Por María Noel Domínguez
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Al frente de Océano FM, Pablo Lecueder es una de las figuras clave para entender la evolución de la radio en Uruguay en las últimas décadas. Su historia no responde a un recorrido tradicional: empieza por intuición, se consolida a fuerza de riesgo y se sostiene en una capacidad constante de leer el cambio.
Su vínculo con el medio nació casi como un impulso adolescente, pero rápidamente se convirtió en una forma de pensar la comunicación. Desde pagar por tener un espacio al aire hasta dirigir una emisora con apenas 20 años, su recorrido está marcado por decisiones que, en su momento, desafiaron las lógicas establecidas.
En esta entrevista, Lecueder reconstruye ese camino en detalle: la irrupción de la música joven, la importancia de construir identidad en una radio, la convivencia entre información y entretenimiento, y los momentos en que el modelo pareció quedar obsoleto frente a los cambios tecnológicos.
Pero también hay una mirada hacia adelante. Con una visión crítica —y a la vez pragmática— sobre el futuro de los medios, plantea que la radio, tal como se conoció, está en transformación profunda. Y que entender ese cambio es, hoy más que nunca, una cuestión de supervivencia.
Tu historia con la radio empieza de una forma bastante inesperada. ¿Cómo fue ese momento?
Fue totalmente casualidad. Yo había estado seis meses en Estados Unidos y cuando volví a Montevideo, un domingo de tarde, estaba con amigos y me dicen: “Vamos a visitar a Daniel Leal, que tiene un programa en Radio Panamericana”. Yo lo conocía de escucharlo, tenía un programa larguísimo, en vivo, y caímos ahí. Empecé a mirar todo: cómo hacía el programa, cómo trabajaba el operador, iba de una cabina a otra, observaba todo con una curiosidad tremenda. Y nos fuimos quedando… “Un ratito más, un ratito más”. Cuando salí, les dije a mis amigos: “¿Saben qué? Voy a hacer un programa de radio”. Así, sin más. Me había divertido tanto que no lo dudé.
Pero no entraste a la radio en condiciones normales…
No, para nada. Nadie me contrató; yo pagué por hacer radio. Eso es algo que siempre cuento porque hoy parece impensable. Tenía 16 años y conseguí que me vendieran un espacio por tres meses, como una prueba. Tenía que poner incluso un locutor porque yo no sabía locutar. Y además tenía que conseguir avisos para sostenerlo. Pero estaba feliz, loco de la vida.
De hecho, después recuperé toda la plata. Me mataba vendiendo avisos dentro del programa. Visitaba a conocidos, empresas amigas de mi padre… hacía de todo. Pero era parte del juego. Aprendí desde el primer día que la radio también es gestión, no solo aire.
Ahí nace “Old Hits”, que después se vuelve un clásico…
Claro. Me sugirieron hacer un programa de música vieja. Yo tenía 16 años, era rarísimo, pero en mi casa se escuchaba mucha música de los 60 y 70. Mi hermano era muy melómano y estaban todos esos discos dando vueltas: Beatles, Bee Gees, Rolling Stones… Así que me animé. Y ahí nació “Old Hits”, que terminó siendo el programa de la nostalgia.
Fueron tres meses increíbles. Me divertí como loco, pero además confirmé que quería dedicarme a eso. Después vino el verano, se terminó el espacio, pero ya había quedado el vínculo con la radio.
¿Cuándo se produce el salto hacia algo más estructural, más profesional?
Cuando me llaman para volver, pero ya sin tener que pagar. Eso ya era un paso. Seguía sin cobrar, pero dejaba de poner plata. Y además ya podía vender mis propios avisos. Ahí empezás a entender que esto puede ser algo más serio.
Pero el gran quiebre fue cuando surgió la posibilidad de comprar una radio. Eso fue totalmente inesperado. Mi padre entró en conversaciones con gente que tenía una emisora con problemas y terminó armándose una sociedad. Y pusieron como condición que yo fuera el director. Tenía 20 años.
¿Cómo se asume ese rol con esa edad?
Con mucha inconsciencia, que a veces es lo mejor. Yo venía estudiando arquitectura, pero ya todos me decían que lo mío era la radio. Y la verdad es que me gustaba pensarla, diseñarla. Incluso el diseño de la radio lo hice yo, los planos, la estructura. Algo de arquitectura quedó ahí.
Pero lo más importante era la idea. Yo tenía claro que quería una radio con identidad. No me gustaba esa mezcla sin rumbo. Siempre pongo el mismo ejemplo: si te gusta la milanesa, no me la pongas con dulce de leche. Definí qué sos.
Ahí aparece una lógica más conceptual de programación…
Totalmente. Yo quería una radio de música joven desde la mañana. No segmentar tanto, como se hacía antes. Apostar a un estilo claro. Y eso en ese momento no era tan común. Las radios iban cambiando de tono durante el día, pero yo quería coherencia.
También empecé a entender algo clave: hay que escuchar a la audiencia, pero no de forma superficial. Hacíamos estudios cualitativos, tratábamos de entender qué quería la gente realmente.
Y ahí aparece la mezcla entre música e información…
Exacto. Detectamos que había una necesidad de información, pero con un problema: la gente no confiaba en la información de FM. Porque muchas veces era repetir lo que salía en los diarios. Entonces dijimos: ¿cómo rompemos eso?
Lo que hicimos fue generar una especie de puente con informativos de AM, trabajar con equipos periodísticos que ya tenían credibilidad, y que esa información llegara a la FM. Fue una mezcla muy interesante, porque mantenías el formato ágil de la FM, pero con contenido fuerte.
También apostaste a figuras que en su momento eran disruptivas…
Sí, y muchas veces parecía una locura. Por ejemplo, poner a Orlando Pettinati en la tarde, con ese estilo, a los gritos, descontracturado… muchos decían: “Este tipo está loco”. Pero yo veía que había algo ahí.
La radio siempre fue eso: arriesgar. No hay fórmulas. Probás, te equivocás, acertás. Pero, si no probás, te quedás en lo mismo.
¿Cuál fue el momento más difícil?
La llegada de la FM fue un golpe durísimo. Nosotros veníamos muy bien en AM, con un modelo consolidado, y de repente aparecen 12 FM, muchas con el mismo formato que nosotros, pero con mejor calidad de sonido.
Era como competir en otra liga. Yo ponía la FM y me quería morir. Sonaba mejor, era más atractiva. Y ahí tuvimos que cambiar, adaptarnos, repensar todo.
En ese escenario, ¿qué define hoy a una radio?
La esencia no cambia: información, entretenimiento, compañía. Eso sigue siendo lo mismo. Lo que cambia es cómo lo distribuís.
Si entendés a la gente, si entendés qué necesita, podés adaptarte a cualquier plataforma. Si no, quedás afuera. Y eso es lo que está pasando ahora: no es que la radio desaparezca: es que se transforma.
¿Y hacia dónde va esa transformación?
Para mí es bastante claro: el streaming. No tengo dudas. Hoy ya estamos viendo el cambio, pero esto recién empieza. Está en pañales, pero crece a una velocidad impresionante.
Antes necesitabas una antena, un transmisor, una infraestructura enorme para llegar a la gente. Hoy con un celular llegás a cualquier parte del mundo. Yo mismo puedo estar a miles de kilómetros y escuchar la radio igual que si estuviera en Montevideo.
Y además hay algo clave: el streaming rompe muchas de las limitaciones que tenía la radio tradicional. No hay las mismas reglas, no hay las mismas barreras. Eso abre un campo enorme para crear.
Por eso creo que el futuro va por ahí y por eso creo en esta alianza con Montevideo Portal. No es que desaparezca la radio, pero sí cambia el soporte. Y el que no entienda eso, el que no se adapte a esa lógica, se va a quedar afuera. Porque el streaming no es una opción: es el camino que ya empezó.
Por María Noel Domínguez
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