Oriana Sabatini y su novela: la línea entre lo que vivió y lo que inventó
Su primera novela mezcla autobiografía y ficción: “Arranqué el libro como proyecto personal”.
Por María Noel Domínguez
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Oriana Sabatini llegó a Montevideo con su primera novela bajo el brazo: Podría quedarme acá y, al ser recibida, dijo que podría quedarse. La frase no sonó a protocolo: a lo largo de la charla que mantuvo con Montevideo Portal quedó claro que lleva cierta ligereza en la manera de decir las cosas, aunque los temas que aborda —en el libro y en la conversación— no son livianos en absoluto. Trastornos alimenticios, salud mental, la muerte, el nepotismo y la autocrítica feroz aparecieron uno tras otro.
La protagonista de la novela se llama Ariana, nombre demasiado cercano al de la autora. El parecido no es casual, aunque tampoco es un espejo.
¿Por qué el nombre de la protagonista es tan parecido al tuyo?
Arranqué el libro muy a modo de proyecto personal, partiendo de mi propia historia. La protagonista es una chica en el mundo del entretenimiento que trabaja con una discográfica y hace canciones. Al principio eran como entradas a medias, una especie de diario donde estaba hablando de mí, pero no tanto. Le puse un nombre como alter ego y elegí Ariana. Con el tiempo, Ariana y yo empezamos a ir por caminos separados. Antes de entregar el borrador final, dudé en cambiarle el nombre. Me agarró como pánico de que la gente pensara que todo era real, incluyendo que yo hablo con muertos. Pero decidí no cambiárselo porque me llamo, efectivamente, Oriana. Y, además, me encanta cuando leo no saber dónde está la línea entre lo real y lo no real. Eso me mantiene muy atenta intentando descifrar si el escritor vivió lo que narra. Lo consideré divertido para esta primera novela, que toca temas tan cercanos a los míos.
Desde el primer capítulo, ambientado en una discográfica, se nota que estás vos.
Ariana tiene un montón de cosas mías. Aunque escribiera desde la voz de un hombre de cincuenta años, ese personaje inevitablemente vería el mundo como yo lo veo. Por ahora no me sale de otra manera. Yo escribo para entender y para entenderme. Escribir funciona como un exorcismo: cosas que me pasaron salen.
En el libro hay mucho sobre la exigencia, la belleza y la disconformidad con el propio cuerpo. ¿Cómo convive eso con el personaje público que sos?
Todo es posible. Existe un rechazo a que alguien que se ve de tal o cual manera tenga ciertos pensamientos sobre su propio cuerpo. La ficción permite que el personaje diga que siente cosas que uno sintió o tuvo inquietud de sentir. Y, más allá de lo vivido, al escribir tenés una perceptibilidad diferente, una percepción diferente. Ves el mundo con más atención. Por ahí, en cosas que cualquier otra persona pasa por alto, uno se detiene. Yo hago eso.
¿Siempre tuviste esa capacidad de detenerte y observar?
Sí, yo creo que sí. Soy muy curiosa: miro mucho, observo mucho, me da curiosidad todo, absolutamente todo. Por eso tengo muchas preguntas y la mayoría no tienen respuesta. Siento necesidad de escribirlas para ponerlas allá afuera y no tanto acá adentro, para que ocupen un poco menos de lugar.
¿Cómo construiste el mundo vinculado a la muerte y a la tanatopraxia?
Viviéndolo, básicamente. Uno puede escribir sobre cosas que investiga o sobre profesiones que no son las suyas, pero el mundo de la tanatopraxia me pareció tan fascinante y tan desconocido, además de cercano a lo que me apasiona: entender la muerte y todo lo que hay alrededor de ella. Decidí que tenía que vivir eso, presenciarlo, entenderlo, estar ahí, tocarlo. A partir de esa experiencia comenzó a nacer la historia. Tuve profesoras que me decían: “Escribí de esto, si está re bueno”. Uno cree que para escribir un libro necesitás una historia grandiosa o gigante, pero lo cotidiano termina siendo lo más valioso. Y ese vínculo con la muerte no me oscureció a mí ni a la protagonista.
¿Cómo organizabas el tiempo para escribir?
Mi trabajo en el mundo del entretenimiento es muy flexible y me permite organizarme. Desde que me mentalicé en escribir y terminar un libro —sin saber que se convertiría en un libro publicado— me senté todos los días en la silla. Lo hice porque me apasionaba el tema y me enamoré de los personajes, de sus historias y de descubrirme a mí misma a través de la escritura. Hubo días de mucha frustración. La escritura es un músculo: tenés que sentarte y aunque no tengas nada para decir ni para escribir, escribir igual, aunque pienses que es una porquería. Tardé dos años en escribirlo; creo que si me lo hubiera tomado con más calma, hubiera tardado cinco y el libro no existiría.
¿Sos muy dura contigo cuando te releés?
Re. Al menos una vez al mes desde que arranqué pensé, perdón por las malas palabras: “Pero esto es una mierda. ¿Quién va a querer leer algo así viniendo de mí?”. Los prejuicios que sé que otros pueden tener hacia mí, los empecé a tener para conmigo misma.
La cobertura del libro en Buenos Aires fue muy buena, libre de prejuicios.
El recibimiento fue hermoso. Pero leés uno, dos comentarios malos y son los que te quedan, porque te tocan una de las fibras más íntimas, donde se acerca mucho a lo que vos pensás de vos misma. Los tengo presentes, pero los uso como motor: están esperando que esto sea bueno, yo voy a dar todo de mí. No quiero que suene mal, pero quiero que me tomen en serio. No es un famoso que se le ocurrió escribir un libro.
¿Cómo vivís el peso de pertenecer a una familia con tanto peso público?
No estoy segura de que sin ese apellido el camino sería más fácil. Haber nacido en esta familia me abrió muchas puertas, lo reconozco. El nepotismo existe cien por ciento y ser hijo de alguien te abre puertas cien por ciento. Pero después uno tiene que sentar el culo en la silla. El prejuicio existe: que ya no les gustés porque no les cae bien tu mamá, tu papá, tu novio. Eso ya viene de por sí con el bagaje que traigo. A mí nunca me pesó, pero soy muy consciente de que existe. Siento presión extra para convencer: te quiero convencer de, por ahí, no odiarme tanto o al menos de respetar que hice el trabajo. Esa presión me ayudó a ser más exigente conmigo misma. Nunca es suficiente conmigo.
¿Supiste siempre para dónde iba el camino de Ariana?
Yo siempre tuve el principio y el final de esta historia. Sabía cómo quería que empezara y cómo quería que terminara. En el medio, el vínculo que creía más importante era el romántico entre Ariana y Teo, pero en realidad es solo el disparador de la trama. Los vínculos que no esperaba que tuvieran tanto protagonismo fueron el de Matías, el de la madre y el padre, y el de Roberto, el dueño de la funeraria. Mientras escribía sentía que rozaba constantemente la superficie y quería añadir conversaciones con esos personajes. Ariana al principio es bastante detestable: “Esta tiene todo, ¿de qué te quejás? ¿Por qué estás triste?”. Es ácida, un poco irónica, no deja caer su escudo y no se permite ser vulnerable. Esos vínculos secundarios le permitían bajar esa guardia y al lector conectar desde otro lugar.
El libro también toca la salud mental de una manera particular: la de quien sufre pero no “se ve” que sufre.
Exacto. No le das el derecho a una persona que consiguió lo que quería no solo a cuestionarse, sino a derrumbarse. Hay una idea extendida de que quien sufre problemas de salud mental puede decidir dejar de sufrirlos, o que si los sufre se tiene que ver de una cierta manera sí o sí, porque si no, no encaja en el criterio para ser diagnosticado. No es tan así. Si no, no habría tantos casos que pasan desapercibidos y de la noche a la mañana esta persona no está más. El libro busca traer a la luz casos que no se ven de manera convencional.
¿Sentiste la responsabilidad del mensaje al construir la novela?
No sentí responsabilidad en el sentido de bajar línea. Me senté y hablé con el corazón en la mano. No sé si ayudará a alguien, pero, si sucede, es un gran beneficio y un gran agregado. Sí sentí responsabilidad en un punto concreto: no enseñar conductas autodestructivas. De joven leía revistas que enseñaban cómo adelgazar en una semana o cómo esconder que no comés de tus padres. Eso sí, hay que ser responsable y no dar ideas autodestructivas. La línea es delicada: lo cuento y enseño algo. El libro no está apuntado a menores de veinticinco años, pero uno no sabe quién puede agarrarlo.
En ese punto Oriana fue más lejos que en cualquier otro momento de la entrevista. Reconoció haber sufrido trastornos alimenticios cuando era más chica y haber adoptado ideas autodestructivas de lecturas que no debería haber leído a esa edad. Para escribir esta parte del libro consultó con profesionales de la salud que la siguen y la acompañaron: les preguntó si estaba bien contar hasta cierto punto, si no rozaba enseñar cosas peligrosas. “No me quise censurar por completo. Si pienso que lo puede agarrar una chica de doce, no puedo escribir de nada”, aclaró.
¿Cómo viviste la devolución de los lectores a través de las redes?
Fue hermoso. Fue muy loco. Yo misma soy esa lectora que interactúa con otros libros. Me generaba mucha curiosidad saber qué pensarían de la historia. Me gusta ver qué momentos, personajes o escenas le quedaron a cada persona, porque en cada persona es un momento diferente, es un personaje diferente, es una escena diferente. Fascinante, hermoso, muy especial.
El libro
Ariana es una joven estrella pop en ascenso. Tiene todo para triunfar: un talento innato, un cuerpo tallado a la medida del mercado y un montón de gente alrededor que le dice lo que tiene que hacer. Pero ni la ropa de diseñador, ni las promesas de un futuro brillante ni el control obsesivo de su peso logran alivianar su dolor. A minutos de firmar un contrato con la discográfica más grande de Estados Unidos y sellar su destino, Ariana decide desaparecer: bloquea a todos y escapa a Buenos Aires, su ciudad natal.
En el intento de armar una nueva vida en la cual encontrarse, lo primero que quiere es un trabajo "de verdad". Y casi como un juego, empieza a trabajar en una funeraria, desinfectando y maquillando cadáveres. Porque ¿hay acaso algo más verdadero que la muerte? Pero entonces, en ese espacio suspendido entre la luz y la sombra, ocurre lo imposible: Teo, su gran amor, muerto trágicamente trece años atrás, vuelve. Y lo que podría ser aterrador, se vuelve excitante.
Porque a veces, para encontrar un lugar propio, es necesario romper algunas reglas, aunque eso pueda destruirte.
Por María Noel Domínguez
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