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Jaque mate, Kasparov

"El mate amenazado": la mirada a Uruguay-Rusia del escritor argentino Martín Caparrós

"Son así. Uruguay es una banda de hombres que no se hacen ilusiones", contó para el New York Times el escritor, que vivió el partido en nuestro país.
26.06.2018 09:51

Al escritor argentino Martín Caparrós, que tiene una columna en el New York Times sobre la Copa del Mundo, titulada El Mundo Mundial, le tocó vivir Uruguay-Rusia en nuestro país.

Debió hacer escala en Montevideo en su vuelo a Buenos Aires, pero la huelga general del otro lado del charco hizo que tuviera que quedarse más tiempo y viviera el partido desde esta orilla, lo que motivó su última columna, titulada "El mate amenazado".

"Uruguay es Argentina sin delirios de grandeza; o sea, no es Argentina -por eso, supongo, me siento como en casa-", cuenta Caparrós.

"Los uruguayos llaman a su país ‘el paisito' igual que los bosteros llamamos a nuestro equipo ‘Boquita': por impudicia cariñosa, por cariño impúdico -y por disimular que, ya en la cancha, paisito y boquita te cosen a patadas-. Esta mañana Uruguay juega contra Rusia, los dos invictos de su grupo: uno de los países más pequeños del Mundial contra el más grande, para volver a demostrar que el fútbol no es una rama de las matemáticas", agrega el escritor.

Caparrós vio la ciudad inundada de banderas y "de gente que corre hacia algún lado y en la plaza Matriz, el meollo de Ciudad Vieja de Montevideo, entre Cabildo y Catedral, un ministerio instaló, en el primer piso de su edificio de cemento feo, una pantalla de cinco metros por dos". Allí lo vivió Caparrós, junto a unas 200 personas: "barrenderos, carteros, albañiles, mujeres mayores, mujeres con chicos, oficinistas, mendigos, estudiantes".

"Tantos uruguayos -más hombres que mujeres- llevan el termo con el agua del mate incrustado en el sobaco izquierdo, como si fuera un termómetro pero sin metro, y el mate mismo en esa misma mano, y son campeones absolutos en el arte imposible de cebarlo con ese solo brazo, sin dejar de, digamos, manejar la bici o palmearte la espalda con la otra. El problema deben ser los goles", reflexiona.

"Los uruguayos sienten el fútbol como -casi- nadie, pero no pueden gritar los goles como -casi- todos, lanzando los brazos hacia arriba; si lo hicieran -me temo- perderían el termo", bromea. Hay nervios, pero a los 9 minutos un contraataque consigue un tiro libre en la medialuna del área rusa. "Hay gritos dale Lucho vamos, cuando Luis Suárez, el excaníbal charrúa, el hombre sin lóbulo en la oreja, coloca la pelota. Y todavía está tomando carrera cuando muchos estallan en rugidos de gol; el cartero y yo nos miramos, volvemos a mirar a la pantalla; recién entonces, en ella, la pelota entra en el arco ruso. Se conoce que la radio va más rápido que la televisión. La algarabía es importante; y los termos, por ahora, siguen en su sitio", dice. El delay se vuelve a dar en el segundo gol.

Tras la expulsión de Smolnikov "todo se termina". "Queda un tiempo, casi protocolar: los rusos no tienen idea de cómo remontar la triple carga de dos goles y un jugador menos. Y, para colmo, enfrente está Uruguay, un equipo que no tiene ningún prurito en hacerse fuerte atrás y lanzar largos pelotazos para sus dos delanteros asesinos. Y que cuando se hace fuerte se hace fuerte", cuenta.

"Son así. Uruguay es una banda de hombres que no se hacen ilusiones. No solo por viejos, sino porque se diría que nunca se hicieron ilusiones, que empezaron por aprender que nunca tendrían nada que no consiguieran con el sudor de sus muslos peludos. Y a su lado ese técnico con muletas, el abuelo que sigue en la casa de la familia porque qué vas a hacer, después de tanto tiempo, y al rato el tercer gol, cuando ya estaba todo dicho, que sirvió para mostrar su fuerza: los dos nueves tremendos, Cavani y Suárez, que se lanzaron a aprovechar el rebote del arquero ante un cabezazo impecable de Godín en un córner y casi chocan el uno con el otro; dos nueves ávidos de esos de los que todo equipo quisiera tener uno", dice Caparrós.

El escritor cuenta luego las idas y vueltas para definir el rival celeste en octavos, y cómo solo diez centímetros impidieron que el Portugal de Cristiano Ronaldo quedara afuera ante Irán, en el último minuto de descuento.

"No sucedió de puro milagro y ahora esa tarea humanitaria le queda, este sábado, a Uruguay. Que puede, como sabemos, perder con cualquiera, ganarle a cualquiera. Pero que, si sigue así, pondrá en peligro miríadas de termos", concluye.