De un espacio abandonado a una aldea de sentidos: la historia detrás de Pueblo Narakan
Los comienzos, la identidad que fue construyendo, los desafíos del presente y las nuevas propuestas de este punto de encuentro cultural.
La necesidad de salir adelante y la convicción de que lo imposible podía hacerse posible llevaron a Mariano Iribarren a pensar, en plena pandemia, en una grilla de artistas que en apenas dos días terminó convirtiéndose en un festival llamado Música Bajo las Estrellas. Ni él ni su familia imaginaron entonces que estaban construyendo los cimientos de lo que años después sería Pueblo Narakan, en la península de Punta del Este
“Narakan nació a pulmón, a corazón y a fuerza de voluntad. Empezó como un proyecto familiar y, con los años, fue construyendo una familia mucho más grande: amigos, artistas y personas que fuimos conociendo y que de alguna manera se fueron convirtiendo en parte de esta historia”, dice su esposa Juliana Peretti a Montevideo Portal. En esa frase resume buena parte de la esencia de un lugar que no nació como hoy se lo conoce ni tampoco en el mismo sitio.
Todo comenzó en Cabo Polonio, alrededor del hostal Narakan. Era una época en la que los artistas tampoco podían trabajar y, sin saber hasta dónde podía llegar la propuesta, Mariano empezó a convocarlos. La respuesta fue inmediata: participaron Hugo Fattoruso, Ana Prada, Florencia Núñez, Martín Buscaglia, Papina de Palma, Trío Ventana y Luciano Supervielle. Incluso lograron llevar desde Argentina a Lisandro Aristimuño, algo que en aquel momento parecía directamente inviable.
El festival se hacía junto al mar, sin luz eléctrica ni infraestructura convencional, pero con una magia difícil de reproducir. “Cada cosa implicaba un desafío: si había viento, había que proteger el escenario y al público; si llovía, había que improvisar una solución. Todo se hacía con muchísimo esfuerzo y, muchas veces, sobre la marcha”, recuerda Juliana.
Foto: cedida a Montevideo Portal
Con el tiempo, llegó un momento de cambio. El hijo del matrimonio terminó tercer grado con un solo compañero de clase y decidieron que era momento de ofrecerle otro entorno para continuar sus estudios. Así fue como se mudaron a Punta del Este. Pero la vida en un edificio lleno de amenities no encajaba demasiado con su forma de ser. Después de años de austeridad en el Polonio, se aburrieron rápidamente y empezaron a recorrer el balneario antes de que venciera el alquiler.
Fue entonces cuando encontraron el espacio donde hoy funciona Pueblo Narakan. Estaba completamente abandonado: cubierto con maderas, con pastizales de más de dos metros, techos faltantes y prácticamente sin mantenimiento desde hacía más de doce años. En otro tiempo había funcionado allí un restaurante muy de moda, pero llevaba años cerrado.
Para muchos podía ser un lugar descartable. Para ellos fue amor a primera vista. A pesar de no contar con los recursos suficientes, decidieron arriesgarse.
“Entramos y nos enamoramos de lo que ahora llamamos la cava, un subsuelo lleno de historias. Había algo especial en ese lugar, una magia particular. Siempre tuvimos cierta inclinación por recuperar espacios con historia y devolverles vida”, cuenta Juliana.
Foto: cedida a Montevideo Portal
La decisión también tenía que ver con sus propias historias. Tanto Mariano como Juliana provienen de familias muy vinculadas al arte y crecieron viendo cómo los espacios podían transformarse en lugares de encuentro y creación. Mariano es músico y productor; tuvo su propia banda, su padre también es músico y su madre fue actriz. Juliana, por su parte, pasó buena parte de su infancia en la casa de su abuelo, fotógrafo, pintor y escultor, donde se reunían músicos, escritores y pintores.
La falta de recursos los llevó, además, a aprender nuevos oficios. Mariano aprendió a soldar y construyó buena parte del mobiliario con el que abrieron el lugar. Recorrer chatarrerías en busca de objetos que pudieran recuperarse se transformó en un paseo habitual. Poco a poco, aquel espacio abandonado empezó a tomar otra forma.
La estructura de pueblo pequeño y su particular encanto terminaron inspirando el nombre. Fueron unos amigos del Cabo Polonio quienes propusieron llamarlo Pueblo Narakan y, con el tiempo, el proyecto fue encontrando su identidad.
“Desde el principio quisimos que hubiera un lugar para los artistas locales, donde pudieran expresarse y encontrarse con el público. Al mismo tiempo, hacer solamente una sala cultural no era económicamente viable para nosotros y la gastronomía apareció como una forma de darle sustentabilidad al proyecto. Ahí aparecieron la cocina, la cava, los distintos espacios y actividades”, explica Juliana.
Foto: cedida a Montevideo Portal
Ese equilibrio entre lo que querían construir y lo que los números permitían fue siempre uno de los desafíos. Hoy lo sigue siendo, aunque las circunstancias hayan cambiado.
“Mariano, que es el motor de Pueblo Narakan, tuvo un ACV muy grave y desde entonces nuestra vida cambió radicalmente. Yo sigo acompañándolo y, al mismo tiempo, tratando de sostener todo lo que construimos. No es fácil, pero también aprendimos algo desde el comienzo: muchas veces, cuando parecía que no se podía, encontramos la forma”, expresa Juliana con emoción.
Y la historia terminó siendo mucho más grande de lo que aquella primera grilla de artistas podía anticipar. Por el escenario de Pueblo Narakan pasaron artistas uruguayos y argentinos de distintas generaciones, entre ellos Nito Mestre, Fabiana Cantilo, Hilda Lizarazu, Lito Vitale, Lito Nebbia, Fernando Cabrera, Ana Prada, Hugo Fattoruso, Lisandro Aristimuño, La Catalina, Falta y Resto, María Creuza, Raúl Lavié, Nacha Guevara, Adriana Varela y Florencia Núñez.
La música es parte del ADN del lugar, y la elección de los invitados tiene mucho de intuición: escuchar, conocer artistas, descubrir propuestas y también atender a lo que el público va pidiendo. Con el tiempo, Narakan empezó a abrirse a otras expresiones, como el teatro, la pintura, los talleres y el coro, siempre en la búsqueda de mantener la diversidad y de que cada propuesta tenga algo para decir y sentido dentro de la identidad del espacio. En este sentido, Narakan se convirtió en el lugar en el que la artista Sofía Andreozzi tiene su atelier y taller de marcos.
Foto: cedida a Montevideo Portal
“Lo que nos sorprende es todo lo que fue naciendo alrededor del lugar. Hay algo que hoy siento especialmente cercano: el Coro Naranja, que dirige Fede Wolf, un gran músico y amigo que conocimos en Cabo Polonio cuando participó en Música Bajo las Estrellas. Con el tiempo, el coro se convirtió en mucho más que una actividad, y hoy siento que es parte del corazón de Pueblo Narakan”, dice Juliana.
Algo similar ocurrió con Ñu, el proyecto de Santiago Vázquez. Se presentó por primera vez y nunca terminó de despedirse: desde hace tres años forma parte de la vida de Narakan todos los lunes.
“Se fue convirtiendo en un encuentro muy querido, tanto para nosotros como para muchas de las personas que nos acompañan. Hoy el ciclo está haciendo una pausa y volverá en diciembre”, adelanta.
La idea original era sencilla: construir un lugar donde pasaran cosas. Con los años, la frase terminó convirtiéndose casi en una definición. Ahora, aún en medio de una etapa de reorganización, ya trabajan en nuevas propuestas para los próximos meses y la temporada.
Foto: cedida a Montevideo Portal
Una de ellas es Narakan Jam Session – Soul, Funk, Neo Soul, R&B y Fusión, un espacio pensado para el encuentro y la improvisación entre músicos locales, artistas que estén pasando por Uruguay y el público.
“Eso también nos entusiasma: aun en momentos en los que la vida nos obliga a reorganizarnos, siguen apareciendo ideas nuevas”, reflexiona Juliana.
Quizás ahí esté una de las claves para entender qué hace diferente a Pueblo Narakan. No se trata solamente de una sala de espectáculos, un restaurante o una cava. Tampoco de un espacio que simplemente recuperó una construcción abandonada. Con el tiempo, fue construyendo una comunidad alrededor de la música, la gastronomía, el arte y el compartir.
“Quizás por eso lo llamamos Pueblo Narakan – Aldea de Sentidos. Porque queremos que cuando alguien llegue no solamente escuche música o venga a comer, sino que pueda sentir, descubrir una historia o incluso a sí mismo”, asegura Juliana.
Y después de todo lo que pasó desde aquel festival improvisado en Cabo Polonio, la frase parece resumir mejor que ninguna otra lo que terminó siendo aquel proyecto familiar: “Narakan no es solamente un lugar: es una historia de personas que se fueron encontrando”, concluye.
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