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Por The New York Times

Las chicas materiales del pop, ricas de influencia

Gran parte de las consecuencias que rodearon el lanzamiento del álbum “Renaissance” de Beyoncé se redujeron a cuestiones de reconocimiento.

14.08.2022 15:37

Lectura: 6'

2022-08-14T15:37:00-03:00
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Por The New York Times | Jon Caramanica

Gran parte de las primeras consecuencias que rodearon el lanzamiento del álbum “Renaissance” de Beyoncé —en el sentido de que pueda haber verdaderas consecuencias de un lanzamiento militarmente preciso que se mueve con sigilo y cuenta con ejércitos de escritores, productores, comercializadores, abogados y expertos en redes sociales— se redujeron a cuestiones de reconocimiento y mérito. Se trata de preocupaciones que, en esencia, son legales, pero que en realidad son más filosóficas y morales. Reconocer una fuente de inspiración, directa o indirecta, es una práctica comercial correcta, pero también, en la era de la hiperresponsabilidad centrada en internet, algo parecido a defenderte con un ataque.

Eso es quizás inusualmente cierto en lo que respecta a “Renaissance”, un álbum meticuloso, una rica y reflexiva exploración e interpretación de las últimas décadas en la música de baile estadounidense, en particular sus raíces negras y queer, pasando por la música disco, el house, el ballroom y más. Los créditos y la lista de colaboradores son escrupulosos: Beyoncé trabajó con productores y escritores de esos mundos y utilizó muestras de temas fundacionales de esos entornos.

Sin embargo, aun así hubo peleas, o anomalías, al llegar el álbum. En primer lugar, los créditos de composición de su primer single, “Break My Soul”, que inicialmente incluían a los escritores del clásico de la música club de Robin S. “Show Me Love”, fueron eliminados, para luego incluirlos nuevamente. (Los créditos, sin embargo, no reconocen a StoneBridge, el remezclador que popularizó la canción original).

Días antes del lanzamiento del álbum, los créditos completos circularon por internet, sugiriendo que la canción “Energy” había interpolado una canción de Kelis que fue producida por The Neptunes (Pharrell Williams y Chad Hugo). Kelis, la innovadora del alt-soul de principios de la década de 2000, publicó una serie de videos en Instagram en los que expresaba su frustración porque no le avisaron del préstamo, a pesar de no ser la titular de los derechos de publicación. (Kelis no figuraba como escritora o productora en la mayoría de los primeros álbumes que hizo con The Neptunes, debido a un acuerdo que firmó con el dúo cuando “era demasiado joven y demasiado tonta para comprobarlo”, comentó a The Guardian). Eso abrió conversaciones sobre el conflicto entre obligaciones legales y espirituales, y la posible doble cara de Williams. Sin hacer comentarios, Beyoncé actualizó la canción, y eliminó aparentemente parte de la interpolación de “Milkshake” de Kelis.

Cuando ese tipo de insatisfacciones saltan a la opinión pública (o, en el peor de los casos, a los tribunales), a menudo el tema es el dinero, pero el subtexto es el poder. Y ha sido notable que incluso Beyoncé, normalmente irreprochable, no haya podido pasearse con seguridad por el internet moderno sin incidentes.

Las conversaciones sobre quién tiene derecho a pedir prestado a quién —y si es aceptable— se intensifican cuando la persona que pide prestado se encuentra entre las figuras más poderosas de la música pop. Pero en “Renaissance”, Beyoncé utiliza sus préstamos de forma muy inteligente, colaborando con la DJ y productora de música house Honey Dijon, al tomar muestras del trabajo del influyente drag queen y músico Kevin Aviance, lo que supone una gran plataforma para los artistas que suelen quedar relegados a los márgenes. Días después de la llegada oficial de “Renaissance”, Beyoncé lanzó una serie de remezclas de su sencillo, sobre todo “Break My Soul (The Queens Remix)”, que mezclaba su tema con “Vogue”, la canción de Madonna. Esa canción de 1990, por supuesto, representó una temprana integración de la cultura club queer de Nueva York. Pero Beyoncé aportó una nueva política cultural a esta versión, convirtiendo la lista de ídolos blancos de la pantalla de plata de Madonna en un catálogo de mujeres negras cruciales: Aaliyah, Sister Rosetta Tharpe, Santigold, Bessie Smith, Nina Simone y otras. (La idea de la remezcla parece haberse originado en un DJ llamado frooty treblez en TikTok, que recibió un crédito de producción misceláneo).

El remix es eléctrico, tanto desde el punto de vista filosófico como musical: muestra una clara continuidad de las formas en que las estrellas del pop son consumidores voraces, y se les ha concedido cierta latitud cuando sus préstamos se perciben como respetuosos. (Naturalmente, tanto Beyoncé como Madonna han recibido algunas críticas de los especialistas queer que consideran a los trabajos de estas como apropiaciones).

Sin embargo, tres décadas después de “Vogue”, Madonna sigue demostrando su profundo compromiso con la cultura queer. Hace poco lanzó “Material Gworrllllll!”, una colaboración con el rapero Saucy Santana que remezcla su propia canción, “Material Girl” (llamada así, naturalmente, por su éxito de 1984). Es una mezcla un poco desordenada, la voz de Madonna suena como si la hubieran pasado por una especie de filtro vocal hiperpop, y sus segmentos de la canción parecen más aspirados que los de él. Es alegre, pero carece de estilo.

Saucy Santana, un rapero gay que alcanzó la fama en la telerrealidad tras trabajar como maquillador para el dúo de hip-hop City Girls, comenzó a volverse viral en TikTok hace un par de años. De sus fragmentos de canciones que ganaron tracción en la red, “Material Girl” fue la más vívida, una oda al lujo transaccional tan cruda como la original de Madonna.

Sin embargo, el guiño del título fue su táctica más eficaz, una forma de relacionar su desparpajo con el de Madonna. Esta estrategia se extendió a “Booty”, su sencillo más reciente, que se basa en el mismo fragmento de corno francés extático que la canción de Beyoncé, “Crazy in Love”. Incluso en un año en el que innumerables estrellas del pop han saqueado el pasado en busca de muestras de canciones obvias, esta fue una maniobra especialmente audaz. Sobre todo, teniendo en cuenta que el préstamo no es, de hecho, de “Crazy in Love”, sino de “Are You My Woman? (Tell Me So)” de los Chi-Lites, canción de la que “Crazy in Love” toma una muestra.

Aquí, de nuevo, el vínculo con el pasado es un juego de manos. Para los no iniciados, “Booty” suena como una firma oficial de la propia Beyoncé. Para los más avispados, podría parecer que la aprobación de Beyoncé era implícita, el resultado de un acuerdo entre bastidores. O tal vez Saucy Santana simplemente la superó con audacia.

Sea como fuere, esos préstamos señalan a Saucy Santana como una estrella del pop que entiende que la fama es un pastiche. Está construyendo un personaje a partir de partes que están ahí para tomarse, arriesgándose a pedir perdón en lugar de preocuparse por pedir permiso. O, en pocas palabras, haciendo exactamente lo mismo que hicieron las divas que lo precedieron. El rapero Saucy Santana se presenta en la fiesta del orgullo Monster en Nueva York, el 1.° de junio de 2022. (Rebecca Smeyne/The New York Times).