Por estos días, el mundo ha asistido a un acontecimiento cultural que en algunos foros se ha publicitado como uno de los más relevantes de los últimos tiempos: el estreno de la película La Odisea, adaptación del cineasta Christopher Nolan del extenso poema que escribió —o quizá no— el griego Homero hace cosa de tres mil años.
También por estos días, y con mucha menos fanfarria que la peli en cuestión, se produjo otro acontecimiento cultural que poco tendría que envidiarle al primero, y que, al igual que aquel, aúna poemas y cine.
Se trata del libro Ochenta sonetos sobre películas de los años ochenta, un descriptivo y elocuente título que no permite al lector tener dudas sobre el contenido de la obra.
El autor del volumen es Ignacio Alcuri, un personaje conocido por su labor como comunicador cultural y muy especialmente por sus relatos de humor. Ahora, y siguiendo el camino inverso al de tantos otros escritores, parece dispuesto a pasar de la narrativa a la poesía, al menos por un ratito.
En diálogo con Montevideo Portal, el escritor aclara que —para alivio de sus fans y desazón de sus detractores— no tiene pensado alejarse del mundo del relato breve de humor, pero eso no le impide abrevar en otras aguas.
“Tengo cuatro libros de cuentos cortos de humor que me están esperando, pero mientras tanto fui experimentando, buscando desafíos artísticos, literarios”, explica. Ese talante lo llevó a incursionar en géneros y formatos que no había frecuentado, como la crónica y el reportaje coral que hizo acerca del disco Cinco estrellas, de la banda Astroboy o el libro infantil El olvido de la reina.
“Los ochenta tienen una cosa icónica, sigue siendo como una década dorada o al menos una a la que se le pueden encontrar ciertas características, es como preguntar ‘definime los ochenta’ y te dicen neón, calzas, colores chillones. En cambio, los noventa no son tan fáciles, es como que no se habla tanto. Y que yo haya nacido en 1980 tiene que ver con eso”, considera.
Para Alcuri, en la década que lo vio nacer “está toda la época dorada del cine de acción, de Schwarzenegger, Stallone, Duro de matar, Robocop, grandes películas. Había muchísimo para elegir, la magia caía por todos lados”, refiere.
En cuanto a los filmes escogidos para el libro “hay obras maestras y otras que son, entre comillas, muy baratas, muy simples, pero que también pueden tener su costado entrañable, aunque no sean buenas películas”, cuenta.
Además, todas ellas comparten la característica de ser famosas o al menos medianamente conocidas. Por lo menos para los ochenteros.
“Creo que no hay [en el libro] películas desconocidas, por lo menos para el promedio de gente de mi edad”, explica el autor, y pone un ejemplo de los filmes clase B incluidos en su obra.
“Está Mi amigo Mac, que era una copia truchísima de E.T., y de repente hay gente de las nuevas generaciones que no la conoce, pero los de mi generación la teníamos como ‘la película que está después de E.T.’, veías E.T. y después ibas al videoclub y sacabas la copia barata, que era una cosa horripilante”, ríe.
Más allá de esa especie de imitación de Spielberg, Alcuri asegura que no se decantó por rarezas cinematográficas ignotas.
“Insisto en que son entrañables. La mayoría son icónicas, pero ninguna de ellas es demasiado oscura. Quería que fueran una muestra representativa de lo que fue quedando, de esa memoria colectiva de la década”, asevera.
Dibuje, maestro
Otra característica que diferencia a Ochenta sonetos… del resto de la obra de Alcuri es su gráfica artística: cada poema va acompañado del afiche de la película que describe, pero en versión dibujada por el autor. Se trata de ilustraciones tortuosamente artesanales, y quizá en ello reside su encanto.
“A mí no me gusta cómo dibujo, claramente odio cómo dibujo o no me gusta mi estilo, si es que pude incluso tener un estilo”, asegura el escritor.
Entonces, ¿por qué no gastar unos pesitos en un dibujante o apelar directamente a la inteligencia artificial?
“Me imaginé un libro entero de sonetos y que iba a faltar algo, entonces sabía que podía estar la fichita de la película, el nombre en inglés, los actores, algo que, de hecho, al final está. Y cuando veo lo del póster, estoy casi seguro de que la línea de pensamiento fue: ‘El póster no lo puedo poner por un tema de derechos. ¿Qué tal si yo lo dibujo?’”, recuerda.
“Ni siquiera es mi estilo, porque no es una versión paródica del póster, era simplemente poner una tablet con la foto y copiar al lado como quien sigue una grilla”, describe.
“Cuando vi el resultado dije, entre comillas o sin tantas comillas: ‘Esto es feo, pero es humano’, entonces lo defendí a muerte, cuando en realidad ni yo me defiendo tanto”, añade.
En esa labor de dibujar a tinta, el reto más duro fue el autorretrato para la solapa del libro. “Creo que fue lo que hice más veces, que fueron tres. En realidad, tuve que copiar una foto mía y bueno, ahí la comparación era terriblemente odiosa”, bromea. En cuanto al reto de los dibujos, la gran mayoría quedaron al primer intento, aunque el resultado no fuera precisamente digno de un Durero.
“Un Bruce Willis que quedó medio chungo no va a venir —y ahora menos— a decirme que no se parece”, ironiza.
No me cuentes el final
¿Puede un soneto acerca de una película ser una refinada forma de spoiler?
Para Alcuri, la pregunta es interesante, pero en su caso no habría riesgo debido a la antigüedad de los filmes abordados
“Después de 25 años, no podemos pensar en spoiler”, afirma. Por otra parte, entiende que los sonetos pueden ejercer el efecto contrario al del destripe: generar curiosidad por la película.
“Algunos finales dentro de los sonetos pueden ser más “spoileríficos” que otros, pero hay un montón de gente que no había nacido cuando salieron estas películas y creo que pueden quedarse como con ganas de verlas. Creo que es una linda puerta de entrada”, sostiene.