Guillermo Martínez: “No es lo mismo dar la vida por la revolución que quitar una vida”
El escritor y matemático habla de su nueva novela, el libre albedrío y la militancia. Una trama que dialoga con Sartre, Libet y el ajedrez.
Por María Noel Domínguez
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Guillermo Martínez es matemático y escritor, dos oficios que en apariencia habitan universos separados y que en su caso conviven sin fricciones. Su nueva novela, Un crimen dialéctico, fue presentada como un policial filosófico, y esa definición alcanza para despertar el interés de cualquier lector que sospeche que el género puede ser algo más que la pesquisa de un detective. En diálogo con Montevideo Portal, Martínez habló del libro, del libre albedrío, de su padre militante del Partido Comunista y de cómo las matemáticas le enseñaron a escribir con economía y precisión.
La pregunta filosófica que vertebra la novela es una sola, pero tiene ramificaciones infinitas: ¿existe realmente el libre albedrío? ¿Puede una persona convertirse en la cadena causal que origine los actos de otra? Para construir ese dilema, Martínez recurrió a los experimentos de Libet, provenientes de la neurociencia, que ponen en cuestión si realmente decidimos y elegimos en cada instancia de la vida. “Me interesa la parte del género policial que dialoga con la filosofía: la noción de verdad, lo que es demostrable”, explica.
El plan del demiurgo
El narrador de Un crimen dialéctico es militante. Su libre albedrío está condicionado por mandatos ideológicos y todo su plan apunta a ser como un demiurgo de una cadena causal que, en el eslabón final, logre que otro apriete el gatillo sin que él tenga que mancharse las manos. “Le sale casi bien, podemos decir”, dice Martínez con ironía.
Hacia la mitad del libro, el narrador comprende que para que su plan funcione debe convertir a los personajes que acaba de conocer en lo contrario de lo que son: manipularlos, llevarlos a un extremo que los niegue. De ahí viene el título. “Se llama Un crimen dialéctico porque implica convertir a los personajes en sus opuestos”, explica el autor. En general, señala, uno construye personajes con cierta unidad no del todo contradictoria. Este narrador necesita romper eso.
La novela es más cercana a Patricia Highsmith que al policial de enigma clásico: el drama se desarrolla en la mente del criminal. El suspenso no está en quién lo hizo, sino en saber si el personaje llegará hasta el final y cuál es su plan real. La imagen del tablero de ajedrez recorre el libro como metáfora de la vida: un tablero movedizo, con piezas que aparecen y desaparecen, jugadas forzadas, ventanas de oportunidad que se cierran pronto. El narrador aprende en su entrenamiento que hay que prever aun lo imprevisible, pero termina descubriendo que lo imprevisible es infinito y decide abandonarse al plan. Hay un límite para las jugadas hacia adelante que uno puede anticipar.
Dar la vida, no quitarla
Uno de los ejes morales de la novela es la diferencia entre morir por una causa y matar por ella. Martínez lo formula con claridad: “No es lo mismo dar la vida por la revolución que quitar una vida”. Para ilustrarlo, menciona dos figuras históricas con trayectorias opuestas. El padre Mugica estaba dispuesto a morir por la revolución, pero no a matar por ella. El Che Guevara, en cambio, comenzó su participación en la guerrilla cubana como médico y desarmado; cuando mataron a un compañero, alzó su fusil. Dentro de la concepción de la revolución marxista, sostiene Martínez, se infiere que el asalto al poder tendrá alguna cuota de violencia.
El marco político de la novela es deliberadamente no identificable. Es un “país estilizado” que en Argentina evoca la transición, pero que podría haber sido Chile. La época debe ser más tardía que la transición argentina real porque hay email en la trama, importante para la correspondencia epistolar entre el personaje de “la rusa” y un cura. En la novela hay solo dos candidatos —uno de la dictadura, uno de la democracia—, lo que recuerda más a Chile que a Argentina, donde no hubo candidatos de la dictadura. “Quería que el marco político fuera lo más abstracto posible para dar lugar a la decisión existencial del narrador”, dice. El procedimiento lo tomó de Sartre en Las manos sucias, donde el autor imagina un país ficticio parecido a los países fronterizos con la Unión Soviética, cuyos partidos comunistas enfrentaban un dilema análogo: empujar por la revolución o participar en un gobierno democrático de coalición.
Ilustrativa
El padre y la biblioteca
La novela está dedicada al padre de Guillermo, vinculado al Partido Comunista. La dedicatoria lo recuerda como quien “le habló por primera vez de la dialéctica y también de la revolución”. El padre se dedicaba a estudiar la economía agraria y tenía una biblioteca donde convivían El capital todo subrayado, la lógica de Hegel, libros de Engels y de Lenin, junto con narrativa argentina. La madre era profesora de Letras. Cuando ambos murieron, Martínez se llevó lo que pudo de esa biblioteca.
El ambiente familiar lo marcó desde muy joven. “Ya desde chiquito me decían: ‘La prensa burguesa miente’. No necesité que llegara el kirchnerismo para decir ‘Clarín miente’”, recuerda entre risas. Esa manera de ver el mundo implicaba una lectura suspicaz de una cantidad de temas, siempre atenta a detectar la ideología del adversario. En ese contexto se menciona el libro chileno Cómo lee el Pato Donald, que circulaba en esos ambientes como manual de análisis ideológico de la cultura de masas.
Martínez tuvo militancia propia en la adolescencia y la juventud, posterior a la dictadura. Participó en la reorganización de centros de estudiantes durante ese período y en jornadas de lucha de estudiantes chilenos contra Pinochet. No fueron, aclara, acciones temerarias que pusieran en riesgo su vida, aunque la posibilidad de que algo pasara cruzaba el horizonte. Estuvo en contacto con personas en mayor grado de compromiso: recuerda haber escuchado a un dirigente comunista de Bahía Blanca que fue detenido antes del golpe y pasó diez años en la cárcel por sus ideas. También menciona una diferencia histórica que encontró “muy tremenda”: algunos montoneros sobrevivieron porque la Armada tenía la idea de reconfigurar una fuerza y los unía algo parecido a un nacionalismo. Al ERP, en cambio, los mataban inmediatamente.
Matemática y literatura
Martínez señala que hay equívocos en cómo se piensa la matemática: falta toda la parte de la creación, la que no se ve desde afuera. Él se especializó en lógicas polivalentes, donde no hay solo verdad o falso, sino un intento de formalizar lo dudoso, la contingencia, lo difuso. Menciona la paraconsistencia como aproximación matemática a la lógica dialéctica. “Hay todo un mundo de creatividad asociado a la matemática que, en general, no se percibe”, dice.
Para explicar el parentesco entre ambas prácticas, recurre a una analogía extensa: “El matemático entrevé en un cielo platónico de formas, figuras, algunos patrones, algunas regularidades que trata de codificar en un texto que se llama ‘demostración’, para que cualquiera que lea la sucesión de líneas pueda reconstruir ese mundo. Y el escritor entrevé, en un cielo también de formas narrativas, diálogos de personajes, figuras de los personajes, recovecos de la trama. Hay una cantidad de magma que trata de codificar por escrito en algo, un texto que se lee secuencialmente y que tiene el mismo propósito: que el que lea el texto pueda reconstruir esa figura ideal”. Define la novela como “una figura ideal que se crea a medida que uno le vuelve a dar significado al texto por escrito”.
La diferencia fundamental entre ambas prácticas es el lenguaje. El matemático usa uno “democrático”: cualquiera, incluso una computadora, puede chequear cada afirmación. El escritor, en cambio, construye un lenguaje con ambigüedades y opacidades que apela a la sensibilidad del lector y requiere más colaboración de su parte. “Hay una idea de que son dos culturas y no ha sido así desde la antigüedad”, dice. Y agrega: “La matemática es como la prosecución de la filosofía con un lenguaje todavía más sutil, que es el lenguaje de las fórmulas, que te permite hacer diferenciaciones infinitesimales entre conceptos y categorías”.
La influencia de las matemáticas en su escritura se traduce, según él mismo identifica, en búsqueda de precisión en las escenas, economía narrativa, cierta brevedad, claridad para abordar temas complejos y una tendencia a ir a lo simple sin caer en el simplismo. “Algo de eso se contagia también a la escritura”, reconoce.
En cuanto a sus recurrencias como autor, Martínez señala que le interesan los personajes que piensan: gente intelectual, en búsqueda, a veces obsesiva, de una teoría o un resultado. Eso le permite introducir de manera deliberada la dimensión filosófica en sus textos. En Un crimen dialéctico también aparece el mundo académico, que trató de “aligerar” y “dramatizar” con una especie de comedia sobre cómo se pelean los académicos: rencillas, zancadillas, ironías. “Lo encontré divertido para poner en escena”, dice.
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