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Pelota al medio

Nuevo libro de Aldo Mazzucchelli Del Ferrocarril al Tango El estilo del Fútbol

Un libro que parece un ensayo sobre fútbol, pero en realidad es sobre las necesarias correcciones a la mitología nacional.

06.09.2019 13:30

Lectura: 7'

2019-09-06T13:30:00
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 Se abre así la posibilidad de rescatar otra historia acerca de lo que caracterizó tanto a Uruguay como nación en los veinte, como al fútbol uruguayo en esos tiempos.

Sobre el libro


¿Qué inventó el fútbol uruguayo que lo hizo ganador y hegemónico en el mundo durante algunas décadas? ¿Cómo una docena de encumbrados políticos lo fueron incorporando a la identidad nacional de una sociedad de inmigrantes hace cien años, creando una épica que vertebró el imaginario de un país exitoso? ¿Cómo se fue entretejiendo el portentoso desarrollo de la ciudad, el recorrido de los tranvías y las plazas de deportes, con el surgimiento de los clubes de fútbol? ¿Cómo simultáneamente se dio el proceso de democratización de los clubes grandes, acompañando el proceso de la sociedad? ¿Cómo fueron los partidos decisivos de los tres campeonatos mundiales ganados en seis años?

Cuando Uruguay realmente ganaba mundiales de fútbol, era un equipo proponedor, veloz, preciso, gambeteador y de cuidado toque de balón a ras del suelo. ¿Cómo se puede afirmar esto? Es muy fácil. Basta con ir y leer la abrumadora cantidad de testimonios y comentarios imparciales, generados por los especialistas europeos y por la abundante prensa regional. En este libro están las pruebas. Pero una vez que un mito se ha instalado, se vuelve conservador y se traiciona a sí mismo. Así los uruguayos han olvidado que ganaron con excelencia y creen que lo hicieron con «garra charrúa» y, por qué no, con juego sucio. Este libro argumenta que tal reducción de aquel lujoso fútbol, «científico y artístico» a la vez, al mero concepto de «garra», fue una maniobra de revisionismo histórico impulsada en los años 60. Coincidió con la crisis cultural del país, y resultó una simplificación tardía y empobrecedora.

Este parece un ensayo sobre fútbol, pero en realidad versa sobre las necesarias correcciones a la mitología nacional. Muy poco de cierta historia que se ha impuesto queda en pie luego de leer este volumen definitivo. Se abre así la posibilidad de rescatar otra historia acerca de lo que caracterizó tanto a Uruguay como nación en los veinte, como al fútbol uruguayo en los tiempos en que ganó tres de las cuatro estrellas que aún luce en su camisa celeste.


Fragmentos


El sistema imaginario de fútbol del Cono Sur terminó, allá a partir de 1958 y en un largo crepúsculo celeste, por poner al Uruguay «en su sitio»: un pequeño país que, por tamaño y relevancia, no podía ocupar un lugar central en el universo futbolístico. Su decadencia futbolística fue la confirmación, dos o tres décadas tarde, de una idea falsa concebida en los años treinta. Los uruguayos, ya sumidos también en un tiempo de decadencia como sociedad, fueron incapaces de sostener la grandeza futbolística que habían recibido como legado, y la dejaron caer.

Pero en ninguno de esos partidos Uruguay golpeó a los rivales o intentó ganar de otro modo que jugando. A veces, pocas -con Argentina alguna vez, con Italia o Francia algún rato-, tuvo que defenderse como pudo, cuando le apedreaban el rancho. Pero la gran mayoría del tiempo Uruguay tuvo la pelota y estuvo al ataque. Sé que la conciencia futbolística contemporánea considera esto imposible. Considera que afirmar esto es o bien un error, o bien un acto de patriotería. No lo es. Es la estricta descripción del fútbol uruguayo durante su ciclo más virtuoso. Si bien, también es cierto: ya en 1930 se empezó a mezclar la baraja, y para 1935 el argumento argentino, visiblemente falso, de «nosotros jugamos mejor, pero ganan ellos» comenzaba a hacer mella en el propio discurso de la prensa uruguaya. Fue justo al final del ciclo, entonces, que los uruguayos empezaron a contaminarse y a aceptar como propio el discurso ocasional, contingente a sus grandes derrotas, de los argentinos.

Que Uruguay haya decidido dejar atrás su propia invención de fútbol técnico y delicadamente colectivo por largos períodos de su historia no es algo fatal, sino el resultado de influencias externas, poderosas, que siempre han tenido que ver con el fútbol uruguayo. El fútbol uruguayo ha sido siempre algo molesto para los demás, por cuanto da excesiva importancia a Uruguay (un país que ni importa ni es negocio), en el ámbito de los símbolos alrededor del fútbol, tan central en la comunicación global. Antes, por la centralidad de los nacionalismos, que se tomaban muy en serio victoria y derrota; y luego, por la centralidad de los mercados, en los que en victoria y derrota se juegan miles de millones.

El mástil de honor convoca a los uruguayos, la bandera sube mientras suena el himno. El cielo de París, nublado durante el segundo tiempo, deja casualmente aparecer un fuerte sol justo en ese momento, algo que varios cronistas han notado, y que el mismo Jules Rimet recordará en su carta a la dirigencia uruguaya luego de la final de 1930 -pues ese día la misma casualidad, una suerte de nacionalismo meteorológico, ocurrió de nuevo-. Bajo aquel sol repentino la tarde de Colombes es cuando Pedro Arispe sorprendido descubre, según le contó mucho después a El Hachero -que es el memorialista que le pone la letra al asunto-, lo que era y lo que le importaba «la patria». «Para mí la patria era el lugar donde, por casualidad, nací... Era el lugar donde trabajaba y se me explotaba... ¿Para qué precisaba yo una patria? Pero fue allá, en París, donde me di cuenta de cómo la quería, cómo la adoraba, con qué gusto hubiese dado la vida por ella. Fue cuando vi levantar la bandera en el mástil más alto. Despacito, como a impulsos fatigosos. Como si fueran nuestros mismos brazos, vencidos por el esfuerzo, agobiados por la dicha, quienes la levantaron. Despacito... Allá arriba se desplegó, violenta como un latigazo, y su sol nos pareció más amoroso que el de la tarde parisién. Era el sol nuestro...

Cuando se leen las mistificaciones y las mezquindades de rioplatenses, ingleses y otros europeos acerca de las victorias uruguayas, es importante tener presente que ninguna de las naciones fue capaz de dejar su nacionalismo de lado. Fue el nacionalismo y la pequeñez, antes y ahora, lo que ha impedido reconocer la justicia de aquellas tres o cuatro victorias iniciales, cuya virtud se prolongó hasta 1954. En la negativa a ver sus orígenes está la penitencia de seguir dejando solos a los únicos que, con o sin palabras, siempre entendieron, y siguen entendiendo: los jugadores de fútbol uruguayo. Con todos los defectos que se puedan señalar, Uruguay sigue teniendo, en sus jugadores, una cultura futbolística digna de admiración y respeto. A veces uno tiene la sensación, acaso la ilusión, de que cuanto antes periodistas y dirigentes acepten escucharlos un poco mejor y con un poco más de oído, más rápido recabará el fútbol uruguayo lo mejor de su legado.

El autor


ALDO MAZZUCCHELLI nació en Montevideo, 1961. Ha publicado poesía y ensayo. Es PhD por la Universidad de Stanford, Profesor en la Universidad de Brown (2007-2013), actualmente Profesor Grado 5 de la Facultad de Humanidades, Universidad de la República. Su lujosa narración ensayística sobre la figura del poeta Julio Herrera y Reissig, La mejor de las fieras humanas (Taurus, 2010), le valió el Premio Bartolomé Hidalgo. Un aspecto menos conocido del trabajo de Mazzucchelli es su interés, de larga data, en analizar la cultura del fútbol, especialmente en sus dimensiones estéticas. Entre 1994 y 2000 publicó casi un centenar de columnas sobre el tema en la revista Posdata, bajo el seudónimo de David Martino. Aquellas columnas anticipaban muchos de los temas y puntos de vista que aparecen, en forma históricamente rigurosa y en prosa más definitiva, en este volumen.