"Nuestra medianía también pasa por ahí. Un territorio suavemente ondulado, sólo puede permitir la lluvia, la llovizna, la tanguera garúa (. . . ) En suma, no merecemos la nieve".

"Miren lo que voy a decirles: no sólo no nos merecemos la nieve, como dijo alguien hace un momento, sino que debemos dar gracias por no tenerla. En invierno aquí caen cuatro gotas locas y todo se suspende, mueren viejitas asfixiadas por el gas de queroseno y los teléfonos dejan 18 de funcionar. Hay que pensar un poco en eso, me parece. No deja de ser un riesgo, algo imprevisto".

Los párrafos de arriba pertenecen a la obra teatral El elogio de la nieve, basado en el cuento homónimo del escritor Hugo Burel, que en 1995 mereciera al Premio Juan Rulfo.

En dicha obra, los parroquianos de un café discuten acerca de la posibilidad de que se cumpla o no un pronóstico de nevada, diálogo que se transforma en un verdadero reflejo de debates identitarios de nuestro país.

Las frases citadas cobran nueva y divertida vigencia luego de la breve y -también discutida-nevada de ayer. Durante la pasada jornada pudo constatarse una verdadera montaña rusa de emociones, desde los que saludaban con entusiasmo una nevada en lugres donde apenas si cayó aguanieve, y quienes negaban que tal fenómeno pudiera ocurrir, mientras estaba efectivamente ocurriendo.

Como broche de oro para ese blanco día de julio, se viralizó la imagen de un muñeco que alguien intentó hacer con la escasa y delicuescente nieve que llegó a nuestro suelo. Especie de monstruo de Frankenstein de hielo y barro, rudimentario Golem incapaz de cobrar vida, el modesto muñequito fue objeto de burlas, elogios y hasta de compasión. Y también de humoradas en Twitter