El verano altera la lógica cotidiana. Hay menos estructura, más tiempo libre, jornadas irregulares y temperaturas que invitan a bajar el ritmo. En ese contexto, el uso de pantallas suele intensificarse, no solo como entretenimiento, sino también como forma de organizar el día, informarse o simplemente pasar el tiempo cuando el calor no da tregua.
Lejos de la idea de “desconectar por completo”, las pantallas cumplen funciones reales durante el verano: permiten coordinar planes, consultar el clima, escuchar música o podcasts en la rambla, sacar fotos, comunicarse y hasta descansar. El problema aparece cuando ocupan todo el espacio disponible y reemplazan otras formas de pausa, encuentro o disfrute.
Más que contar horas frente al celular, el equilibrio pasa por revisar la intención. No es lo mismo usar el teléfono para informarse o resolver algo puntual que caer en el scrolleo automático sin registro del tiempo. Preguntarse para qué se usa la pantalla —si suma o si drena— puede ser más efectivo que cualquier límite rígido.
Algunas pantallas acompañan el verano: mapas, aplicaciones de transporte, música, lectura digital o contenidos que invitan a salir y encontrarse. Otras, en cambio, tienden a agotar: consumo excesivo de redes, comparación constante con un ideal de vacaciones perfectas o uso nocturno que interfiere con el descanso.
Imagen creada con IA
En ese sentido, pequeños acuerdos suelen funcionar mejor que las prohibiciones. Dejar el celular fuera del cuarto al dormir, habilitar momentos sin pantalla en comidas o salidas, usar el modo avión por tramos cortos o reservar una actividad diaria sin teléfono son gestos simples que ayudan a recuperar presencia sin grandes esfuerzos.
Cuando hay niños, el desafío se vuelve mayor. Anticipar tiempos de uso, ofrecer alternativas sencillas, aceptar el aburrimiento como parte del descanso y evitar que la pantalla sea el único recurso para calmar o entretener puede marcar una diferencia.
El descanso real no siempre implica inactividad. Muchas veces el cuerpo y la mente necesitan menos estímulos, más repetición, más movimiento suave y más silencio. Reducir el uso de pantallas no es un castigo ni una obligación, sino una forma de cuidar la energía en una época que ya de por sí exige adaptación.
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