Contenido creado por Gerardo Carrasco
Literatura

De prisionero a científico

El Círculo: las vidas de Henry Engler.

El libro El círculo. Las vidas de Henry Engler de José Pedro Charlo, Aldo Garay y Virginia Martínez, recoge testimonios del protagonista y de sus compañeros de ruta, trazando un retrato vivo y apasionante de uno de los personajes más singulares de nuestra historia reciente.

11.03.2010 13:02

Lectura: 8'

2010-03-11T13:02:00
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José Pedro Charlo / Aldo Garay / Virginia Martínez

De prisionero a científico

Así como hay vidas increíblemente homogéneas de principio a fin, están las otras, repletas de contrastes y de situaciones que serían impensables en la ficción porque solo la realidad puede darles su aval. Este último es el caso de la historia de vida de Henry Engler, uno de los rehenes de la dictadura, hoy científico reconocido en el mundo entero.

El libro El círculo. Las vidas de Henry Engler de José Pedro Charlo, Aldo Garay y Virginia Martínez, que acaba de publicar Ediciones de la Banda Oriental, recoge testimonios del protagonista y de sus compañeros de ruta: el español José Ramón Serrano Piedecasas, Jorge Zabalza, Julio Marenales, Eleuterio Fernández Huidobro, José Mujica, Mauricio Rosencof y Katia Engler, entre otros. Se trata de un material riquísimo que proviene del documental del mismo nombre.

Las voces de quienes compartieron los días con este hombre tan singular que sobrevivió al intento de aniquilación de los militares y a la locura (palabra vaga e imprecisa en este caso) se presentan en el libro con sobriedad y sencillez, porque la intensidad del relato no necesita más condimentos.

En uno de los pasajes más emotivos, cuenta Henry Engler: "Mi vida se concentraba en lo que yo llamaba el circulito. Ponía un circulito en la pared, trataba de tener una imagen y de dejarla pegada contra el circulito. Por ejemplo, la imagen de mi casa cuando era niño me producía dolor, entonces decía, 'la voy a poner acá hasta que no me produzca ningún tipo de emoción, y hasta que no tenga ninguna voz interior que me esté hablando'. En esa lucha estuve cuatro años, día y noche, porque lo único que me detenía era el sueño".

Al igual que en la película, se presenta aquí la historia de un hombre al que le ha tocado pasar por muchas vidas: de hijo, padre, guerrillero, rehén, exiliado y científico. Pero, a diferencia de lo que sucede en el cine, el lector tiene la posibilidad de ir y venir por los textos y de detenerse a reflexionar sobre aquello que las personas somos capaces de hacer; todo ello sin necesidad de soltar el libro de su mano.

Compartimos con los usuarios parte de dicho material:

Henry:

Mi llegada a la Dirección del MLN fue resultado de un proceso doloroso. Se produce la caída de la primera Dirección; días después detienen a la Dirección suplente y casi enseguida, esta también cae. A excepción de Wasem y del "ruso" Mauricio Rosencof, que habían tenido responsabilidades al frente de una columna, el resto éramos muy verdes. Me propusieron pasar a la Dirección del MLN; yo consideraba que no estaba preparado, ni siquiera tenía experiencia de comando. Todo había ido demasiado rápido y yo creía que la Dirección era una camisa demasiado grande para mí.

Propuse que el "Nepo" Wasem entrara en mi lugar así que no ingresé directamente a la Dirección sino al comando militar de la columna 15. Al principio tuvimos el apoyo de los compañeros que estaban en la cárcel, que nos mandaban decir, "vayan haciendo tal cosa y tal otra". El problema es que cuando estás preso, perdés los parámetros de la realidad y, en determinado momento, empezamos a discrepar con los de adentro. Nosotros pensábamos que algunos de los planes que venían de allí eran el producto de largas discusiones desligadas de la realidad. Quizá nosotros estuviéramos haciendo demasiado y no tuviéramos tiempo para pensar, pero intentamos llegar a un término medio en el que las cosas se adaptaran a la realidad y no sólo a los lineamientos teóricos que salían de la cárcel, donde tenían todo el tiempo del mundo para discutir.

Wasem y yo acumulamos una experiencia militar que quizá fuera más rica que la del resto de los compañeros y nos transformamos, en cierto sentido, en puntos de referencia. Nos teníamos mucho afecto con el "Nepo", nos llevábamos muy bien. Era fácil entenderse con él, porque era una persona muy inteligente, con gran capacidad política. Brillante orador y con mucho coraje en las acciones. Era más bien pequeño, delgado, bajo, pero con muchas agallas. Decidido en las acciones.

Progresivamente yo empecé a tener más peso en el aparato militar. Cuando había una operación compleja para la que no bastaba el trabajo de una sola columna, entonces, generalmente, quien se encargaba de la operación era yo. Quedé como coordinador en la preparación de la fuga del Penal de Punta Carretas -operación en la que intervino toda la organización-, también en la fuga de las mujeres de la cárcel de Cabildo. Nuestra línea era que el responsable militar tenía que estar presente en la acción.

En la columna 15 teníamos un equipo muy bueno y creativo en el trabajo. Se preocupaban de cómo hacer realidad las ideas que traía Fachinelli , uno de los responsables de la construcción de berretines.

Fachinelli me llevaba una habitación y me decía: "En este cuarto hay un berretín, encontrálo". Yo, que había visto mucho berretines, podía estar cinco o seis horas, buscando y no lo encontraba. Cuando te rendías, él te mostraba el lugar más insólito que se te ocurra, por ejemplo debajo de una estufa a leña que estaba en uso. Eso era motivo de orgullo para todos. Nada nos parecía imposible; lo difícil llevaba tiempo y lo imposible, solo un poco más de tiempo. Era aquello que decía el "Ñato" Fernández Huidobro de "tomar el cielo por asalto".

Teníamos una confianza tremenda en la capacidad operativa de la organización y en su creatividad. La gente de la columna se sentía impulsada a generar nuevas ideas para el trabajo. De ahí surgió la idea de utilizar las cloacas. En realidad, la idea nació de los judíos del gueto de Varsovia. Nos interesaba mucho el asunto y, si no recuerdo mal, fue Fidel Castro quien le recomendó a Mauricio Rosencof que leyéramos "Mila 18", la novela de León Uris que relata la resistencia de los judíos contra los nazis. Ellos usaban las cloacas del gueto. Eso nos abrió una perspectiva nueva en la construcción de refugios, porque si caía un local uno podía escapar por la cloaca y llegar hasta otro local donde existiera un refugio equivalente. También hizo posible la liberación de las compañeras de la cárcel de Cabildo, porque cerca de ahí, en la Comercial, teníamos una casa e hicimos un túnel a la cloaca. Por él llegamos hasta la cárcel. Incluso simulamos que habíamos salido hacia el lado de la costa, dejamos ropa tirada para despistar.

Hubo gente que se especializó en las cloacas. Fachinelli y Fernando tenían mucha experiencia. Desarrollaron un sistema de transporte ingenioso, una especie de patín con ruedas de rulemanes. Se acostaban sobre el patín, se colocaban protección en los codos y en las rodillas, y se desplazaban a lo largo de caños de cincuenta centímetros. Lamentablemente Fachinelli murió en el '72. Lo llevaron al Batallón Florida, lo torturaron pero no le sacaron nada. Amodio lo apuntalaba como el cerebro de los berretines del MLN. Hay dos versiones sobre su muerte: que lo tiraron por una escalera del cuartel y se rompió la nuca; la otra versión es que se suicidó. A nosotros los milicos nos dijeron que se había suicidado.

Durante mucho tiempo yo fui legal así que no tuve necesidad de esconderme en un berretín ni de andar por las cloacas. Cuando pasé a la clandestinidad, los berretines prácticamente habían desaparecido, habían caído todos. Lo mío fue moverse en el campo, durmiendo donde te agarrara la noche, tratando de encontrar que alguien te diera un lugar para quedarte.

Conservé la legalidad hasta 1972. Para mí la legalidad tenía el valor del oro, por eso me preocupé mucho de mantenerla. Yo veía la vida de los clandestinos, los problemas que tenían para moverse, en cambio yo me movía con comodidad.

Muchas veces me allanaron la casa, sobre todo por denuncias del barrio de que entraba y salía gente, pero yo tenía montadas mis coberturas. En casa había retratos de Pacheco y el aspecto que dábamos era de gente pudiente: mi esposa había heredado campos y yo era un pachequista con recursos económicos, que andaba en auto. Incluso el Ejército llegó a allanarme... tiempo después un oficial me dijo "yo te allané y quedé convencido de que eras pachequista. Hice un informe completo diciendo que las acusaciones no tenían ningún asidero".

El Círculo. Las vidas de Henry Engler
Aldo Garay / José Pedro Charlo / Virginia Martínez
P.V.P $230
133 págs