La obra argentina Viento blanco vuelve a Uruguay y se presentará en el Teatro Solís con la actuación de Mariano Saborido, quien asume el desafío de sostener en soledad un texto atravesado por vínculos familiares, identidad y memoria. Se trata de una propuesta que combina una escritura de fuerte impronta literaria con una puesta que apunta a la intensidad emocional y al trabajo actoral en estado puro. Las funciones son del jueves 19 al sábado 21 de febrero a las 21:00 horas y el domingo 22 de febrero a las 19:30 horas, con entradas a la venta en Tickantel.
En diálogo con Montevideo Portal, el actor contó que su acercamiento al proyecto fue particular. “El texto yo lo fui leyendo a medida que Santiago lo fue escribiendo”, señaló, recordando que lo primero que lo atrajo fue la posibilidad de formar parte del mundo creativo de su autor. Saber que el dramaturgo estaba escribiendo la obra con la idea de que él pudiera interpretarla fue, según relató, el primer gran impulso. A medida que avanzaba la escritura, explicó, lo fue cautivando ese universo que se construía escena a escena, así como la complejidad del personaje y los vínculos que atraviesan la historia.
En Viento blanco, Saborido interpreta a Mario, un personaje inmerso en un entramado que incluye la figura de la madre y la reaparición de un amigo de la infancia que regresa transformado. Más allá del argumento, el actor destacó que uno de los grandes desafíos fue trasladar al lenguaje teatral un texto de fuerte impronta literaria. “Desafiante para mí como actor y también para los directores era cómo llevar ese texto, casi literario, al punto de volverlo teatral”, explicó.
Junto a los directores Juanse Rauch y Valeria Lois, el proceso implicó encontrar el modo de que determinadas imágenes y cambios emocionales planteados en la escritura pudieran cobrar vida en escena. Saborido puso un ejemplo del tipo de indicaciones que traía el material: “tiene puesto una capa azul del personaje, se para arriba de una roca y grita por el tigre”. Y agregó que, en ese trabajo de traducción a escena, la pregunta central fue otra: “El desafío era saber cómo era la persona que iba a decir eso y poder transmitirlo”.
La experiencia de afrontar un monólogo, el único que interpretó hasta el momento, también marcó una diferencia sustancial respecto de otros trabajos. A diferencia de las obras con varios actores en escena, aquí la responsabilidad recae de manera visible sobre quien actúa. “El monólogo tiene esa rareza de que uno está solo como actor en teatro”, dijo, reconociendo que esa sensación puede volverse pesada incluso cuando hay un equipo acompañando. En ese punto, describió un costado poco visible del proceso: “Hay momentos en los que uno extraña esa conexión que se genera con un compañero”, admitiendo que al principio le resultó complejo.
Ese estado mental, contó, se sostuvo durante el estreno. “Tuvo que estrenarse la obra y pasar por lo menos dos funciones” para poder hacer un clic y habilitar otra energía. A partir de ahí, se permitió soltar el control: “hay que divertirse”, resumió, al explicar cómo dejó atrás la idea de que “todo dependía de mí”.
Con el correr de las funciones, sin embargo, entendió que un monólogo no se sostiene únicamente desde lo individual. Si tuviera que aconsejar a alguien que va a afrontar una experiencia similar, lo diría sin vueltas: “cuando sientas que estás solo, no te preocupes que no estás solo y que eso va a pasar”. Para él, detrás de cada función “hay todo un equipo pensando”, y el actor necesita abrir su juego para que la obra encuentre su forma.
En ese aprendizaje también aparece la confianza como herramienta. Saborido habló de la batalla interna que se da arriba y abajo del escenario: “Cuando vienen las voces de… esto es pésimo, esto está mal”, lo importante, aseguró, es apoyarse en el equipo. “Confiar mucho en lo que el otro dice y tratar de silenciar lo máximo posible las voces negativas que uno mismo se genera”, insistió.
Saborido evitó encasillar el público al que apunta la obra en segmentos específicos. Para él, no tiene sentido “cancelar” una obra por etiquetas: “no sé si está bueno… porque a veces siento que hoy en día está todo muy segmentado”. En cambio, propuso ir al encuentro del hecho artístico sin defensas: “está bueno encontrarte con un hecho artístico y que eso te sorprenda”, y ver qué produce, incluso si no hay identificación directa.
Su vínculo con el público uruguayo también ocupa un lugar especial. Recordó una experiencia anterior con afecto: “cuando vine… fue amoroso, fue increíble”, dijo, y destacó la cercanía entre Montevideo y Buenos Aires. “Se siente bastante como estar en casa”, expresó, al hablar de esa conexión entre escenas teatrales y del apoyo que percibió de colegas y espectadores de este lado del Río de la Plata.
De cara a las funciones en el Teatro Solís, Saborido expresó que espera que quienes asistan puedan llevarse, al menos por un momento, una emoción intensa. Su deseo, explicó, es simple y ambicioso a la vez: “que le pase algo a la gente, que se lleve alguna reflexión o sentimiento nuevo”. Si al salir alguien se va con esa sensación, aunque sea por un rato, para él es el mejor premio.
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