Así lo concluye un nuevo estudio, cuyos resultados podrán encontrarse en la edición digital del mes próximo de "Alcoholism: Clinical & Experimental Research", y actualmente están disponibles en "Early View".
Lo que afirma la investigación es que las diferencias en las sensaciones que cada individuo experimenta con respecto a un alimento o bebida tienen una base biológica. El profesor asistente de Ciencia de los Alimentos y director del Centro de Evaluación Sensorial de la Universidad Estatal de Pennsylvania, en Estados Unidos, John E. Hayes, es uno de los autores del estudio realizado, y apunta que "trabajos anteriores habían mostrado que ciertas personas sienten más amargura y menos dulzor en la ingesta de bebidas alcohólicas como la cerveza. Por lo general, una mayor amargura se vincula con menos agrado, y como habitualmente tendemos a evitar comer o beber cosas que no nos gustan", las personas que experimentaron la cerveza como más amarga, consumirán en menor cantidad esta bebida.
"El vínculo entre las variaciones genéticas en los genes receptores del sabor amargo y el gusto es un área de creciente importancia", explica Russell Keast, profesor de Ciencias Sensoriales y de los Alimentos en la Universidad de Deakin, Australia. Las diferencias en el sabor amargo pueden suponer un dato de particular importancia, ya que se había demostrado con anterioridad que las personas que detectan la amargura con más intensidad, consumen verduras menos amargas. Pero "en el caso de las bebidas alcohólicas es más complejo, porque contienen sabores y gustos que pueden enmascarar los efectos aversivos de amargura. Por ejemplo, la dulzura de un jerez o los aromas de un cóctel", prosigue Keast.
Por su parte, Hayes resume el estudio aplicado a 93 participantes de raza blanca (58 mujeres y 35 hombres) de 18 a 45 años de edad en estas líneas: "Hemos demostrado que cuando las personas prueban el alcohol en el laboratorio, la cantidad de amargura que experimentan difiere y estas divergencias están relacionadas con la versión de un gen receptor del sabor amargo que tiene el individuo". Sin embargo, las consecuencias directas de todo esto sobre el consumo excesivo de alcohol son todavía difíciles de desentrañar, dada la complejidad de los comportamientos asociados a la ingesta dietética; poco a poco va surgiendo evidencia de que la variación en el receptor del gusto sí influye, y se continuará estudiando el tema.
Existen también otros factores que inciden en las preferencias y las decisiones que tomamos a la hora de comer ciertos alimentos o ingerir determinadas bebidas, como las que contienen alcohol. El aprendizaje, la experiencia previa y el medio ambiente juegan un papel muy importante.
Un dato interesante que comenta Hayes es que "es poco probable que la variación quimiosensorial tenga un rol predictivo en la ingesta de alcohol una vez que un individuo se convierte en dependiente", pero "la variación genética en cuanto a la quimiosensación puede subestimarse como factor de riesgo cuando una persona está expuesta inicialmente al alcohol y todavía está aprendiendo a consumirlo". Para el investigador, el siguiente paso sería buscar en las divergencias genéticas y evaluar si efectivamente predicen diferencias en el gusto.
Hayes y Keast advirtieron finalmente que la genética no determina totalmente la inclinación de alguien por las bebidas alcohólicas. "La elección de los alimentos sigue siendo eso, una elección. Algunas personas pueden aprender a superar sus aversiones innatas a la amargura" y consumir alcohol en exceso, en tanto otras que no tienen un sentido agudizado sobre el amargor deciden no tomar bebidas alcohólicas por varias razones que no se relacionan con el gusto.
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