El flaco jugó bien, logra emocionar con su más que correcta
interpretación de Szpillman, el pianista judío que es arrollado como a
miles de sus pares por la horrorosa ola de exterminio racista a manos
del nazismo. Entre estas emociones, claro, están la compasión, el dolor
pero también la bronca y el rechazo por el miedo paralizante y egoísta
del protagonista.
El tema es que el desgarbado actor ganó el botín de oro con apenas un
partido jugado. Por momentos la descose, pero parece exageradamente
generoso el premio que disputaba con Nicholson o Day Lewis, dos pesos
pesados difíciles de voltear.
Szpilman vive en una burbuja monoplaza, flotando en su música
magistralmente ejecutada en el piano. No le cayó aún la ficha de la
cruda realidad de la guerra que estalla alrededor de su espigado perfil.
Comienza entonces un periplo donde se va paulatinamente dibujando la
individualidad, el egoísmo disfrazado de instinto de supervivencia, la
cobardía del personaje. Anti- héroe que se humilla abrazado a las
piernas de un hercúleo oficial nazi suplicando perdón mientras recibe
una sarta de latigazos que lo deja semi inconsciente.
Es un espectador que observa horrorizado? indiferente? curioso? la
destrucción y la matanza siempre a través de un hueco, un agujero. Nunca
cara a cara.
Desde sus escondrijos se convierte al voyeurismo atisbando lo que sucede
afuera, enmarcada esa visión por ocasionales pass-par- tout: un cristal
roto, la mirilla de una puerta, el boquete humeante de un muro de
ladrillos.
El músico padece el miedo y el hambre que se acrecienta y lo transfigura
hacia una imagen cadavérica, un cristo transitando su via crucis.
El hambre de ingerir algo es tan grande como la de poder arrancarle a un
teclado las sinfonías que suenan nítidas en su cerebro. El permanente
tamborileo de sus dedos delatan esa necesidad casi tan vital como el
agua para calmar la sed que le reseca la boca y el alma.
El protagonista rehúye del compromiso combativo y como premio (?)
recibe protección y escondite de parte de seres que no lo conocen pero
arriesgan su acomodada y privilegiada situación. Porqué el trato
especial, la preocupación por su supervivencia? Por su talento musical,
mientras otros miles caían sin pedirles currículum de habilidades? Mi
compañero de butaca me apunta al oído que es una historia verídica. No
cierra de todas maneras.
Un proceso de metamorfosis kafkiana se apodera de Szpilman a medida que
avanza el film, mutando a una asquerosa rata huidiza, carroñera,
hurgando en los polvorientos tarros en busca de mohosas migajas mientras
observa a la parca desde su madriguera.
Polanski demuestra su oficio en cuadros impactantes con ayuda de efectos
visuales que nos muestra la devastación total, irreal, de planeta sin
vida.
O en escenas como la de el reparto en seis minúsculos trozos de un
caramelo conseguido a precio de oro en un campo de prisioneros, donde
hombres, mujeres y niños se apiñan esperando su oscuro destino. El padre
, casi como en una ceremonia religiosa, divide la golosina
cuidadosamente y la entrega en silencio a cada uno de sus seres
queridos, multiplicación de los panes en su probable última cena en
familia.
Mr. Brody, espero que tu próximo papel sea más digno que el de Begnini
disfrazado de romano en Asterix el galo.
Ahora viene la mas jodida, flaco: demostrar que lo tuyo no fue de
casualidad,
Suerte.
Dunas
El Pianista
CRÍTICA DE CINE | EL PIANISTA DE ROMAN POLANSKY
Adrien Brody era un actor ignoto hasta pocos días antes de la última entrega de los Oscar. Acaba de ganar el suyo por su faena en este film de Polanski...
04.04.2003 00:00
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