En un mundo donde las pantallas dejaron de ser una herramienta para convertirse en un entorno, las habilidades digitales ya no son opcionales. En su nuevo libro, Lorena Estefanell propone una mirada que corre el foco de los niños y adolescentes para colocarlo, incómodamente, en los adultos.

El punto de partida es claro: no se trata solo de enseñar a usar tecnología, sino de aprender a convivir con ella. Y en ese proceso, advierte, hay una sensación extendida de desorientación: familias que no saben cómo acompañar, que dudan, que sienten que perdieron herramientas frente a un fenómeno que avanza más rápido que cualquier manual de crianza.

Lejos de caer en discursos alarmistas o en soluciones simplistas, el libro funciona como una hoja de ruta. No ofrece recetas cerradas, pero sí criterios para pensar decisiones cotidianas: cuándo introducir un dispositivo, cómo regular su uso y, sobre todo, cómo sostener el rol adulto en un escenario atravesado por algoritmos, estímulos constantes y consumo permanente.

El libro parte de una idea fuerte: que no estamos sabiendo cómo acompañar. ¿Qué significa eso?

Significa que no solo no sabemos cómo acompañar, sino que las dificultades que tienen los niños también las tenemos nosotros. Yo escribí este libro pensando en familias que acompañan a niños y adolescentes, pero en realidad leer ese libro es entender cómo la tecnología nos desafía a todos.

En ese sentido, hay algo estructural: las plataformas no están diseñadas para que las personas construyan bienestar ni felicidad, sino que responden a otros objetivos. Eso no quiere decir que no sirvan, pero sí que nos ayudan y, a la vez, nos ponen en riesgo.

La tecnología la estamos usando bien cuando al usarla nuestras oportunidades mejoran y nuestros riesgos disminuyen.

Muchas veces el debate se queda en si la tecnología es buena o mala…

Exacto, y ahí nos perdemos. Esa conversación es linda, es filosófica, hay que tenerla, pero no resuelve nada en la práctica. Porque mientras discutimos eso, hay un niño con la cabeza metida en el teléfono todo el día. Entonces el planteo es otro: desde el momento en que estamos frente a esta nueva realidad, tenemos que hacerla funcionar. No alcanza con esperar que todo se acomode solo.

Planteás que el mundo digital no está preparado para los niños…

Claro. No es un mundo que los cuide ni que los proteja. En el mundo real, tenemos un montón de mecanismos: horarios de protección, espacios regulados, límites. En el mundo virtual no, y estamos muy lejos de eso todavía. Por eso, no alcanza con prohibir o habilitar: hay que acompañar activamente.

En ese punto aparece la pregunta clave: ¿cuándo introducir la tecnología?

No hay una edad mágica, hay una lógica. La tecnología la estamos usando bien cuando al usarla nuestras oportunidades mejoran y nuestros riesgos disminuyen. Por ejemplo, un niño de ocho años con celular. Uno mira ese uso y no está pasando nada muy genial, pero sí aparecen riesgos: irritabilidad, pérdida de atención, desplazamiento del juego real. Ahí no está generando oportunidades y está aumentando muchísimo los riesgos.

El problema no es el niño aburrido, sino el adulto que no soporta ese momento

¿Y qué pasa en la primera infancia?

Ahí es donde el planteo es más claro: cuanto más chico es el niño, más riesgos tiene la tecnología y menos oportunidades da. Pero, además, hay algo más profundo: cuando el niño está en el mundo virtual, no está en el mundo real, y el cerebro necesita esa realidad para desarrollarse. Si está en la playa con el teléfono, hay funciones que no se están desarrollando, y eso después tiene consecuencias.

También cuestionás prácticas que ya están naturalizadas…

Sí, porque hemos perdido el pudor. Antes, el uso de pantallas en niños muy chicos era algo más privado. Hoy es completamente visible: los ves en el cochecito, en el supermercado con el celular. Eso refleja algo más profundo: una dificultad creciente de los adultos para sostener la situación sin recurrir a la tecnología.

Ahí aparece un eje central del libro: el rol del adulto.

Totalmente. Porque la tecnología no la compró el niño: la introdujo un adulto. Y, muchas veces, ese adulto no se siente capaz, no tiene estrategias, siente que no puede. Entonces cede. Y cuando eso pasa, el niño empieza a ocupar lugares que debería liderar el adulto.

El libro

¿Cómo criamos en un mundo donde las pantallas nunca se apagan?

¿Cómo acompañamos a nuestros niños y adolescentes cuando lo digital deja de ser un accesorio y pasa a ser parte central de su vida cotidiana?

En Habilidades digitales, Lorena Estefanell ofrece una mirada lúcida, honesta y profundamente humana sobre uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo: educar para la vida real que hoy también sucede en entornos virtuales. Con una claridad inusual en un tema saturado de alarmas, titulares extremos y consejos contradictorios, la autora ofrece un libro que baja el ruido y devuelve lo esencial: la confianza en el rol de las familias y centros educativos y la convicción de que es posible acompañar sin miedo, sin ingenuidad y sin renunciar al sentido común.

A partir de evidencia actual, investigaciones internacionales y la experiencia concreta de niños, adolescentes y adultos en Uruguay, Estefanell revela tanto las oportunidades como los riesgos del territorio digital: la exposición temprana, el uso desmedido, el impacto emocional, la comparación social, el acoso, la pérdida de contextos reales y la dificultad de pedir ayuda. Pero también muestra el otro lado, ese del que pocas veces se habla: el poder de la tecnología cuando es guiada, acompañada y convertida en una herramienta para aprender, crear, vincularse y crecer.

Con una escritura accesible, directa y llena de ejemplos cotidianos conversaciones familiares, escenas escolares, tensiones habituales, preguntas que todos los adultos nos hacemos la autora propone un enfoque práctico basado en habilidades digitales, ciudadanía, regulación emocional, pensamiento crítico, convivencia y bienestar. No se trata de controlar ni de prohibir: se trata de educar.

Este libro es, en el fondo, un recordatorio de algo que a veces olvidamos: ninguna aplicación, algoritmo o filtro reemplaza el poder de una familia presente. Habilidades digitales devuelve a madres, padres y referentes un lugar de autoridad serena, posible y necesaria. Un libro para leer, conversar y volver a abrir cada vez que la crianza nos desconcierte o cada vez que la pantalla nos gane una batalla.

Un faro para tiempos vertiginosos. Una guía para criar con criterio en la era digital.Editorial: