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Por The New York Times

Una ansiosa intenta relajarse

Spoiler: nada funcionó (hasta que dejó de esforzarse)

11.09.2021 09:13

Lectura: 8'

2021-09-11T09:13:00-03:00
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Por The New York Times | Coco Mellors

Al año siguiente de dejar de beber, me enamoré de mi vecino. Yo tenía 27 años, trabajaba como redactora publicitaria y vivía en un estudio en la calle Gay del West Village en el que cabía mi cama California King y casi nada más. Él vivía al otro lado de la calle en un departamento más grande que tenía una hermosa luz matinal, pero sufría una infestación de ratones.

Una tarde me encontró sentada en su escalera fumando un cigarrillo y se sentó al lado, con el aspecto de un Paul Newman joven.

Hablamos durante un buen rato y me enteré de que era dueño de un restaurante local y que había terminado recientemente con su novia. Finalmente, subimos a su departamento, donde nos besamos hasta sentir que en toda la ciudad solo quedábamos despiertos nosotros y los ratones de sus paredes.

Cuando me acompañó de vuelta a mi edificio, era más de medianoche, y yo ya había decidido que nuestra boda debía ser ahí mismo, en la calle Gay. Estaba calculando qué tipo de permisos municipales requeriría cuando me puso una mano en el hombro.

“Me gustas mucho”, dijo. “Pero el restaurante me mantiene bastante ocupado, y quiero dejar claro que no estoy buscando una relación en este momento”.

Lo miré bajo el resplandor amarillo de la luz de la calle e hice lo que tantos solteros esperanzados han hecho antes que yo: dije una mentira, deseando que fuera verdad. “Yo tampoco busco nada serio”, respondí.

Su rostro se suavizó. “Eso es estupendo. Entonces, ¿podemos tener algo casual?”.

Sonreí. “Soy una persona muy casual. Ya verás”.

Él no lo vería. Lo que siguió fue un estira y afloja de dos años. Él no podía comprometerse y yo no podía aceptarlo. Probé todas las herramientas de mi arsenal para conseguir que fuera mi novio: fui encantadora, lo seduje, lo engatusé, negocié y me enfurecí. Al final, nada pudo cambiar el hecho de que no queríamos lo mismo.

Sin embargo, en lugar de liberarnos de esta incompatibilidad, parecíamos atados a ella. Cada vez que decidíamos dejar de vernos, uno de nosotros acababa dejando la luz encendida toda la noche, sabiendo que el otro la vería desde la calle de abajo y enviaría un mensaje para que subiera, reiniciando el ciclo.

Fue mi primera experiencia de enamoramiento estando sobrio y, aunque entonces no lo sabía, estaba repitiendo un patrón familiar. Crecí buscando el amor de mi padre, un hombre que, al igual que mi vecino, podía ser cariñoso o estar ausente dependiendo del día.

Ahora, perseguía a mi vecino con el mismo fervor. Cuanto más espacio quería él, más cerca anhelaba estar yo. Fingía no tener necesidades y luego me sentía angustiada cuando él no las satisfacía. Me drogaba con su atención y luego me desplomaba cuando se distanciaba.

Más tarde me enteraría de que esta dinámica se denomina relación “ansioso-evitativa”. En ese momento, solo sabía que me dolía. Y, por primera vez en mi vida adulta, no tenía alcohol para adormecerme.

Así que me fui a un ashram al norte del estado y recé para que la obsesión desapareciera. Cambié su nombre en mi teléfono por “prosecco” para recordar la resaca emocional que sentía después de verlo. Fui a un grupo de meditación semanal dirigido por un maestro budista con más de una década de sobriedad que me introdujo en la teoría del apego y, a riesgo de parecer dramática, cambió mi vida para siempre.

Me enseñó que las personas ansiosas y evitativas suelen conectar rápida y poderosamente, pero sus relaciones son un reto en el mejor de los casos y, en el peor de estos, están condenadas al fracaso.

“Necesitas estar con alguien seguro”, dijo.

“Querrás decir aburrido”.

Sonrió. “La seguridad no es aburrida. Ya lo verás”.

Al final, lo que me aburrió fue obsesionarme con mi vecino, intentar salir a cenar con alguien que cree que las reservaciones son “limitantes” y ver cómo mis amigos dejaban de prestarme atención cada vez que me quejaba, por enésima vez, de que me hubiera cancelado una cita.

Dejé de mantener la luz encendida toda la noche, comencé a dormir bien, encontré un terapeuta y me abrí a la posibilidad de conocer a otra persona.

Ese alguien fue Henry, el amigo de un amigo que conocí en la proyección de una película. Tenía pecas por toda la cara y una gran sonrisa sin complejos. Era británico, como yo, pero las similitudes terminaban ahí. Estaba obsesionado con estar al aire libre, le encantaba cocinar y era un bebedor moderado.

Por el contrario, yo consideraba que una excursión a Central Park era senderismo, compraba mis comidas (sushi, madalenas, fruta precortada) en una tienda de productos gourmet y no era moderada en nada.

Me gustó al instante, pero no fantaseé con casarme con él.

En una de nuestras primeras citas, Henry hizo reservaciones en tres restaurantes y me dejó elegir a cuál ir. En otra, vimos un documental sobre los males de la cría de salmón. En los meses siguientes, quedamos de vernos una o dos veces por semana para comer, ir al teatro o ver una exposición. No había que esperarlo hasta tarde ni tenía que preguntarme si me dejaría plantada o no.

Estaba acostumbrada a empaparme de una persona como si bebiera todo un vaso de un trago, pero con Henry, me lo tomé a sorbos. Me sorprendió con sus habilidades de malabarista (le habían enseñado eso de niño para ayudarle con su dislexia) y me habló de su papel de pacificador entre su hermano mayor y su hermana menor. Más tarde, me habló de su amigo que murió atropellado durante su primer año de universidad, de la conmoción y el dolor que le causó.

Cada cosa nueva de la que me enteraba me parecía preciosa.

Sin embargo, no me sentía segura. ¿Dónde estaba la electricidad? ¿La emoción? Pensaba que enamorarse de alguien debía ser como tener un orgasmo y un ataque al corazón a la vez.

“¿No debería ser más difícil que esto?”, le pregunté a mi terapeuta.

“En la vida real, se permite que las cosas buenas sean fáciles”, dijo. “Confía en ello”.

A los pocos meses de vernos, le regalé a Henry un libro de datos ilustrados sobre animales, esperando que lo apreciara como un gesto considerado aunque no especialmente digno de mención.

“Es el mejor regalo de la historia”, me dijo.

Sentado con las piernas cruzadas en mi cama californiana, repasó el libro página por página, repitiendo maravillosamente los mejores datos en voz alta: “¡Los colibríes baten las alas hasta 200 veces por segundo!”.

Henry no necesitaba que las cosas fueran dramáticas para sentirse vivo porque prestaba atención a los pequeños detalles que hacen que la vida se sienta milagrosa. Tanto su capacidad de disfrutar como su capacidad de asombro, al parecer ilimitada, fueron de las primeras cosas que me fascinaron de él. Pero en aquel momento no lo sabía.

Mis anteriores experiencias de enamoramiento habían sido como si me metieran en un barril y me lanzaran por una cascada, una caída a ciegas, tan eufórica como aterradora. Enamorarme de Henry fue como transportarme por un río tranquilo hasta el mar.

No todo estaba libre de conflicto, por supuesto. Al fin y al cabo, yo seguía siendo yo, seguía estando ansiosa.

Durante los primeros meses, cada mañana que Henry salía de mi departamento para volver a su casa, me levantaba de la cama e insistía en caminar con él la cuadra que tomaba llegar al metro. Su partida despertaba en mí un pánico difuso que desencadenaba aquel miedo infantil al abandono, a que el amor saliera por la ventana. Por supuesto, nunca se lo había confesado a nadie con quien saliera.

Hasta que un día Henry se volvió hacia mí en la entrada del metro, me dedicó una sonrisa divertida y me dijo: “¿Por qué siempre quieres acompañarme? Intuyo que es importante para ti, pero no sé por qué”.

Mi primer instinto fue decir una mentira, deseando que fuera verdad. En lugar de eso, respiré profundamente. “La verdad es que siento mucha ansiedad cuando nos separamos”. Me pasé una mano por el pecho. “Creo que tengo miedo de que no vuelvas”.

Henry me lanzó una larga mirada y mi corazón se desplomó. Esperé a que se lanzara de cabeza por las escaleras del metro, alejándose de mí. “Ya veo”, dijo, tomando mi mano. “¿Te haría sentir menos ansiosa si damos la vuelta a la cuadra juntos una vez más?”.

Podría haberme reído de alivio. Podría haberme cubierto los ojos con las manos y haber llorado como una niña. Pero me contuve y asentí.

Caminamos una vez más alrededor de la cuadra y luego él se subió al metro y yo seguí con mi día. Un año después, nos fuimos a vivir juntos. Seis meses más tarde, nos casamos. Hoy vivimos en una casa en Los Ángeles con un pequeño jardín donde los colibríes con frecuencia nos visitan.

“¡Hasta 200 aleteos por segundo!”, a Henry le gusta recordármelo. “¿No es extraordinario?”.

Lo es.