Al Wilsey y su esposa Roberta se radicaron hace más de veinte años en la localidad de Gilbert, Arizona, donde se convirtieron en apreciados miembros de la comunidad.
Al se jubiló hace dos años y medio, y la última etapa de su vida estuvo marcada por la lucha contra las enfermedades. Su grave diabetes le hizo sufrir amputaciones de pies, pancreatitis y, finalmente, insuficiencia renal. Estuvo en diálisis durante más de un año antes de decidir dejar el tratamiento y morir en paz.
“Tenía mucho dolor”, dijo Roberta en declaraciones a la televisora local 13 WMAZ. Ferviente evangelista, en los últimos días se aferró más que nunca a su fe.
“Estuvo llamando a la gente por teléfono, despidiéndose de las personas”, contó la mujer.
Una de esas llamadas fue a Nando’s, un restaurante de comida mexicana del que era asiduo comensal. En su llamada, Al explicó que quería un platillo que no figuraba en el catálogo de productos para envíos.
Ava Littau, la trabajadora que lo atendió, ofreció preparar el plato para viaje y que él fuera a levantarlo. La respuesta que recibió la dejó de piedra: “No, cariño, no puedo recogerlo. Me voy a morir. Estoy postrado en cama”.
En ese momento, Ava supo que tenía que hacer algo más que tomar un pedido de rutina.
“Pensé: ‘No es broma’. Algo en su voz me conmovió. Y me dije ‘son sus últimos días, y depende de nosotros asegurarnos de hacer alguna cosa, simplemente sonreírle o algo, lo que sea'”, dijo la trabajadora al citado medio.
Ella y su equipo coordinaron rápidamente una entrega especial y gratuita. Al día siguiente, cuando Al estaba en el trance final y dormía la mayor parte del tiempo, Nando’s le llevó su comida a casa junto con una nota.
“Señor Wilsey, le agradecemos su lealtad a lo largo de estos años. Nos entristece saber de su situación. Le deseamos lo mejor; estará presente en nuestras oraciones. La cena corre por nuestra cuenta. Con cariño, la familia de Nando’s”, decía la esquela.
Roberta dijo que al recibir el envío se conmovió profundamente. “Quedé abrumada y atónita, y luego me puse a llorar porque pensé que Al jamás llegaría a probar esa comida”, recordó.
Sin embargo, horas más tarde Al despertó de buen ánimo y con el apetito dispuesto a disfrutar de una buena comida.
“Le encantó, y se quedó boquiabierto al saber lo que habían hecho [Ava y sus compañeras]”, dijo Roberta.
Al disfrutó de la preparación enviada por el restaurante, sin saber que esa sería su última comida.
“Lo agradecimos mucho, y pensar que fue la última comida de Al es algo muy especial”, dijo la mujer.
Incluso en medio de la pérdida, Roberta entiende que el acto de bondad de Ava y su equipo le proporcionó consuelo.
“Fue un gran recordatorio de que hay gente buena en este mundo. Y yo… simplemente no podía creerlo”, dijo.
Roberta guardó la nota como un tesoro y piensa exhibirla en el servicio religioso conmemorativo de Al, que será en los próximos días.
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