muy metido en la política tradicional. Con el tiempo me di cuenta de que en realidad tenían una política dirigida a los obreros del barrio: el reparto del diario, la organización de asambleas y hasta de fiestas y picnics eran medios para nuclear a la gente. En cambio nosotros – éramos varios– pasábamos de una especie de fenomenología de la pobreza a la radicalización extrema.
Es que la pobreza era general, yo vivía a una cuadra del cantegril, que se llamaba –y se llama– “La cachimba del piojo”; los niños del cantegril eran mis amigos.
Se hablaba en todas partes de política: cuando comenzó la polémica chino–soviética escuchaba discusiones acerca de si usar la lucha en el campo era lo correcto, lo nuevo. De paso esa discusión intentaba demostrar que los comunistas no querían luchar. Por otra parte, en La Teja siempre hubo armas, era común salir a cazar. Y existía también una tradición de lucha anarquista violenta.
Una zona muy similar era el Cerro, donde habitualmente iba por las actividades típicas de un adolescente, la playa, el carnaval. En ese ambiente era natural que uno se familiarizara, sin el preámbulo de una actividad política organizada en el sindicato o el partido, con el uso de la violencia política. Porque las huelgas de los frigoríficos siempre terminaban en trifulcas, cerramientos de calles, peleas contra el ejército y balazos.
Recuerdo el primer tiroteo al que asistí en mi vida, tenía diez años y casi me muero de susto. Desde mi altillo reconocí a los vecinos que de madrugaba se tiroteaban con un jeep del ejército. Al saberlo mi madre me dijo que lo olvidara: aunque ella no tenía ninguna actividad política, tampoco iba a permitir que el hijo se transformara en un soplón de la Policía, contra vecinos honorables, obreros de los frigoríficos.
Cuando tenía once o doce años, mi mejor amigo era Pituco, un viejo anarquista, obrero del frigorífico, de 50 años. Más tarde Gerardo Gatti me contó que Pituco había sido su maestro, y también de otros dirigentes anarquistas. El viejo nos hablaba de la guerra civil española, de los sindicatos, de los picapedreros de Colonia, de los brigadistas.
La tradición de la lucha armada ¿existía a su juicio precedentemente en Uruguay?
Creo que en los años cincuenta y comienzos de los sesenta no existía lucha armada, pero sí acción directa de los grupos de apoyo a los sindicatos, en La Teja y el Cerro. Eran grupos que sacaban las armas para apoyar un conflicto muy fuerte. En el barrio todos conocíamos vecinos que habían caído presos por una rapiña, y se sabía que la plata no era para ellos.
En el interior del país existía la tradición del duelo criollo, el hacerse justicia por propia mano. Mi abuela, que era de Santa Clara de Olimar, me mostraba al costado del camino las cruces que señalaban el lugar donde había caído gente muerta por venganza, o en un duelo.
Su familia ¿a qué tradiciones políticas se vinculaba? ¿Entre sus parientes había personas políticamente activas y en ese caso, a qué partido adherían?
Mi familia era blanca. Mi abuelo paterno participó en las revoluciones de 1897 y 1904, e integró el Partido Nacional hasta su muerte, en 1956. Aunque hoy en día vota a la izquierda, mi familia sigue siendo blanca. Años después reflexioné que este vínculo tan fuerte tiene que ver con que siempre fuimos una familia de derrotados. Los blancos perdieron la guerra. Por los relatos familiares supe que después de 1904 la represión en el interior, en los pueblos, continuó durante años. Algo similar a lo que sufrieron durante la dictadura los familiares de presos políticos. Tuvieron que soportar el destrato y la marginación permanente, de la Policía, del Estado. En mi familia se sabía que en el interior cualquier comisario se daba el lujo de meter preso a los derrotados.
No tenían ninguna protección legal. En especial si eran pobres. Pertenecer a una familia de derrotados, y además pobres, pesa, dura generaciones. Pienso en nosotros, en la izquierda, los familiares que vivieron durante más de diez años bajo vigilancia, marginados por tener un familiar preso. Eso está en la sociedad actual, aunque no sé si es medible, descriptible. Me gustaría saber qué pasa, y pasará, con los hijos de los presos, de los derrotados de fines del siglo XX.
Pero mis familiares no tenían ninguna militancia política. Mi padre tenía esa característica de los blancos, que pueden ser extremadamente conservadores y rebeldes a la vez.
¿Qué razones le llevaron a ser partidario de la lucha armada como método político? ¿Por qué no eligió los caminos tradicionales que ofrecían otros grupos o partidos de la izquierda?
Nunca estuvo en mi horizonte integrarme a la izquierda tradicional. Si no iba a ser blanco, mucho menos colorado, dadas mis tradiciones familiares. Repito: la pobreza, las injusticias, siendo muy joven, con una visión muy limitada de la sociedad, el Estado, la historia, llevan a radicalizarse rápidamente. O por lo menos me llevaron a mí. Muchos años después, viviendo fuera de Uruguay, cuando conocí gente que venía de países en guerra, de África, Asia, América Latina, y también de los países del “socialismo real”, pude tener una idea más elaborada de la situación de Uruguay, privilegiada en tantos aspectos. Pero también se me hizo más evidente la desidia de los gobernantes que nos han tocado durante un siglo, que nunca hicieron lo que podían para resolver las situaciones de pobreza extrema. Un país pagado de sí mismo, que creía que “como el Uruguay no hay”, o que éramos “la Suiza de América”. Para ver la estupidez de esas creencias bastaba tomar un ómnibus en el centro de Montevideo y viajar media hora. Pero nadie quería verlo. Los políticos blancos y colorados vendían por votos el carné para comprar la leche más barata, vendían por votos las pensiones y jubilaciones. Hoy parece que nadie lo recuerda: bajo el nombre de “clientelismo político” se ocultan capas geológicas de sufrimiento de los más débiles, la ignominia de hacerles cambiar por votos lo que era un derecho. Las cosas han cambiado, pero no tanto. Basta tomar el ómnibus y viajar media hora hacia los suburbios para conocer otro Uruguay, otro lenguaje, otro modo de expresarse, que, como todo lenguaje, refleja las condiciones en que se vive. Eso no tiene arreglo en la cabeza.
Yo, que por mi trabajo y la vida que llevo tengo contacto con el poder, sé por experiencia algo acerca de la distancia insalvable que hay entre quienes nada pueden y los que comparten el poder. Cualquier poder, de la derecha, de la izquierda. Basta darse una vuelta por La Teja para comprobarlo. Y yo lo hago, no por militancia social ni política, sino familiares, afectivas. Allí sigue viviendo mi familia. La Intendencia de Montevideo hoy manda inspectores para que controlen qué tipo de basura tiran ilegalmente en La Cachimba del Piojo las empresas que se dedican a los contenedores. La gente, como antes, hace bien, desconoce cualquier tipo de autoridad, aun la de los gobernantes de izquierda. Allí, en La Cachimba, hay un tráfico de basura que permite que mucha gente viva, coma. La gente de La Cachimba tiene electricidad que no paga, agua que no paga, y algunos hasta teléfono que no tienen más remedio que pagar. Cuando la Intendencia manda un inspector se le ríen en la cara. Allí hay niños que no tienen ni leche para alimentarse, y una autoridad del Estado, de izquierda, quiere obligarlos a que no contaminen el medio ambiente. Parecen alemanes, pero son meros gobernantes vernáculos, de aquí, de los nuestros. Sería ridículo si no afectara la vida de seres humanos. Pero también es ridículo que la izquierda mande a un inspector a ver por qué los más absolutamente marginados no cumplen con las normas. Y cuando digo esto sé exactamente qué estoy diciendo.
O sea, soy responsable de lo que digo. Lo que aprendí a los golpes en tantos años, aunque no tenga nada que ver con esta entrevista, es que las posiciones que uno cree democráticas deben ser defendidas hasta contra un gobierno de izquierda, como el que hoy tenemos en Montevideo, que yo también voté.
¿Dónde realizó sus estudios?
Recorrí varios liceos. El Maturana, el Bauzá viejo, y luego el Liceo Militar.
¿Cuándo fue detenido?
Aquí viene otra aclaración. Después de terminar el liceo ingresé a la Escuela Militar de Aeronáutica. No me preguntes por qué porque hace casi 30 años que me lo pregunto y todavía no lo sé. Aquello no me interesó nunca, excepto el curso de vuelo del último año, cuando obtuve mi brevet. Mientras estaba en la Escuela me inscribí en la universidad, para estudiar sociología. Apenas tenía tiempo para dormir. En 1970 me metieron preso y me dieron de baja. Fue un alivio. Después supe por qué. Dino Buzzatti lo cuenta al detalle en El desierto de los tártaros. Me alegro hasta el día de hoy que me hayan echado. Los motivos por los que me metieron preso, tres meses, fueron “políticos”. En los hechos se trataba de conversaciones un poco alocadas que yo sostenía en el sitio menos apropiado acerca de las medidas prontas de seguridad impuestas por Pacheco, la corrupción dentro de la Fuerza Aérea, el imperialismo yanqui, y cosas así. Entonces había comenzado la limpieza interna dentro de las Fuerzas Armadas. Para poder reprimir hacia afuera, primero hay que reprimir adentro. Eso fue lo que ocurrió. Muchos oficiales pasaban a retiro porque no querían hacer de policía de Pacheco. En la Escuela Militar de Aeronáutica nos metieron presos y dieron de baja a seis o siete. Y entonces todo quedó en orden. Algunos de los oficiales que entonces me interrogaron harían carrera luego como torturadores. Pero todo esto es muy viejo para mí. Lo único que me dejó fue un pequeño conocimiento sobre los militares, sobre su modo de pensar, conocimiento que normalmente los civiles no tienen. Conocimiento inútil, que no sirve para nada, o por lo menos a mí no me sirve para nada.
En 1970 no pudieron procesarme porque no había cometido ningún delito. Luego volví a ser detenido en mayo de 1972, y entonces ya no salí hasta el 14 de marzo de 1985.
Si vivió en la clandestinidad ¿qué recuerdos más significativos conserva de esa experiencia en los planos personal y político?
Entre 1971 y 1972 fui full time del MLN. Nunca estuve clandestino. La organización pagaba un sueldo a sus full time: yo tenía un presupuesto, lo presentaba, el MLN lo aprobaba y me daba lo necesario para vivir, pagar el alquiler, la comida, el ómnibus, y gastos así. Como lugar de residencia elegí Belvedere, porque era una zona que conocía, estaba a quince cuadras de donde me había criado. Era una vida insostenible: vivíamos para morir o, en el mejor de los casos, caer presos. Sin horizonte. O el horizonte era: luchar hasta vencer y luego empezar a vivir. Así, como es evidente, no se puede vivir.
¿Qué diferencias encontraba entre la lucha armada de la izquierda y el empleo de la violencia por la derecha en Uruguay?
La violencia de la derecha era institucional, estatal. Nadie creyó jamás que los cuadros de la JUP o del escuadrón de la muerte fueran una cosa espontánea, organizada por grupos de ciudadanos ideológicamente motivados. Era la violencia desde el Estado. Es curioso que los únicos señalados como responsables de la violencia sean los que estuvieron presos, y sus familias. Los políticos blancos y colorados, la basura de Aparicio Méndez, que siempre fue fascista, Martín Echegoyen, Pablo Millor, [Víctor Oscar] Racchetti, [Alejandro] Végh Villegas, Juan Carlos Blanco, todos los pachequistas, pasen inadvertidos. Incluso hay pachequistas que hoy dicen apoyar al Frente Amplio...
En aquellos años la violencia había adquirido un carácter normal. Existe documentación que prueba que las asociaciones de industriales, de terratenientes, de comerciantes, aprobaban públicamente las medidas represivas del gobierno. Eso también era violencia. Todos aquellos individuos que ejercían la violencia desde los partidos tradicionales o desde las instituciones, menos los que murieron de enfermedad o de viejos, siguen en carrera. Tipos que trabajaron para la dictadura, que aprobaron la tortura, la proscripción de los partidos y los ciudadanos, que defendieron las violaciones de los derechos humanos en los organismos internacionales, fueron después ministros, senadores, diputados, diplomáticos, presidentes. Siguieron donde estaban, en el poder. Eso ensucia la historia del país. Pero nada tiene de extraño, porque esta sociedad amnistió a los violadores de los derechos humanos. Quizá sea el único caso en el mundo. Algún día debe ser investigada la participación de los civiles en la preparación del golpe de Estado del 73, y en el gobierno “cívico–militar”. No fue poca.
¿Creía que la lucha desplegada por el MLN era una forma de autodefensa popular o una estrategia ofensiva contra el Estado?
No lo reflexioné. Es cierto que en La Teja y el Cerro, como te decía, había grupos que funcionaban como autodefensa. Por eso en 1971 ó 1972, a la Policía le costaba mucho entrar al barrio. Por la noche siempre había controles en los accesos, pero no patrullaban adentro. Pienso que se trataba de un temor exagerado, pero lo cierto es que por esas horas habían perdido un territorio de la ciudad.
Hasta 1972 ¿qué opinión le merecía la dirección del MLN? ¿Conoció o le llegaron ecos de conflictos en el vértice de la organización?
El MLN era una organización clandestina, militarista aunque no exactamente militar, vertical, que alguna vez aplicó la pena de muerte contra civiles. La falta de información y de instancias de discusión eran constantes. Los cambios de dirección no llegaban a la base.
Supe que la dirección al salir de Punta Carretas en 1971 se había ido a la base. Eso fue todo lo que supe entonces. Lo que sí era notorio, visto a posteriori, eran los cambios bruscos de línea, que demostraban cambios en la dirección. Por ejemplo, si se analiza lo que pasó en 1971 y 1972. La aparición del Frente Amplio generó algunos debates, acerca de si participábamos o no. Al final se decidió la creación del Movimiento 26 de Marzo. Pero no presentamos candidato propio al Parlamento. Era consecuencia del rechazo a las estructuras políticas existentes. Se participaba, pero siempre mediante terceros. Eso siguió hasta muy entrada la democracia, el MLN no presentaba candidatos propios. Ya no es así, creo que para bien de la izquierda, que yo todavía voto.
En 1971, a la vez que se integraba el Frente, hacíamos atentados a locales políticos colorados, cosa que ensuciaba más la ya sucia campaña electoral, con casi todos los medios de prensa a favor del pachequismo. Finalmente se resolvió suspender los atentados, porque se comprendió que no se podía participar en las elecciones y sabotearlas al mismo tiempo.
Después que pasaron las elecciones comenzaron las acciones armadas en el Norte, se tomó el aeródromo de Salto, “Nueva Hespérides”, una cantera, apareció el comunicado de la columna Leandro Gómez en que se declaraba la guerra a las Fuerzas Armadas.
Poco después se propuso una teoría rarísima, que recuerdo me alertó: comenzar a disputarle territorio a las fuerzas represivas, mediante el copamiento de comisarías.
Creo que ni los dirigentes viejos ni los nuevos tenían idea de en qué se estaban metiendo. Dado que yo había estado en las Fuerzas Armadas, conocía su mentalidad, que en el MLN no se conocía en absoluto. Lo fui comprobando de a poco, años después, en la cárcel. Cuadros medios que no conocían a los militares, ni siquiera en lo formal, por los uniformes –no distinguían un sargento de un coronel– y menos aún su mentalidad. Me contaron cosas entre graciosas y grotescas sobre el asunto de los uniformes.
La idea simplista que yo tenía del accionar del MLN era que se trataba de acumular fuerzas en lo militar. La aparición del Frente Amplio me interesó mucho, quise tener discusiones pero al MLN no le interesaban. Ni siquiera en la cárcel se podía procesar esa discusión. Vagamente yo pensaba, creo, que habría un crecimiento de las fuerzas irregulares –fundamentalmente el MLN– y al mismo tiempo un crecimiento de las organizaciones populares. En algún momento se produciría un enfrentamiento, pero nunca frontal, con el Ejército.
Es que por mi formación sabía que un solo cuartel podía llevar adelante la guerra, porque tenía más gente preparada que todo el MLN en conjunto: organización, disciplina, obediencia a los mandos, espíritu de sacrificio. Para eso están entrenados, para soportar el hambre, el frío, la falta de sueño, la arbitrariedad.
Algunas de estas dudas las pude conversar con un militar del MLN. Él sí tuvo acceso a la dirección, y sabía mucho más que yo porque se había formado en Estados Unidos. Se había opuesto a largar un plan contra las Fuerzas Armadas, pero la dirección. Se daba el caso de que bancarios asesoraran a un oficial jefe de las Fuerzas Armadas. Así eran las cosas.
¿En qué organismo planteaba sus discrepancias y dudas?
En mi grupo, pero morían en mi responsable. Yo era un militante de base y no podía influir en nada. Tampoco yo pensaba tanto como para tener ideas propias, ni es posible tener una idea de conjunto cuando uno pertenece a una organización clandestina.
Uno acaba creyendo que siempre hay otros que saben más, que tienen “la globalidad de la información”, que era lo que se decía entonces.
Frente al comunicado de diciembre de 1971, o enero de 1972, no recuerdo bien, cuando el MLN le declaró la guerra a las Fuerzas Armadas en el norte, pensé: “Están locos, en un año el ejército, que no es la Polícía, nos pasa por arriba”. También entonces estaba equivocado. Al ejército le llevó dos meses derrotarnos. Tampoco estuve de acuerdo en la táctica de ocupar territorio, no lo entendía. Pero igual cumplí, participé en lo que me asignaron, sin discutir.
En la Fuerza Aérea yo había hecho cursos de armamento, había rendido exámenes, había hecho tiro con armas de guerra. Siempre me aburrió infinitamente todo lo que tuviera que ver con las armas. Daba un examen, lo aprobaba, y al otro día me había olvidado de todo, por suerte, hasta hoy. Pero ese manejo de las armas me daba algunas “ventajas” entre los civiles del MLN, que nunca habían manejado un arma.
En 1972, después de la reestructura, se formaron tres grupos de once militantes cada uno –esa cosa supersticiosa que tenemos los uruguayos por el número 33. Eran los destacamentos especiales, que nunca llegaron a consolidarse del todo. De ahí salió el atentado del 18 de mayo, atentado que intentó hacerse el 14, el 15, el 16 y no recuerdo cuántas veces, y siempre falló.
No tuve nada que ver con ese atentado, aunque sí sé cómo fue y cómo se hizo. Las armas salieron de mi casa, las preparé yo porque nadie sabía prepararlas, las llevé también. Advertí que era el día del soldado, una fecha importantísima para la tropa.
Advertencia inútil. Fue un error grave. Fue tan grave que ni siquiera estaba planificado que acabara como acabó. Allí no iba a haber muertos. Pero los hubo. Acabó en asesinato, cuatro.
A propósito: conozco por lo menos tres versiones de ese atentado. Ninguna coincide con los hechos. Pero esa es otra historia, que alguien deberá contar algún día, antes de que todos los participantes hayan muerto. Algunos militares saben exactamente cómo ocurrió, y algunos miembros del MLN. Las otras versiones que circulan son inventos, todos de gente que da por buenas mentiras ajenas.
En 1971 empezaron a llegar las noticias de los cuarteles, gente que detenían y que contaba que la tortura era muy efectiva. Cuando llegué en mayo de 1972 al cuartel, ya estaban construidos los calabozos y los sitios de detención, o sea que habían estado trabajando por lo menos desde seis meses antes, en los cuarteles de todo el país. El plan ya estaba elaborado. Y eso nadie lo tuvo en cuenta... Ahora me he apartado de la pregunta...
Si se disoció del MLN ¿cuáles fueron las razones? ¿Políticas, de orden interno a la organización, personales?
Un día me di cuenta de que había pertenecido a dos aparatos cerrados, verticales, autoritarios, la Fuerza Aérea y el MLN. Y no quise más pertenecer a un aparato, de ningún tipo, nunca, jamás, hasta hoy. Me molesta el Estado, la autoridad, el poder, todo tipo de sectas, legales o no. Habría mucho para hablar sobre los aparatos, de cualquier tipo, pero carece de importancia, por lo menos ahora para mí, que logré no pertenecer a ninguno, creo, excepto los que me cobran impuestos, dentro y fuera de Uruguay. Bien, como en la cárcel siempre existió un aparato del MLN, en 1975 pedí la baja a la dirección interna. Algunos compañeros me dijeron que eso no era formalmente aceptable. Pero si uno quiere separarse lo hace, fija los límites entre los que quiere moverse. Fue lo que hice.
Salir del grupo, de la cofradía, significaba quedar al margen de la escasa información orgánica que circulaba en el Penal, de la protección, mucha o poca, que puede dar el aparato. Para mí, que tenía entonces 26 años, representaba organizar una vida propia, con valores propios, mantener una conducta como preso político, cumplir con las obligaciones propias de esa condición: ser solidario, realizar las tareas necesarias para la sobrevivencia, estudiar. Y recibir lo mismo: solidaridad.
Organicé entonces mi vida en forma independiente. Ahí me volví adulto. De golpe, de un día para otro, en una cárcel militar, me volví un adulto independiente. Con el tiempo me sirvió de mucho irme, aunque no todo fue suave y elegante. La gente de los aparatos, cualquiera sea, puede ser terrible.
Pero la solidaridad existía, era lo que permitía sobrevivir. No todo eran maravillas para que el que se autoexcluía, pero aquí estoy, sobreviví. Me hacía mis propios planes, para lo cual tenía que oponerme a los planes que otros querían imponerme, imponerse al conjunto. Si bien entonces podían darme enorme bronca algunas decisiones del aparato, hoy las veo como lo que eran: miserias humanas en un ambiente de represión muy dura.
Nunca me arrepentí de mi decisión de separarme: empecé a escribir en la cárcel, le dediqué mucho tiempo a la literatura, y esa ha sido desde entonces mi vida, de eso y para eso vivo todavía.
Es que, si además de estar preso, te integrás a una estructura, tenés encima a los militares y a tu organización, son dos aparatos. Me decía a mí mismo que alguna forma de libertad debía conservar, y eso solo lo lograba yéndome. Hay gente que hasta hoy me dice que había que ser muy fuerte para tomar esa decisión. Entonces no me di cuenta, y tampoco ahora. Quizá también era el radicalismo de la juventud. Porque lo mejor era quedarse en el aparato, cobijado, pero no era lo más sano para mi cabeza. Me fui, y nunca se me pasó por la mente que haya sido un error.
La idea que tuve fue la de tomar mi vida en mis manos y conducirla a donde yo quisiera. Lo primero era sobrevivir. Hacía gimnasia en la celda, aunque estaba prohibido, corría en la cancha de fútbol, estudiaba lo que podía.
Con esto no quiero decir que me transformé en autosuficiente, sino que elegía las influencias que quería. Con Fulano me relaciono porque me interesa su amistad, con Mengano porque me enseña matemáticas. Con este último compañero, Alfredo Guido, justamente, nos hicimos muy amigos. Yo estudiaba solo y él en el recreo me ayudaba en lo que podía. Lo encontraba una vez por semana, o cada dos semanas, en el patio, y con un palito en la tierra me explicaba axiomas, teoremas, ejercicios. Pero tenía que ser rápido, porque si los militares de guardia lo advertían nos sancionaban. Me sirvieron sus enseñanzas, porque cuando salí en libertad por un tiempo di clases de matemáticas. A propósito de solidaridad: lo de Alfredo significó mucho para mí, que le agradezco.
¿Qué otros recuerdos significativos conserva de su experiencia carcelaria?
Dado mi pasado, a los oficiales se les desarrolló, por períodos, una pasión por castigarme. Requisas, insultos, sanciones. Tenía que elaborar una conducta propia para defenderme, nadie podía hacerlo por mí. Debía tener una cara para ponerle al oficial que venía a insultarme. Me fijaba límites de dignidad. De aquí no paso, me decía. Más abajo no voy. Hice lo que pude, a veces estuve a la altura de mí mismo, a veces no.
En esos trece años, hubo períodos más duros que otros. 1980 fue durísimo: estuve mucho en el calabozo, en la “isla”. En esas condiciones uno está solo. Me recostaba, me apoyaba en los demás compañeros, pero cuando los milicos venían estaba solo. El límite de la dignidad es algo que se decide individualmente. Se va elaborando en un proceso, aprendés hasta dónde llegan ellos, y hasta dónde llega uno. Hasta dónde te dan las fuerzas. Por ejemplo, te preguntabas para qué servía adoptar una actitud si después te iban a castigar de una manera tal que te derrumbabas. Con el tiempo llegamos a un empate con los milicos. En los últimos dos años poco y nada me hostigaban, porque la situación en el país había cambiado, y porque empezaron a respetar a los prisioneros por razones un poco raras, que tienen que ver con la capacidad del otro para la sobrevivencia, para la resistencia.
Cierta vez un mayor del ejército entró a la celda y me preguntó: – “Usted ¿tiene mujer?”. – “No, señor.” –"¿Hijos?”. – “No, señor.” – “¿Hermanos?”. – “No, señor.”
– “¿Padres?”. – “No, señor.” – “Entonces usted es como un perro.” – “Sí, señor.”
Se fue y no volvió a molestarme más. Es que ya no me importaba nada aquel tipo, un imbécil, jefe y tonto, y no me iba a poner a explicarle si tenía familia o no. A él le costaba poco ir a ver mi ficha y constatar que le había mentido, pero para mí era una forma de mantener la distancia. Nunca les di confianza, sentía un rechazo inmenso por los militares. Como lo he dicho antes públicamente te lo digo ahora: no los odio, los desprecio. Tienen una profesión que los condena a una vida mediocre. Una vez un oficial de la Fuerza Aérea que había sido compañero mío fue a saludarme. Respetuosamente me preguntó si podía darme la mano. Le dije que sí. Nos conocíamos mucho. Hablamos de la vida, su mujer, sus hijos, de su disgusto porque lo habían destinado a la cárcel. Estuvo seis meses en el penal, y cuando lo trasladaron fue a despedirse de mí.
En otra oportunidad me visitó un oficial de la Fuerza Aérea, también antiguo compañero de clase, que yo sabía que había sido torturador en Boiso Lanza. Cuando vino a la celda me tendió la mano y no quise saludarlo. Le dije: “No le doy la mano a los torturadores”. Me sancionó. Es cierto que no se me hubiera caído la mano por saludarlo. No gané nada con eso, pero ese día lo necesitaba, era mi límite de ese día. No quería demostrar algo a nadie, sino a mí mismo. A este no lo saludo, y que haga lo que quiera. En la cárcel a veces uno se levanta así, con ganas de armar bronca, y la arma, y después se jode. Pero 20 años después me da un poco de alegría haberlo hecho. De eso también se vive. Y una venganza chiquita, aquel señor, ¿dónde está, qué hace? Yo tuve lo mío con su sanción. Puedo vengarme un poco pensando que sigue tan mediocre como era entonces.
Es claro que considero haber tenido una vida mejor que él, más estimulante, variada, intensa, con amigos, viajes, reconocimiento. Perdón por irme de la pregunta.
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