Contenido creado por Clemente Calvo
Inspiradoras

Herencia sin fronteras

Es bielorrusa, su abuelo uruguayo fue encarcelado por la KGB, y ahora vive en Maldonado

Gleb nació en Uruguay, pero partió a la URSS con 15 años y jamás pudo regresar. Ahora su nieta María volvió para cumplir su sueño.

20.03.2026 07:31

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2026-03-20T07:31:00-03:00
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Por Clemente Calvo
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—Hablás bastante bien el español.

—Ay, muchas gracias..., pero no —responde entre risas—. Mis hijos son quienes hablan como uruguayos —dice María a Montevideo Portal, con un marcado acento ruso que recuerda al de los personajes en los doblajes de cine.

Hace apenas tres años y medio, María Mikhalchuk recorrió casi 13.000 kilómetros desde Bielorrusia —país de nueve millones de habitantes que limita con Ucrania, Rusia, Polonia, Lituania y Letonia— para instalarse definitivamente en Maldonado junto a su esposo, su madre, y sus dos hijos de 7 y 11 años. Antes, en 2014, había estado de visita por Montevideo durante apenas cinco días. Ese breve paso, de todos modos, fue suficiente para quedar fascinada con la ciudad y el carnaval. Aquella experiencia también la convenció de que el país era un lugar ideal para mudarse con su familia: “Pensé: ¡Oh, wow! Es un muy buen lugar para vivir, muy tranquilo”, recuerda.

Sin embargo, para María, esta pequeña nación del sur de América no era del todo desconocida. Su llegada en 2022, de algún modo, cerró un círculo que su familia había abierto casi cien años atrás. En 1927, sus bisabuelos llegaron desde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a Montevideo en busca de un futuro mejor y de un país con las condiciones necesarias para construir un hogar. A ellos se les sumó su abuelo, nacido en Montevideo. Allí permanecerían hasta 1953, cuando regresaron a Bielorrusia, que por aquel entonces formaba parte de la URSS.

La historia de María no es solo la de una familia migrante que escapó de una dictadura en búsqueda de una mejor vida. También es la de un sueño postergado durante décadas: el de un hombre que siempre se sintió uruguayo y que pasó toda su vida soñando con regresar a su país natal. Un anhelo que, finalmente, encontró en su nieta a la persona capaz de cumplirlo.

La Suiza de América

Corría 1927 cuando la República Socialista Soviética de Bielorrusia (BSSR) atravesaba una etapa de transición marcada por la consolidación del poder soviético tras años de guerra, revoluciones y profundas transformaciones sociales.

Socialmente, el país todavía estaba marcado por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, la Revolución rusa y la guerra civil. Bielorrusia había sido uno de los territorios más devastados del antiguo Imperio ruso: ciudades destruidas, desplazamientos masivos y una población mayoritariamente rural y empobrecida. La mayoría de los habitantes eran campesinos y la vida cotidiana giraba alrededor de la agricultura. “Después de la revolución fue un tiempo difícil y por eso mi familia buscó otro lugar para vivir mejor, más tranquilos”, explica María.

El caso de Uruguay era completamente opuesto. El país atravesaba uno de los períodos más prósperos y estables de su historia tras la consolidación del modelo político y social impulsado por José Batlle y Ordóñez. Como una de las democracias más desarrollada de América Latina, Uruguay contaba con una legislación laboral avanzada, educación pública extendida, una fuerte presencia del Estado en servicios públicos y una temprana separación entre Iglesia y Estado. A eso se sumaba un ciclo de crecimiento económico sostenido basado en el modelo agroexportador.  

La historia, tan increíble como real, comienza en Brasil, adonde Fedor y Lyuba emigraron escapando de las dificultades en su país. Lo hicieron por separado, y sería en el gigante sudamericano donde se conocerían y se enamorarían. Sin embargo, Brasil no colmó sus expectativas y, luego de barajar otras opciones, su curiosidad se posó sobre Uruguay. “Para ellos fue más lindo, más tranquilo y también más cómodo porque les recordaba mucho a Europa, y había muchos europeos migrantes también”, cuenta María. 

Ya instalados en Montevideo, los bisabuelos de María tuvieron a su abuelo, Gleb. Después se casaron un 25 de febrero, en pleno carnaval.

Gleb pasó toda su infancia en Uruguay. Vivía en una casa sobre la calle Convención, en el Centro, en el mismo edificio donde hoy funciona la Escuela de Música Vicente Ascone. “Yo la visité. Es una muy linda casa, cerca de la rambla”, dice María.

Haber crecido en Sudamérica no le impidió aprender ruso desde pequeño, uno de los dos idiomas oficiales de Bielorrusia (el otro es el bielorruso). “Acá [en Uruguay] fue muy grande la diáspora de bielorrusos, rusos y ucranianos en esa época. Por eso mi abuelo pudo estudiar ruso. Hablaba muy claro y lindo español y ruso”, recuerda.

A pesar de sus raíces soviéticas, el abuelo de María siempre se sintió uruguayo. “Él tuvo muchísimos amigos uruguayos porque era muy hablador”, dice ella entre risas. Según contaba su abuelo, su sueño de niño era ser heladero. Con los años, ya en la adolescencia, ese interés cambió: quería trabajar en un “mercado de libros” que funcionaba debajo de su casa. “Él leía muchísimo y muy rápido”, comenta. “Nada le hubiese gustado más que elegir qué libros vender en su propia librería y, de paso, hojearlos antes que nadie”, agrega.

María aún conserva las imágenes de sus antepasados en Montevideo. “Yo tengo muchísimas fotos de ellos y parecían muy felices, con mucho estilo: con sombreros, trajes...”, cuenta, evocando la elegancia urbana que marcaba las calles de la capital por aquel entonces. Sin embargo, cuando su abuelo tenía 15 años, la vida daría un giro inesperado.

En 1953, sus bisabuelos decidieron regresar a su tierra de origen. Según relata María, la propaganda soviética que alentaba a los emigrados a volver —presentando al país como una nación vanguardista y supermoderna— jugó un papel decisivo. “Fue muy difícil para él [volver a Bielorrusia]”, señala María. Él se sintió como un uruguayo, no como una persona de Belarús”. Si el cambio ya de por sí resultaba impactante, el golpe fue aún mayor cuando llegaron y se encontraron con el deterioro que reinaba en el país.

Un anhelo de 40 años

“Mi abuelo toda la vida soñó con volver a Uruguay, a Montevideo, a su país; porque para él vivir en Bielorrusia fue muy extraño”, afirma María. Su lugar favorito en el mundo era el faro de Punta Carretas. “Lo recordaba mucho y decía: ‘Ay, yo me quiero mudar cerca del faro’”, relata. También amaba la rambla, un recuerdo que alimentaba constantemente su nostalgia, sobre todo porque Bielorrusia es un país sin salida al mar.

Y, como no podía ser de otra manera, era un apasionado del mate y el fútbol. “Siempre tomaba mate. Tengo una bombilla de plata que era de él y es muy antigua”, comenta su nieta. También conserva en su memoria las escenas del fervor con que su abuelo seguía los partidos. “Oh, por Dios: como le encantaba el fútbol. Cuando miraba fútbol en la tele gritaba mucho y saltaba de la silla. Decía algunas frases en español, pero como era pequeña no entendía nada”, recuerda entre risas. Para Gleb no había dudas: Uruguay era su nación y regresar se convirtió en el gran propósito de su vida.

Sin embargo, concretar ese sueño resultó imposible. Gleb intentó varias veces salir de Bielorrusia, pero se enfrentó a múltiples obstáculos. El primero era que no contaba con pasaporte uruguayo. A eso se sumaba la existencia de la llamada “cortina de acero”, que hacía del proceso migratorio un trámite complejo y profundamente burocrático. En reiteradas ocasiones presentó solicitudes para renunciar a su ciudadanía soviética, pero nunca obtuvo la autorización de las autoridades.

Con el tiempo descubriría que detrás de aquellos rechazos estaba su propia madre. Tras la muerte de su esposo y temiendo quedarse sola, ella nunca firmó la autorización familiar que el gobierno soviético exigía para permitir la salida de un ciudadano.

Ante el fracaso de la vía institucional, Gleb también intentó escapar por medios ilegales. En una ocasión viajó hasta Georgia con la intención de salir de la Unión Soviética en barco, pero fue sorprendido por la KGB y detenido en el intento, lo que le valió pasar un tiempo en prisión. “Toda su vida añoró volver, nada más”, dice María.

Después de años de intentos, Gleb finalmente logró obtener su pasaporte uruguayo a los 57 años. Para ese entonces, María tenía apenas 6 años. La noticia despertó una enorme ilusión en la familia: vendieron el apartamento donde vivían en Bielorrusia. La idea de Gleb era llevar a su hija y a su nieta al lugar que lo había hecho tan feliz.

Pero a veces la vida puede ser cruel, y casi como una ironía del destino, justo cuando el regreso parecía posible, su salud comenzó a deteriorarse. El asma bronquial que padecía se agravó progresivamente, debilitándolo hasta el punto de dificultarle incluso caminar. “Tenía tanto miedo, recién estaba empezando a vivir”, le dijo en una ocasión a la madre de María en alusión a su posible vuelta a Uruguay, luego de sufrir un fuerte ataque mientras estaba hospitalizado. Poco tiempo después, Gleb murió y el viaje con el que había soñado durante décadas nunca llegó a concretarse.

404: Self not Found

La vida de María transcurrió con normalidad en Europa del Este hasta 2020, cuando la situación política en su país empezó a tornarse cada vez más agresiva.

Bielorrusia tiene el mismo presidente —Alexander Lukashenkodesde 1994. A excepción de aquellas primeras elecciones, las seis instancias electorales posteriores estuvieron manchadas por denuncias de fraude y manipulación. En 2020, el descontento acumulado estalló en las calles: miles de bielorrusos se movilizaron para protestar contra lo que consideraban un resultado electoral amañado, y contra el prolongado régimen autoritario de Lukashenko. Las manifestaciones fueron respondidas con una dura represión, detenciones masivas y el encarcelamiento de opositores.

Para ese entonces, María se desempeñaba como directora y productora de teatro y cine en Minsk, la capital del país. La crisis política y social no hizo más que acelerar una decisión que llevaba tiempo madurando junto a su familia: instalarse en el país que su abuelo tanto amó toda su vida.

“No fue fácil”, confiesa. “Me encanta mi país. Es muy difícil para mí dejar los trabajos, los amigos, mi casa, mis lugares favoritos, cafeterías, parques”, confiesa María.

Desde 2022, María y su familia viven en Punta del Este. Tres años y medio después de su mudanza, y pese a los desafíos de empezar de nuevo en otro país, asegura que hoy se sienten plenamente adaptados. A Uruguay lo describe como “Europa con palmeras”.

Una de las diferencias que más le llamó la atención fue el ritmo de vida. “Mi vida en Bielorrusia era más rápida. Acá es más tranquilo: ‘Lo hacemos mañana, no pasa nada. Vemos otro día’”, cuenta entre risas. Al principio esa forma de tomarse el tiempo le resultó extraña, admite, pero con el paso de los meses terminó por enamorarla. “Ahora me encanta”, dice.

María estará presentando el próximo 21 y 28 de marzo una obra de teatro titulada “404: Self not Found” en el auditorio Adela Reta del Sodre, elaborada junto a su socio, el artista ruso Leonard Miliutin. El espectáculo propone una reflexión sobre la crisis de identidad de los migrantes y sobre esa sensación de “perderse a uno mismo” que tantas personas experimentan en el mundo actual.

Para ella, la migración suele atravesar cinco fases emocionales bien definidas. “Cuando empieza tenemos euforia: nuevo lugar, todo es lindo, y es un poco como estar unas vacaciones. Pero después, necesitamos hacer muchísimas cosas nuevas: buscamos una nueva casa, nuevos amigos, legalizar muchas cosas. Todos sienten los cambios”, explica.

A esta transformación le sigue la nostalgia. “Extrañas mucho tu país, tus amigos, tu idioma”, detalla. Esa nostalgia puede derivar en una etapa más difícil, como la depresión. “Te sentís perdido en ese mundo y no sabés qué hacer para encontrar una nueva vida”. Con el paso del tiempo, sin embargo, llega la adaptación. Es el momento en que la persona empieza a reconstruir su vida en el nuevo lugar y a encontrar, poco a poco, su propio equilibrio entre el pasado y el presente.

La obra no contiene ningún diálogo, y apela a lo visual para impresionar al espectador. “Yo elijo un camino sin palabras porque necesitamos hacer más cosas para mantener la atención cada minuto, hacer muchos trucos”, señala María, poniendo en práctica su conocimiento de múltiples formas de entretenimiento: circense, de títeres, teatro físico y hasta telas acrobáticas. “Por eso es muy interesante para los espectadores, porque es un tipo de teatro nuevo para ellos y algunas personas nunca habían visto algo parecido”, destaca.

Hoy, María y su familia no solo están encantados con su vida en Uruguay: también encontró aquí el espacio para compartir su arte con su nueva tierra.

A la calidad de vida que hoy disfruta se suma algo aún más profundo: la sensación de haber cumplido aquel deseo por el que Gleb luchó durante tantos años. “Espero, abuelo, que desde algún lugar estés mirándonos y te alegres de que finalmente llegamos: comemos rico en tu playa favorita, vemos los atardeceres y aprendemos español”.

Por Clemente Calvo
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