En su nueva columna, el entrenador canino Andrés Peirano -cuya cautivante historia podés conocer aquí- narra la historia de Ícaro, un perro al que tempranos malos tratos habían vuelto agresivo, y el largo camino para hacerlo recuperar la confianza en los humanos.


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Melancolía y sentimientos encontrados en torno a un perro que me acompañó durante cuatro años, pero con el mejor final que podría haber imaginado.

Ícaro no comenzó su vida de la mejor manera, maltratado y golpeado constantemente fue como conoció al ser humano durante su primer año de vida hasta que una familia de Solymar decidió darle cobijo. Pero así como su tamaño crecía su agresividad también, y con un bebe en camino recurrieron a Leticia Rodríguez, reconocida rescatista independiente de la zona. El 4 de agosto de 2017 Leticia hacia un pedido de ayuda en las redes, que me llevó a cruzar mi camino con el de Ícaro.

Respondí, estudié el caso y luego de evaluarlo bien, teniendo en cuenta que había un bebe en camino, decidí quedármelo para afrontar una de las más difíciles modificaciones de conducta que he realizado.

La propia Leticia o personas que lo conocieron en su peor momento, como Cecilia Isasa, integrante de la comisión directiva de la asociación protectora de animales El Refugio, lo describen como impredecible, agresivo y peligroso especialmente con humanos.

Fueron años de dedicación y trabajo en positivo para lograr que Ícaro volviera a confiar en el ser humano, el trabajo de obediencia fue fundamental para ponerle un freno y ordenarlo.

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Gracias a la dedicación y a no renunciar al objetivo de rehabilitar a Ícaro se logró que se convirtiera en un perro cariñoso, sensible y con mucho amor para dar, como se ve en las imágenes.

Hoy, a casi cuatro años de ese pedido desesperado de ayuda, este perro logró formar un vínculo con una persona que prefirió permanecer anónima y que reúne todas las condiciones para realizar una adopción responsable.

Para mí es momento de soltar, de dejar que siga su camino hacia una vida todavía más feliz. Se me llena de melancolía el corazón, pero tanto Ícaro como yo sabemos que no es un adiós sino un simple hasta luego.

Muchos años juntos, muchos desafíos superados, acompañándonos en los buenos y en los malos momentos hicieron de está una historia muy especial. Y como el mismo Ícaro me enseño, cuando todo está perdido siempre queda algo más que puedes hacer para salir adelante.

Las imágenes hablan por sí solas.






Andrés Peirano

apeiranok9h@gmail.com

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