Ya los ancestros norteamericanos, totemismo mediante, se identificaban con ciertos animales. También hay tribus de Sudamérica que consideran a algunas especies de aves como sus congéneres.
Esta atávica actitud, sin embargo, no es esperable en un abogado de éxito, escritor, profesor de Veterinaria y Derecho por las universidades de Cambridge y Oxford respectivamente.
Sin embargo, es el caso del británico Charles Foster, quien en últimos años ha añadido a su currículum otras cinco líneas más bien agrestes: ha sido tejón, nutria, zorro, ciervo y vencejo. Para el docente, era imperativo meterse en la piel de estas cinco especies si es que uno quiere saber qué sienten y cómo viven.
"Un hombre que habla con su perro está reconociendo la porosidad de la frontera entre especies. Ha dado el primer y más importante paso para convertirse en un chamán", se lee en las primeras páginas de su libro ‘Ser animal'.
Foster vivió durante semanas en una tejonera comiendo lombrices de desayuno, merienda y cena, bajó los rápidos del East Lyn enfundado en neopreno y corrió desnudo a través de un bosque nevado mientras un amigo cazador y sus sabuesos lo perseguían como si fuera una presa.
"Me fascinaba la naturaleza desde pequeño, pero crecí lejos del mundo natural y eso me hizo cosas terribles. Después de un tiempo, supe que tenía que restablecer mi conexión con el mundo silvestre o, de lo contrario, acabaría destruido", explica en declaraciones al periódico matritense El Mundo.
"Reconocí mi pobreza sensorial y me di cuenta de que necesitaba ampliar mi ancho de banda, por así decirlo. Quería saber cómo los animales no humanos perciben el mundo y vivir una experiencia que me hiciera sentir más vivo, más completo", detalla el docente, quien reconoce que no lo consiguió, pero que la experiencia fue un aprendizaje en sí misma.
"Algo importante para entender este proyecto es que es un completo fracaso. No conseguí prácticamente nada de lo que me había propuesto, pero también sé que ha merecido la pena. Ahora me siento mejor humano", expresa.
"Ser una nutria es como estar colocado de speed. En la vida de un barrio residencial, lo más que puedo acercarme legalmente a esa experiencia es pasar un par de noches en vela tomándome un expreso doble cada dos horas, antes de darme un baño de agua fría seguido de un enorme desayuno de sushi que todavía dé coletazos. Luego una siesta y seguir repitiendo esta dinámica hasta la muerte", relató acerca de una de sus "encarnaciones".
A la hora de calificar las distintas experiencias, la más ridícula según Foster fue el vencejo. "Gracias a la desesperación que me invadió, descubrí mi conexión con ellos. Estaba dormido en la sabana africana y me desperté de golpe sabiendo que estaban a punto de pasar. Eso me permitió ver lo extrañamente conectado que estaba con esos pájaros, más que con otros animales con más cosas en común con los humanos como el tejón o un zorro".
Puede parecer disparatado, y en muchos sentidos lo es, pero ese intento por percibir el mundo más allá de nuestros sentidos, anestesiados por esta modernidad tan aséptica y antinatural, ayuda a conectar de una manera más profunda con lo que nos rodea. El trasfondo del libro se parece bastante a un grito de guerra contra la insensibilización de la especie humana.
"Nuestra orientación política y personal hacia el mundo natural demuestra una falta de empatía que, si la ejerciéramos con nuestros congéneres, nos pondría en la cárcel o en un psiquiátrico", reflexiona.
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