En tiempos en que el arte japonés del plegado de papel aún no era popular en Occidente, una carta proveniente de Estados Unidos llegó a manos de una bibliotecaria de Buenos Aires y desencadenó la historia de quien sería una artista pionera en el origami a nivel global.

Ligia Montoya, hija de españoles, nació en Buenos Aires en 1920 y vivió en Laborde (Argentina) hasta que, por el impacto de la Gran Depresión en 1929, sus padres decidieron regresar a España, donde durante las vacaciones su primo le enseñó a hacer sus primeras figuras de papel.

Así lo cuenta Laura Sofi en su libro "El ángel del origami", publicado en 2016 y cuya lectura digital decidió liberar en tiempos de pandemia para mantener vivo el interés en este arte desde el centro que creó y dirige, el Museo del Origami en Colonia, primero en América y el segundo en Occidente tras el Escuela-Museo de Origami de Zaragoza (EMOZ).

Como destaca la autora en entrevista con Efe, Montoya formó parte del selecto grupo de personas que a mediados del siglo XX empezó a pensar en el plegado de papel como algo que trascendía la simple manualidad.

"El papel como una hoja de papel plana tiene infinitas posibilidades y no se estaba explotando eso; entonces con una mentalidad artística y conocimiento matemático esta gente empezó a buscarle otras formas de representación, figurativas o no figurativas", señala Sofi.

MANOS DE ÁNGEL

Sofi (Rozenberg de soltera), que escribió el libro a raíz de una investigación de la que se sirve para construir un relato detallado de la historia de la artista, destaca que si bien Montoya no era la única del grupo en Argentina, fue la que tuvo más originalidad en sus trabajos.

"Ella tenía esa característica que todo el mundo le admiraba muchísimo; por eso la llamaban el ángel, porque tenía ese ángel en sus manos de hacer unas cosas que a veces eran casi imposibles de repetir por esa delicadeza que le ponía a los trabajos", resalta.

A eso agrega que si bien sus figuras no eran las más complicadas que se hacían entonces muchas veces lo más simple es lo que da más trabajo y, como tenía "un don en sus manos", Montoya destacaba.

Según la directora del museo uruguayo, a su vez, la personalidad de Montoya era muy particular.

Así como de niña prefería las tareas del hogar a jugar con otros niños, Montoya, que regresó a Buenos Aires en 1937 tras estallar la Guerra Civil Española (1936-1939) y estudió letras para convertirse en bibliotecaria, evitaba el contacto físico con otros.

Como otra curiosidad, la autora destaca que la argentina elegía disfrutar sus veranos en Piriápolis, donde pasaba largas temporadas.

"Lamentablemente no tenemos fotos o referencia de lo que hacía pero uno se la puede imaginar que así como estaba todo el día encerrada en su cuarto en Buenos Aires plegando y mandando cartas lo hacía también desde acá", estima Sofi.

UN SALTO CUÁNTICO

Hacia 1951 Montoya trabajaba como bibliotecaria en una universidad de Buenos Aires cuando recibió una carta muy particular.

La misiva era de Gershon Legman, un estadounidense que quería saber sobre la papiroflexia en Suramérica y la bibliografía que allí había; Montoya le respondió a petición de su jefe y comenzó su correspondencia con varios referentes mundiales del origami.

Como explica Sofi, entonces el origami contaba con bastantes seguidores, además de en Japón, en Argentina y España, donde se promovía el plegado para niños bajo el "método froebeliano", del pedagogo alemán Friedrich Fröbel.

"La gente que escribía cartas en esa época se refería a Argentina como el lugar donde se hacía más plegado de papel y eso es muy interesante, hay como una llamita que siempre quedó de que se hacía en esta zona", puntualiza.

En España el filósofo Miguel de Unamuno era un gran aficionado a la papiroflexia y, según explica el pintor uruguayo Joaquín Torres García en su autobiografía "Historia de mi vida", el intelectual le enseñó a hacer "pajaritas de papel" en aquel país.

Si bien la "llamita" en el Río de la Plata se mantuvo, para Sofi en los años 50 hubo un gran "salto cuántico" que, de la mano de maestros como Akira Yoshizawa o Lillian Oppenheimer, catapultó el plegado y marcó un antes y un después en su historia.

JUEGO Y ARTE JAPONÉS

El origen del doblado de papel, conocido hoy como origami, del japonés ori/doblar y kami/papel, no es certero.

Se cree que en el período Heian (794-1185) en Japón, a donde el papel llegó desde China en el siglo V para convertirse en un elemento esencial utilizado hasta en puertas y ventanas, ya se practicaban plegados en rituales.

Según documenta la enciclopedia Kodansha, el uso más antiguo de un origami se asocia a las "Gohei", unas varitas de madera utilizadas en los rituales que se decoran con dos serpentinas de papel doblado en zig-zag.

Según Sofi hay indicios, sin embargo, de que en América los mayas hacían libros plegados con hojas del árbol Amatl que datan del período precolombino. "Eso es plegado del papel también", acota.

Por otro lado, la diplomática de la Embajada de Japón en Uruguay Keika Furukawa explica a Efe que para los japoneses el origami ha sido siempre "un juego" que se aprende en la niñez, cuando lo enseñan los padres o los maestros, pero que ha evolucionado y es considerado cada vez más como arte.

"Hay algunos origamis que conocemos casi todos los japoneses, algunos muy simples como pájaros o flores se conocen mucho pero últimamente también hay gente que inventa nuevos tipos de formas y publica libros", resalta.

EL MUSEO

La idea de crear un museo de origami surgió, dice Sofi, que practica esta especialidad desde niña, tras ver un documental sobre el tema y, al sentir la "necesidad" de exponer su colección, pensó en la turística ciudad de Colonia del Sacramento.

Tras un largo proceso de diez años de ahorro y búsqueda de piezas, en enero de 2020 abrió las puertas de su museo, que, junto al EMOZ, fundado en 2015, y el Museo de Origami de Tokio, creado por la Asociación de Origami de Japón en 2010, es uno de los pocos dedicados al plegado en el mundo.

Pese a que la pandemia interrumpió sus actividades, Sofi decidió poner a disposición su libro y actualmente desarrolla cursos virtuales porque, puntualiza, en tiempos de COVID-19 el origami es ideal.

"Estando en casa es de esas cosas que cuando uno dice: ¿qué hago si estoy en la mesa sentado? Es una actividad. Además baja el estrés, es apropiada para esta época", concluye.

EFE