Se ha dicho que el hombre moderno recibió dos severos golpes que hicieron tambalear y caer las ideas que tenía acerca de sí mismo. Primero, un polaco llamado Copérnico lo quitó a él y a su planeta de la posición central que ocupaba en el universo según la concepción ptolemaica del mismo, que colocaba a la tierra en el mismo centro geométrico del cosmos. Más tarde, un británico llamado Darwin puso en entredicho su rol de señor de la creación conferido por una divinidad, revelando que en realidad es una criatura en tránsito como todas las que existen, proviniendo de otras formas de vida merced al proceso de evolución.
Con el paso del tiempo y a impulso del progreso de la astronomía y la física, el hombre debió tomar paulatinamente conciencia de la inmensurable vastedad del cosmos, y la insignificancia -al menos en lo que a tamaño refiere- de su presencia en la infinitud sidérea.
Paralelamente, el mismo progreso científico permitió al hombre volver la mirada de lo gigantesco a lo diminuto, hallando en ese camino no menos complejidad y misterio que en las galaxias y constelaciones. Y como las cifras y los exponentes no son buenos a la hora de figurarnos la variedad de lo microscópico y lo colosal, una ingeniosa animación contribuye a ilustrar la escala del universo y el lugar que ocupamos en ella. Ni mucho ni poco.

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