Hace 20 años, La Rueda de Amargueando comenzaba su peripecia en la escena radiofónica uruguaya. "El programa arranca con Tabaré Vázquez como columnista, cuando todavía no era candidato a la Intendencia de Montevideo; y casualmente la primera nota fue con un intendente de Cerro Largo, del Partido Nacional, que hoy es el vicepresidente de la República", recuerda Alberto Silva, como ejemplo emblemático de las curiosidades vividas en un par de décadas en el aire.

El periodista trata de contener ese ejercicio tan nuestro, tan incorporado, de la nostalgia; y sin haber cerrado aún la última ronda de "amargos" con la audiencia, ya planea nuevos espacios de construcción colectiva y comparte con Montevideo Portal algunas de sus vivencias, ilusiones y utopías.

¿Cómo te sentís ante el cierre del ciclo?

Es una mezcla de sensaciones. Hasta hace unos días tenía mucha expectativa, mucha ansiedad, mucha alegría por empezar algo nuevo; pero en los últimos días también empezó una dosis de nostalgia y de emoción, porque nos hemos encontrado con mucha gente, recordado muchas cosas, circunstancias muy especiales que hemos logrado con el programa. Cuando el Correo presentó el matasellos de "La Rueda..." en el Cabildo, me encontré con gente que nunca había visto, pero con la que éramos parte de una familia, parte de un colectivo, de un sentimiento. Y eso genera sensaciones... es un combo muy complejo.

Entonces no es cierto que "veinte años no es nada"...

Es mucho. Máxime para un programa en el que los temas de las emociones y de los encuentros, de transformar realidades, han sido la dinámica. Somos un programa medio atípico, somos una rareza

¿En qué consiste esa rareza?

No hay ningún programa que haya tenido veinte años, que sea independiente, con producción propia, que tenga opinión, que sea comprometido pero no partidario, que logre sostenerse y que haya logrado juntar miles de personas tantas veces, para temas tan diversos. Es casi una cosa de locos, que hagamos movidas y que vengan parejas con hijos que arrancaron con el programa cuando eran niños y ahora son padres. Es un programa que potenció mucho toda esa cosa de la cercanía.

Incluso lo hace desde el nombre del programa

Claro, fue una intención, la idea de compartir. Tomar mate, colectivizarlo, es una ceremonia que sólo en Uruguay se genera. Cuando uno sale fuera de fronteras no entiende cómo es ese mecanismo.

El planteo del programa es "periodismo con la gente". ¿Concebís esa como la forma única, más válida o mejor de hacer periodismo? ¿Cómo te relacionás con ese concepto?

Lo relaciono con un espacio de construcción. Ahora lo que queremos hacer es armar más cosas con la gente. Creo que tendría que haber un empoderamiento de la gente con los medios, que no hay. Lo que logramos con esto es sacudir, provocar, invitar a reflexionar cómo es la historia de los medios, que en este país no acompañan tiempos de cambio. En general, están a la retranca; y usan lo que es patrimonio de toda la gente, las ondas radiales, las ondas televisivas, graciosamente, feudalmente, monárquicamente, de traspaso de familia en familia. Creo que el concepto de "con la gente" intenta provocar, en el mejor sentido de la palabra, un cambio en esa realidad.

Propongo que cambiemos todo, todo se puede cambiar. Un diario no tiene por qué ser siempre una portada, con una foto y los títulos más importantes, entre comillas, políticos, de sangre o gremiales. Un día también podría leerse al revés, puede tener noticias minimalistas y puede ser importante. En radio puede pasar lo mismo. Pero los medios están en manos de la misma gente desde siempre, es una terrible injusticia. La misma gente que tuvo los medios en la dictadura los tuvo en el gobierno colorado, en el gobierno del Partido Nacional y los tiene en el gobierno del Frente Amplio, como si eso no fuera también una materia de cambio.

Y en ese contexto ustedes lograron hacer un espacio independiente, ¿eso costó mucho?

Muchísimo. Es casi una quimera, yo no sé cómo nos hemos sostenido tanto tiempo. En alguna medida cerramos en veinte años que es una fecha que no es ingenua. Porque así como no hay palabras ingenuas, no hay números ingenuos; nada más que los economistas pueden creer que los números son ingenuos y son fríos. Veinte años, dos décadas, tienen una carga muy particular y nos parecía bueno preservar, encapsular esos veinte años de resistencia, de construcción alternativa, veinte años de señales de que se puede, de este nicho de contracultura en la comunicación. Bueno, están ahí, son esto, no se pueden tocar, no se pueden destruir, no los pueden ningunear, no los pueden cercar desde el poder. Esto fue así.

¿Y como va a ser de ahora en adelante?

Esa es la historia. Si te soy sincero, me cuesta claramente definirla porque yo siento que está en construcción, en lo individual pero también en lo colectivo. Es un borrón y cuenta nueva. La utopía es que podamos construirlo con un colectivo, desde el nombre hasta cómo vamos a interactuar. Nosotros que tenemos una vocación alternativa, comunitaria, queremos poder reflexionar, debatir, bucear a propósito de la comunicación, de cómo nos relacionamos, proponer un nuevo contrato social. Siento que hay cosas que tienen que cambiar, y por distintos motivos no las hacemos, y un medio puede ayudar a eso. Todo lo que hacemos, de movidas con la gente en las calles, en las plazas, a todo eso hay que buscarle un nexo con los medios. Vamos a ir desde un canal abierto a un muro, saltar de lo uno a lo otro. Interactuar en ese andarivel. Creo que está en cuestionamiento el país como tal, y si fuéramos un poco concientes tendríamos que poner en discusión si somos viables. Y la única forma que seamos mínimamente viables es si la comunicación está al servicio de la comunidad. Por el momento la comunicación está al servicio de la guaranguería, de la "tinellización".



En estos veinte años de "periodismo con la gente", de escuchar a la gente, ¿qué aprendiste de los uruguayos?


Lo que aprendí es que hay muchos Uruguay, y eso está bueno. Durante mucho tiempo pensábamos que éramos otra cosa… que no teníamos analfabetos, pensábamos que éramos la suiza de América, en fin, una serie de dislates que en realidad nunca fuimos. Lo que más aprendí es que somos poca cosa con el resto del mundo, y que los medios tenemos una misión en Uruguay que es incluso más fuerte que en otros países, y la radio es una herramienta formidable de cosa gregaria, de elementos de identidad. La radio acá es una herramienta formidable. La cadena ANDEBU, si no fuera por momentos esa cosa tan aburrida y tan nada, si fuera algo con energía y con nervio, sería fundamental para transmitir en simultáneo a todos los ciudadanos un mensaje unificador. Que no significa una hamburguesa cultural que aplane todo.

Contra eso, tienen que existir espacios que promuevan esas ganas…

Tiene que existir en todas las cosas, porque acá no hemos tomado conciencia de lo que son los medios en general. Lo que estamos logrando con el cine acá parecía impensable diez años atrás, sin embargo se hacen cada vez con más talento y con más reconocimiento fuera de fronteras. Sin embargo como sociedad, hablo a nivel individual pero también del gobierno, del Estado, no hay un apoyo. No nos hemos dado cuenta de lo que significan los medios, de lo que significa el mensaje.

Me decías más temprano que la idea de tu programa era el compromiso político pero no partidario. ¿Cómo se articula el compromiso político con el periodismo?

No creo en la objetividad. Es más, toda la gente que conozco que dice que es objetiva en realidad es gente de derecha disfrazada, que no se asume como tal. Desde el concepto que hay un sujeto, esa tontera no la podemos llevar, todos partimos de una base. Sí creo en aproximarnos a la verdad, sí creo y sé lo que es la mentira y lo que es manipular. En esto yo he puesto la mirada de un tipo que está metido en los medios desde siempre, un tipo que fue, es y será de izquierda. No tengo ningún partido político y sé diferenciar lo que puede ser mi entusiasmo, mi convicción y mis sueños con lo que es la realidad. Sé diferenciar cuando estoy dando una opinión o cuando estoy contando algo que pasó. He tenido el privilegio desde el periodismo de estar en muchos momentos históricos, desde el barco que vino con Wilson a los presos liberados; pero si hay cien personas son cien. No son 1.500 ni son cincuenta. En eso siempre he sido muy cuidadoso, muy meticuloso, eso es parte de la credibilidad y el respeto que tenemos.

  
 Alberto Silva junto a Marcelo Díaz en estudios Matasellos oficial del programa

¿Cómo fue para vos como periodista vivir el momento histórico de que tu primer columnista, Tabaré Vázquez se haya transformado en el primer presidente de izquierda del país?

Parado desde el punto de vista de la comunicación, no salgo de mi asombro de cómo desperdiciamos un momento como ese. Es como en el fútbol: yo soy hincha de Peñarol, pero primero soy hincha de la celeste, primero soy uruguayo. Cómo perdimos la posibilidad que había tras haber sacado a miles y miles de personas a la calle en un momento, para festejar que lo hicieron, en una jornada que fue memorable, sin ningún incidente, sin un dispositivo de seguridad. Había un entramado emocional, tuvimos una actitud con valores que se cotizan mucho en el resto del mundo. A veces pienso lo que hubiera sido si el presidente de la República, si la fuerza política que asumía el gobierno, hubiera tenido el coraje cívico de convocarnos a todas y a todos para revertir la situación de los niños en la calle, para emprolijar las plazas de todo el país, para tantas cosas. Siento que perdimos un momento irrepetible. Ese era un momento para haber dado un paso de participación muy removedor.

¿Qué pasó? ¿Faltó experiencia, faltó visión, o sobró ansiedad por hacer otras cosas, por cambiar otras cosas?

Hay una conjunción. Algunos errores y algunas ilusiones las sostengo en el tiempo: cuando Tabaré Vázquez gana la intendencia de Montevideo, yo me imaginaba que rápidamente se iba a convocar a la gente para terminar con los basurales, que era parte de la campaña. Pero plantearon que el sindicato de ADEOM no quería, porque era entrar en competencia con lo que era su labor… el haber permitido que no quisieran aquello y ahora se permite que pase esto, que están en huelga y están haciendo lo que quieren, porque la corporación supera al colectivo. En estos veinte años la cosa fue peor, fue un retroceso, porque parece que los pequeños grupos son lo más importante y los demás que los parta un rayo, los demás arréglense como puedan. La expresión más clara de esto es lo que está pasando con Argentina. En una coyuntura de bonanza hay una crisis de enfrentamiento superior a cuando se vino abajo el país. Acá, en la coyuntura de los sueldos que tienen los funcionarios de la Intendencia, que encima cobraron, fueron los únicos que sacaron un beneficio después que se vino el país abajo en el 2002, que estén en esta intensidad de conflicto es casi insólito. En algunas áreas a veces cuesta entender cómo el bicho humano retrocede.

¿Hay ilusiones que mantenés en el tiempo, pero cuáles son tus desilusiones?

Intento tener pocas desilusiones. Cuando las tengo, intento olvidarlas rápidamente. Intento tener pocos rencores, y cuando quieren aparecer hago un gran esfuerzo para obviarlos. Creo que no tengo casi odio, y podría tener motivos para odiar a mucha gente, he trabajado mucho en el área de los derechos humanos y nunca sentí odio por nadie en particular y eso que conozco historias muy fuertes en esa área. Todo eso que es producto de la nostalgia, y que yo estaba haciendo un esfuerzo por no sentir, porque sé que termina tirándonos para atrás, hago un esfuerzo para desprenderme y a veces por algún motivo tengo alguna desilusión.

Una puede ser el por qué no tenemos un poco más de grandeza y pensamos en los colectivos. Cómo no pensamos un poco más en el otro, cómo no nos damos cuenta que aquello de que no hay salvación si no es con todos, llevado a la cosa más diaria, es tal cual. Vos no podés pretender que tu corporación, que tu gremio, que tu familia, que tu clase, que tu sectorcito avance, avance, avance, en detrimento de aplastar, destrozar, ningunear, olvidar, botijear a los otros, no funciona así.

Tengo la ilusión que este país con forma de corazón tan pequeño, al que yo volví por convicción y en el que quiero quedarme y quiero morir, y vivir después de muerto a través de la plantación de un Ibira-pitá, tenga la sabiduría para darse cuenta de que tenemos una coyuntura, una posición geográfica y un momento histórico único, buenísimo, que hay que aprovechar.