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Crítica de cine

El Pianista

CRÍTICA DE CINE | EL PIANISTA DE ROMAN POLANSKY

Adrien Brody era un actor ignoto hasta pocos días antes de la última entrega de los Oscar. Acaba de ganar el suyo por su faena en este film de Polanski...

04.04.2003 00:00

Lectura: 4'

2003-04-04T00:00:00-03:00
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El flaco jugó bien, logra emocionar con su más que correcta interpretación de Szpillman, el pianista judío que es arrollado como a miles de sus pares por la horrorosa ola de exterminio racista a manos del nazismo. Entre estas emociones, claro, están la compasión, el dolor pero también la bronca y el rechazo por el miedo paralizante y egoísta del protagonista.

El tema es que el desgarbado actor ganó el botín de oro con apenas un partido jugado. Por momentos la descose, pero parece exageradamente generoso el premio que disputaba con Nicholson o Day Lewis, dos pesos pesados difíciles de voltear.

Szpilman vive en una burbuja monoplaza, flotando en su música magistralmente ejecutada en el piano. No le cayó aún la ficha de la cruda realidad de la guerra que estalla alrededor de su espigado perfil.

Comienza entonces un periplo donde se va paulatinamente dibujando la individualidad, el egoísmo disfrazado de instinto de supervivencia, la cobardía del personaje. Anti- héroe que se humilla abrazado a las piernas de un hercúleo oficial nazi suplicando perdón mientras recibe una sarta de latigazos que lo deja semi inconsciente.
Es un espectador que observa horrorizado? indiferente? curioso? la destrucción y la matanza siempre a través de un hueco, un agujero. Nunca cara a cara.

Desde sus escondrijos se convierte al voyeurismo atisbando lo que sucede afuera, enmarcada esa visión por ocasionales pass-par- tout: un cristal roto, la mirilla de una puerta, el boquete humeante de un muro de ladrillos.

El músico padece el miedo y el hambre que se acrecienta y lo transfigura hacia una imagen cadavérica, un cristo transitando su via crucis.
El hambre de ingerir algo es tan grande como la de poder arrancarle a un teclado las sinfonías que suenan nítidas en su cerebro. El permanente tamborileo de sus dedos delatan esa necesidad casi tan vital como el agua para calmar la sed que le reseca la boca y el alma.

El protagonista rehúye del compromiso combativo y como premio (?) recibe protección y escondite de parte de seres que no lo conocen pero arriesgan su acomodada y privilegiada situación. Porqué el trato especial, la preocupación por su supervivencia? Por su talento musical, mientras otros miles caían sin pedirles currículum de habilidades? Mi compañero de butaca me apunta al oído que es una historia verídica. No cierra de todas maneras.

Un proceso de metamorfosis kafkiana se apodera de Szpilman a medida que avanza el film, mutando a una asquerosa rata huidiza, carroñera, hurgando en los polvorientos tarros en busca de mohosas migajas mientras observa a la parca desde su madriguera.

Polanski demuestra su oficio en cuadros impactantes con ayuda de efectos visuales que nos muestra la devastación total, irreal, de planeta sin vida.

O en escenas como la de el reparto en seis minúsculos trozos de un caramelo conseguido a precio de oro en un campo de prisioneros, donde hombres, mujeres y niños se apiñan esperando su oscuro destino. El padre , casi como en una ceremonia religiosa, divide la golosina cuidadosamente y la entrega en silencio a cada uno de sus seres queridos, multiplicación de los panes en su probable última cena en familia.

Mr. Brody, espero que tu próximo papel sea más digno que el de Begnini disfrazado de romano en Asterix el galo.
Ahora viene la mas jodida, flaco: demostrar que lo tuyo no fue de casualidad,
Suerte.



Dunas