Por Clemente Calvo
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“Cerrense viajero”. Así se presenta Carlos González en sus redes sociales, en las cuales comparte videos de las aventuras que vive en la ruta. “Siempre me gustó mucho manejar”, cuenta el jubilado de 66 años a Montevideo Portal, con el entusiasmo de alguien que está a punto de cumplir un sueño largamente esperado.
En pocos días, Carlos emprenderá un viaje que lo llevará a recorrer más de 22.000 kilómetros en su Honda 125, hasta llegar a Alaska. En el camino, atravesará 14 países: Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México, Estados Unidos (EE. UU.) y Canadá.
Los aviones no le gustan, les tiene terror. “La única vez que viajé a Europa, fui a España y a Portugal con mi señora y me decía que iba a entrar en pánico”, recuerda con una risa pícara. Lo suyo es la tierra firme.
Ya sea en moto o en auto, prefiere recorrer kilómetros de ruta: contemplar el paisaje, conocer gente de distintos lugares y sumergirse en la cultura y los atractivos de cada país. Esa forma de viajar se transformó en su propósito de vida a los 60 años, después de jubilarse. “Yo me siento muy seguro en la ruta”, confiesa. “Mis viajes son siempre por carretera y los disfruto muchísimo”.
Carlos estudió mecánica automotriz en la UTU y durante 12 años trabajó en UTE, en el área de ajuste de motores. A los 32 años decidió dar un giro: realizó un curso de enfermería y comenzó a trabajar en Casa de Galicia, donde permaneció cerca de un año. Luego regresó a UTE, aunque esta vez al sector de medicina laboral, puesto en el que estuvo otros cuatro años. “Después decidí dejar los trabajos y tener un pequeño tallercito por mi cuenta, para hacer changas de mecánica”, narra. Allí continuó trabajando hasta el día de su jubilación.
En 2020, en plena pandemia, a Carlos lo desvelaba la idea de comprarse una moto. Casi como si fuera cosa del destino, se topó con una promoción difícil de dejar pasar: una tienda de motocicletas ofrecía una Honda 125 a un precio tentador. No lo pensó dos veces.
Aunque ya estaba habituado a emprender viajes de larga distancia —hace 12 años, por ejemplo, recorrió más de 4.000 kilómetros hasta Fortaleza, en un Chevy de los ochenta, para ver a Uruguay enfrentar a Costa Rica por la Copa del Mundo de Brasil—, con su propio birrodado las travesías comenzaron a volverse más comunes.
En búsqueda de aventuras
A pesar de no tener una alta cilindrada, la Honda se convirtió en su fiel compañera y lo llevó en recorridos por casi todos los países del Cono Sur. Hace un año, por ejemplo, para celebrar su cumpleaños número 65, viajó hasta el municipio de Tôrres, en el estado brasileño de Rio Grande do Sul. Para ese entonces, sin embargo, la idea de conquistar Alaska ya llevaba mucho tiempo instalada en su cabeza. Curiosamente, esa meta empezó a gestarse en el punto más austral del continente.
El 6 de noviembre de 2022, Carlos emprendió un viaje rumbo a Ushuaia. Durante 32 días recorrió unos 12.000 kilómetros, con paradas en lugares como El Calafate, Puerto Montt y Tierra del Fuego —el famoso “fin del mundo”—, González llegó a su casa el 8 de diciembre con su próxima misión. “Cuando llegué a mi barrio Villa del Cerro, al otro día ya estaba pensando en Alaska. Pasé atomizando a mi esposa y a mi hijo mirando videos y hablando sobre el tema”, confiesa. La razón, explica, es simple: “Ya fui y vine hacia el sur, hasta el fin del mundo, y ahora quiero ir hacia el otro lado donde termina el continente”.
A pesar de tener clara su meta, el itinerario sigue siendo incierto. No sabe dónde dormirá cada noche ni de dónde saldrá la próxima comida. “Yo apuesto siempre a la aventura, no a estar tan programado, pensando voy a tal lado, tal otro”, indica con soltura. “La gente me dice: ‘¡Estás loco! Te van a matar por allá, por México, mira cómo está’, pero la gente misma me va haciendo el viaje”, agrega, en referencia a los otros viajeros que va conociendo a lo largo de la ruta.
Precisamente, Carlos ya cuenta con la invitación de varios motoviajeros para hospedarse en sus casas y reencontrarse en el camino. “Por ejemplo, en el trayecto a Ushuaia viajé con un profesor de la Universidad de Oregon. Después me contacté con él y me dice: ‘Si venís por acá, tenés mi casa para quedarte’”, relata con entusiasmo.
Otro de esos contactos surgió con unos hermanos colombianos con los que coincidió en Argentina. La forma en que se conocieron, cuenta, resume a la perfección la solidaridad y el compañerismo que suelen darse entre motoviajeros.
“Estaban parados afuera de un hotel y veo que la chapa era de Colombia. Yo, de atrevido, me acerqué y les dije: ‘¿Están buscando un hotel? Alquilamos juntos y nos sale más barato’”, narra con una risa pícara. Los dos parceros se miraron por un segundo mientras analizaban la propuesta. Finalmente, aceptaron.
Por un segundo, a Carlos le recorrió un frío por el cuerpo cuando, ya dentro de la cabaña, los dos colombianos sacaron un cuchillo “como el de Rambo” y lo dejaron sobre la mesa. “Los miré y les dije de atrevido: ¿Ese cuchillo para qué es? ¿Para asustarme a mí?”, recuerda. “No, don Carlos. Nosotros lo usamos para todo”, le respondieron. Aquella noche, el cerrense decidió ser precavido y ocultar los US$ 2.000 que cargaba “cerca de donde lo escondía Papillón —en alusión al personaje de la novela francesa de mismo nombre— , porque tenía que dormir con dos personas que recién había conocido”. Luego de unos kilómetros, la desconfianza se transformó en amistad. “Ahora me dicen: ‘Hermanito, ¿cuándo te venís por Colombia para visitarnos?’”.
Hoja de ruta
En un principio, Carlos intentará llegar lo más rápido posible a Alaska para, a la vuelta, tomarse el tiempo para detenerse en distintos destinos que le despiertan interés. “Estar en Canadá y no ir a las cataratas del Niágara no tiene sentido”, menciona a modo de ejemplo. “Me gustaría también Nueva York”. Y, aprovechando que es año de Mundial, tampoco descarta sumarse al evento. “No sé si podré conseguir entradas, pero por lo menos para estar ahí en la fiesta, en todo lo que se genera alrededor del Mundial”, relata, recordando aquella experiencia de 2014.
Su idea, en primera instancia, es ir hasta Córdoba y desde allí tomar la carretera Panamericana, la red vial más larga del mundo, con 30.000 kilómetros que conectan Alaska con Tierra del Fuego.
En el camino, tendrá que cruzar la selva del Darién, ubicada en la frontera entre Colombia y Panamá, el único punto del continente donde la carretera se interrumpe. La región representa una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo, donde además de la densa jungla tropical compuesta por montañas, ríos caudalosos y animales salvajes, los migrantes se enfrentan a la violencia sexual y la extorsión de grupos criminales. “Aunque el avión es más rápido, para mí, que voy con un presupuesto bastante chico, me conviene hacerlo en barco”, comenta Carlos. El pasaje aéreo ronda los U$S 1.500, mientras que el transporte marítimo cuesta cerca de US$ 650.
Como si algo faltara para darle un toque pintoresco a la travesía, el viaje también tiene un límite de tiempo: “Tengo un problema, porque yo tengo la libreta de conducir que se me vence el 7 de octubre”, confiesa Carlos. Intentó renovarla, pero desde la Intendencia de Montevideo (IM) le dijeron que era imposible tramitarla con tanta anticipación. Aun así, lejos de que el miedo lo paralice, lo asume como un desafío más. Posponer el viaje significaría perderse la fiesta del mundial, y eso no es una opción.
Cada paso que dé, Carlos lo difundirá a través de sus redes sociales, las cuales son muy importantes para él y su propósito. “Quiero mostrar los distintos lugares, los paisajes y sobre todo las personas. Que hay gente como uno: un obrero que vive, lucha, sueña. Y sobre todo que hay gente buena en todos lados. Mi idea, siempre, es dejar huellas positivas”.
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