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Por The New York Times

El sublime y desconcertante espectáculo de Yoko Ono con los Beatles

The Beatles: Get Back está siendo interpretado por algunos como un documento exculpatorio, una prueba de que Ono no fue responsable de la destrucción de los Beatles

09.12.2021 17:30

Lectura: 9'

2021-12-09T17:30:00-03:00
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Por The New York Times | Amanda Hess

Al principio de The Beatles: Get Back, el documental de casi ocho horas de duración de Peter Jackson sobre la creación del álbum Let It Be, la banda forma un círculo pequeño en la esquina de un plató de cine. Inexplicablemente, Yoko Ono está allí. Se pone cerca de John Lennon, con su rostro desconcertado en dirección a él, como una planta que crece hacia la luz. Cuando Paul McCartney empieza a tocar “I’ve Got a Feeling”, Ono está allí, cosiendo un objeto peludo que está en su regazo. Cuando la banda comienza con “Don’t Let Me Down”, Ono está allí, mientras lee el periódico. Lennon se desliza detrás del piano y Ono está allí, con la cabeza sobre su hombro. Más tarde, cuando el grupo se apretuja en una cabina de grabación, Ono está allí, encajada entre Lennon y Ringo Starr, al tiempo que desenvuelve en silencio un pedazo de chicle y lo pone entre los dedos de Lennon. Cuando George Harrison se marcha, abandonando brevemente la banda, ahí está Ono, lamentándose en su micrófono.

Al principio, la omnipresencia de Ono en el documental me pareció extraña, incluso desconcertante. El vasto decorado no hace más que acentuar lo ridículo de su proximidad. ¿Por qué está ahí?, me pregunté mirando hacia la televisión. Pero a medida que pasaban las horas, y Ono permanecía —mientras pintaba en un caballete, masticaba un pastelillo, hojeaba una revista para fans de Lennon— me sentí impresionada por su resistencia; luego, embelesada por la provocación de su existencia, y, finalmente, deslumbrada por su actuación. Mi atención se desviaba continuamente hacia su esquina del encuadre. Estaba viendo imágenes íntimas, perdidas hace tiempo, de la banda más famosa del mundo cuando se preparaba para su última actuación, y no podía dejar de ver a Yoko Ono sentada, sin hacer nada.

The Beatles: Get Back está siendo interpretado por algunos como un documento exculpatorio, una prueba de que Ono no fue responsable de la destrucción de los Beatles. “Ella nunca opina sobre las cosas que están haciendo”, dijo a 60 Minutes Jackson, quien elaboró la serie a partir de más de 60 horas de material. “Es una presencia muy benigna y no interfiere en lo más mínimo”. Ono, también productora de la serie, tuiteó un artículo, sin añadir ningún comentario, en el que se afirma que ella se limita a realizar “tareas mundanas” mientras la banda se pone a trabajar. En la serie, el propio McCartney —desde la perspectiva de enero de 1969, más de un año antes de que la banda se separara públicamente— se burla de la idea de que los Beatles acabarán “porque Yoko se sentó en un amplificador”.

Su presencia ha sido descrita como suave, tranquila y poco imponente. De hecho, no es la intrusa más entrometida del conjunto: ese es Michael Lindsay-Hogg, el desdichado director del documental original Let It Be, quien no deja de insistirle a la banda que organice un concierto en un antiguo anfiteatro de Libia o, tal vez, en un hospital para niños que sufren dolencias de poca gravedad.

Y, sin embargo, hay algo deprimente en este nuevo papel de Ono como un bulto silencioso y discreto. Por supuesto, su aparición en el estudio es molesta. El hecho de que no esté allí para influir directamente en las grabaciones de la banda solo hace que su comportamiento sea más ridículo. Negar esto es restarle poder.

Desde el principio, la presencia de Ono parece intencionada. Su atuendo negro y su pelo suelto con raya en el centro le dan un aspecto de tienda de campaña; es como si estuviera montando un campamento, creando un espacio en el entorno de la banda. Una tarea “mundana” se convierte en peculiar cuando eliges realizarla frente a la cara de un Paul McCartney que intenta escribir “Let It Be”. Cuando se repite esto durante 21 días, se convierte en algo sorprendente. La duración del documental revela la provocación de Ono en toda su intensidad. Es como si pusiera en escena una pieza de performance maratoniana, y en cierto modo, así es.

Jackson ha llamado a su serie “un documental sobre un documental”, y nos recuerda constantemente que estamos viendo a la banda producir su imagen para la cámara. Por supuesto, Ono ya era una consumada artista de la performance cuando conoció a Lennon, siete años menor que ella, en una exposición en una galería en 1966. Fue una pionera del arte participativo, una colaboradora de músicos experimentales como John Cage y una maestra en aparecer tímidamente en espacios en los que no pertenecía. En 1971, montó una exposición imaginaria de obras efímeras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. En el catálogo, aparece fotografiada frente al museo mientras alza un letrero que dice “F”, con lo que transformaba al recinto en el “Museum of Modern [F]art” [Museo de la Flatulencia Moderna].

La idea de que Ono condenó a la banda siempre fue una patraña que olía a misoginia y racismo. Se la consideró la groupie del infierno, una “dama dragón” sexualmente dominante y una bruja que hipnotizó a Lennon para que rechazara a los chicos por una mujer. (En 1970, Esquire publicó un artículo titulado “John Rennon’s Excrusive Gloupie”, que prometía entre juegos de palabras develar a “la Yoko que nadie con Onose” y que estaba acompañado por una ilustración de una dominante Ono con Lennon, quien aparece como una cucaracha con correa). Estos insultos se convertirían en un infatigable meme de la cultura pop que ha perseguido a generaciones de mujeres acusadas de entrometerse en el genio masculino.

Ono no “separó a los Beatles”. (Si el distanciamiento de Lennon de la banda estuvo influido por su deseo de explorar otras actividades, incluida su relación personal y creativa con Ono, esa fue decisión de él). Pero sí se entrometió. En el documental, McCartney se queja amablemente de que la omnipresencia de Ono interrumpe la composición de sus canciones con Lennon. Por su parte, ella estuvo atenta a escapar del típico papel de la esposa del artista. En una entrevista de 1997, comentó la situación de las mujeres en el rock de los años sesenta: “Mi primera impresión fue que todas eran esposas, como sentadas en la habitación de al lado mientras los chicos hablaban”, dijo. “Tenía miedo de ser algo así”. Más tarde, dedicaría “Potbelly Rocker”, su mordaz canción de 1973, a las “esposas de los rockeros que no tienen nombre”.

En “Grapefruit”, su proyecto de texto de 1964 que es una especie de recetario para la puesta en escena de experiencias artísticas, instruye a su público “para que no mire a Rock Hudson sino solo a Doris Day”, y en The Beatles: Get Back, desvía hábilmente la mirada de la banda hacia ella misma. Su imagen contrasta con la de otras parejas de los Beatles: mujeres blancas con atuendos elegantes que de vez en cuando llegan repartiendo besos, asienten con la cabeza y se alejan discretamente. Linda Eastman, la futura esposa de McCartney, se queda un poco más, circulando ocasionalmente y fotografiando a la banda. Eastman era una retratista del rock, y uno de los momentos más fascinantes de la película la muestra en una profunda conversación con Ono; como para probar el punto de Ono, es una rara interacción en el set que no tiene audio.

Ono simplemente nunca se va. Se niega a quedarse al margen, pero también se resiste a interpretar los estereotipos: no aparece ni como una ingenua cariñosa ni como una entrometida molesta. En lugar de ello, parece participar en una especie de resistencia pasiva, desafiando todas las expectativas de las mujeres que entran en el reino del genio del rock.

La canción de las Barenaked Ladies “Be My Yoko Ono” compara a Ono con un cepo, un grillete (para que conste, Ono dijo de la canción: “Me gustó”), pero a medida que avanzan las sesiones, asume una cualidad ingrávida. Parece orbitar alrededor de Lennon, eclipsando a sus compañeros de banda y convirtiéndose en una manifestación física del distanciamiento psicológico de él de su antiguo centro de gravedad artístico. Más tarde, su actuación crecería en intensidad. A las sesiones de Let It Be les siguió la grabación de Abbey Road y, según el ingeniero del estudio, cuando Ono se lesionó en un accidente de auto, Lennon consiguió que le enviaran una cama al estudio; Ono se arropó, consiguió un micrófono e invitó a sus amigos a visitarla junto a su cama. Esto es muchas cosas: grotescamente codependiente, terriblemente grosero e icónico. Cuanto más se cuestiona la presencia de Ono, más se intensifica su actuación.

Todo esto se utilizó para convertir crudamente a Ono en una villana cultural, pero también la convertiría más tarde en una especie de heroína popular. “Todo se reduce a YOKO ONO”, escribió la baterista Tobi Vail en un fanzine relacionado con su banda de riot grrrl Bikini Kill en 1991. “Parte de lo que te enseña tu novio es que Yoko Ono separó a los Beatles”, escribe. Esa historia “te convierte en lo contrario de su banda”. Relega a las mujeres al público y las ridiculiza por intentar hacer su propia música. En la canción de Hole de 1997 “20 Years in the Dakota”, Courtney Love invoca los poderes de Ono contra una nueva generación de fanáticos hombres quejumbrosos, y dice que las riot grrrl están “siempre en deuda con ella”. Vail llamó a Ono “la primera cantante punk rock de la historia”.

En el documental de Jackson se pueden ver las semillas de este cambio generacional. Un día, Heather, la pequeña hija de Eastman, una niña de pelo corto, se pasea sin rumbo por el estudio. Entonces ve a Ono cantando. Heather la observa con intensidad, se acerca al micrófono y grita.

Amanda Hess es crítica para The New York Times. Escribe sobre internet y cultura pop para la sección de Artes y colabora regularmente con The New York Times Magazine. @amandahessFacebook