Rosana Malvido escribió Abraza tu cuerpo desde una incomodidad íntima, pero también colectiva: la dureza con la que muchas mujeres aprenden a mirar su físico desde chicas. En diálogo con este medio, la autora plantea que el vínculo con el cuerpo no puede pensarse por fuera de la historia personal, los mandatos familiares, las experiencias emocionales y los sistemas sociales en los que cada una crece.

Lejos de ofrecer recetas rápidas o consignas cerradas, Malvido propone una invitación al autoconocimiento. En su libro conviven la experiencia propia, lecturas, ejercicios y preguntas sobre el hambre emocional, los vínculos con la comida, las marcas del trauma y la manera en que el juicio sobre el peso condiciona la vida afectiva, social y amorosa.

Su punto de partida no es ni la romantización del sobrepeso ni la defensa de una mirada médica estandarizada. Lo que busca, dice, es “observar”: entender por qué un cuerpo engorda, qué intenta expresar, qué memorias guarda y de qué manera puede empezar a ser mirado con menos crueldad y más amor.

El título, Abraza tu cuerpo, ya dice mucho. Apenas lo escuché pensé en la distancia que solemos tener con el abrazo, con el cuerpo y con lo duras que hemos sido durante años con nuestro físico. ¿De dónde nace esa idea?

Tal cual. Este libro nace de una observación personal. En algún momento de mi vida empecé a darme cuenta de lo dura que había sido con mi cuerpo, que fue tan generoso conmigo en todo sentido. Entonces, esta es una invitación. No digo quedarnos incondicionalmente, porque creo que estoy lejos de eso; todavía me cazo en cosas en las cuales no está ese amor al que aspiro. Pero sí creo que la meta es ir un poquito más hacia el autoconocimiento y el amor propio.

También hacés una aclaración que me parece central: no romantizás la gordura, ni negás que el sobrepeso pueda traer consecuencias sobre la salud.

Exacto. No quiero romantizar la gordura ni ponerme en la vereda de enfrente a juzgar a las personas con sobrepeso sin observar el contexto. Hace unos meses, venía cansada, con neblina mental, calores. Fui a consultar, y estaba en la premenopausia. Me hicieron tres o cuatro páginas de estudios, endocrinólogo y todo, y lo que apareció fue vitamina D baja. Entonces pensé: “Qué interesante esto”. Obviamente no es la regla, pero ¿qué tanto juzgamos a una persona gorda como si automáticamente tuviera una patología? Y no necesariamente es así. Hay muchas razones por las que el cuerpo engorda: retención de líquidos, premenopausia, distintas condiciones. No todo responde a una explicación simple.

Otra parte fuerte del libro es cuando hablás de cómo el sobrepeso puede moldear los vínculos sociales y afectivos, incluso desde edades muy tempranas.

Sí, totalmente. En la pareja, por ejemplo, aparece muchas veces esta idea de que hay que agradecer. Como cuando te decían “agradecé que tenés trabajo”, bueno, “agradecé que tenés marido”. Y también una actitud más servil para caer mejor. Si eso lo empezás a vivir de muy joven, después te acompaña, ya es parte de vos. Es una máscara. Está ese estereotipo del “gordo simpático”, que es un lugar en el que yo estuve y al que caigo con frecuencia. Esa necesidad de compensar lo que supuestamente está mal o se ve mal, o de compensar el juicio ajeno.

Ahí vinculás sobrepeso y trauma.

Sí. No puedo dejar de hablar de que la mayor parte de las personas con sobrepeso o trastornos de la conducta alimentaria hemos vivido situaciones traumáticas, fuertes o no tan fuertes. Considero el trauma como una situación externa que la persona no pudo procesar y entonces su sistema nervioso tuvo que actuar de determinada manera. No es en vano que cuando estamos estresados — muchas personas, no todas, pero me reconozco— abrimos la heladera para ver qué podemos comer. El atracón, la ansiedad por comer, ese nerviosismo: ¿qué es eso?, ¿qué refleja?, ¿de dónde viene esa conducta del sistema nervioso cuando aparentemente no hay nada que lo esté desestabilizando? Sin embargo, hay una memoria corporal que está ahí activando algo.

En el libro dejás claro cuál es tu formación, y aparece una herramienta que hoy circula mucho más en la conversación pública: las constelaciones. ¿Cómo llegaste ahí y qué entendés por constelar?

Yo me formé primero como comunicadora social. Después hice UTU, estudié dos años de comunicación, como cantaba creé mi primera escuela de música y di clases de música durante 20 años. Hice unos años del IPA, hice coaching en otra escuela y una formación en Argentina de coaching educativo para poder enseñar mejor. Siempre me interesó la conducta humana. No hice psicología y lo voy a confesar: en mi familia decían que los psicólogos estaban todos locos, entonces no quería ir en contra de ese mandato. En un quiebre amoroso empecé terapia convencional, pero alguien me dijo que probara otra herramienta. Eso fue hace 16 años. Empecé a ir y me di cuenta de que me daba muchas respuestas, que algo en mí cambiaba. Mucho tiempo después me interesé por formarme. Lo hice hace 13 años en el centro Bert Hellinger. Ya tenía una escuela de música y un salón de fiestas; mi palo no era este para nada. Pero otra vez empecé a sentir que mi vida no estaba alineada con lo que me hacía bien.

¿Y qué son, entonces, las constelaciones?

Son una herramienta que te permite ver una situación del presente teniendo en cuenta el contexto. Somos parte de muchos sistemas y el principal es el familiar, porque ahí aprendés los valores, la idea del mundo, sentís el apego, las heridas de la infancia. Todo eso te marca por mucho tiempo. Entonces, cuando una persona trae un problema del presente, lo que vemos es cuál es el impacto de la familia u otros factores en esa situación, qué está impidiendo que tenga una respuesta creativa diferente. Es eso que muchas veces la gente dice: “Siempre elijo la misma pareja”, “Siempre me pasa lo mismo”. Bueno, ¿qué hay ahí?, ¿qué lealtad hay detrás?

Ahí también aparece un temor frecuente: el de usar a la familia para repartir culpas.

Sí, claro. Pero si la metodología está bien usada y el constelador está bien formado, la constelación lleva varias instancias. Primero, poder ver la problemática a nivel inconsciente, lo que llamamos el “punto ciego”: con quién está siendo leal la persona o dónde comenzó la problemática a nivel sistémico. Puede aparecer una mamá, por ejemplo. El primer sentimiento instintivo es echarle la culpa. Pero el siguiente paso es comprender que esa persona también es un eslabón de un collar y que nosotros tenemos la posibilidad de estar en el aquí y en el ahora y hacer algo nuevo con eso. Si hacemos una consideración responsable y completa, la persona no se va echando culpas.

Una persona una vez me dijo: “Antes que gorda, muerta”. 

¿Y esa mirada vuelve al tema del sobrepeso?

Sí, totalmente. La familia tiene mucho que ver, y también la sociedad y el estrato social. Fijate que hay lugares donde ser gorda es fantástico y otros donde ser gorda es lo peor. Una persona una vez me dijo: “Antes que gorda, muerta”. Y pensé: “Qué fuerte lo que estás diciendo, escuchate”. Me impactó mucho. Y me respondió: “Mirá que mucha gente lo piensa”. Entonces entendés que hay un mandato muy profundo.

En esa línea, hoy aparecieron nuevas medicaciones para bajar de peso y un discurso muy fuerte alrededor de una posible solución rápida.

Sí, y ahí hay que ir despacito. Es como esto de ir al médico a buscar la pastilla mágica. Aparece otro concepto, que es el pensamiento mágico. Me duele la cabeza, me tomo un analgésico y ya no me duele, pero sin preguntarme qué hizo que me doliera, cuál es la tensión, cuál es la necesidad de mi cuerpo, qué estoy negando. Entonces, más allá de que tomar esos medicamentos tiene consecuencias y no es inocuo —a la vista está, ya hay pruebas de muchas situaciones físicas en consumidores—, creo que estamos en más de lo mismo. La dieta mágica es otro producto más que engrandece una industria multimillonaria.

Para cerrar, volvamos al principio: al abrazo. ¿Qué sería abrazarse, concretamente, en este contexto?

Creo que tiene que ver con podernos mirar con más amor. Nuestro cuerpo responde a los estímulos. Es tan equilibrado, tan natural. Cuando le pegás a un músculo, el músculo se inflama: es natural. Entonces me pregunto de qué manera nos hemos golpeado tan duramente para necesitar cuerpos que ocupen espacio, que sean vistos. Esto es complejo de decir, pero es importante que se sepa. En uno de los libros que cito, El cuerpo lleva la cuenta, de Bessel van der Kolk, el autor menciona estudios sobre trauma muy impactantes. Entonces yo me pregunto: cómo son los cuerpos de esas víctimas, si esos cuerpos no requieren perder sensualidad para apartar a los perpetradores o hacerse más grandes para retener esos impactos. No tengo una respuesta cerrada. Sí tengo muchas preguntas. Algunas las encontré a través de mi propia vivencia, y creo que cada uno, haciéndose buenas preguntas, puede encontrar buenas respuestas.

El libro

Una guía emocional y práctica para reconciliarte con tu cuerpo y construir una relación amorosa con vos misma.

En Abraza tu cuerpo, Rosana Malvido Giosa ofrece un recorrido sensible y profundo por el vínculo que mantenemos con nuestro cuerpo. Desde su experiencia como coach, consteladora y acompañante emocional, invita a revisar las ideas heredadas sobre la belleza, el peso y la valía personal.

Con un lenguaje claro, cálido y empático, la autora propone ejercicios de reflexión, relatos personales y herramientas prácticas para sanar la relación con el cuerpo y la autoimagen. El libro combina narrativa íntima y guía de bienestar con el objetivo de ayudar a las lectoras a aceptar su historia, reconectar con sus emociones y abrazar su propio proceso de cambio.

Edita: *Grijalbo*