Por Q.F. Bernardo Borkenztain
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Hace poco me reencontré con un fragmento (extenso) del "PÉNDULO DE FOUCAULT" del gran Umberto Eco que reproduzco en parte , ya que tiene interés en la situación actual.
Nos permite analizar una situación actual que es preocupante: por qué tanta voz sin sentido tiene un papel preponderante en los medios respecto de temas científicos, para los que se debe - sí o sí - estar calificado para opinar.
Lo primero que el Maestro nos indica es que, en materia de sostener opiniones equivocadas de manera militante, el mundo está habitado por cuatro tipos de personas, las del título, y las caracteriza.
Lo importante es una aclaración que hace, y es que nadie está libre, de tanto en tanto, de volverse contingentemente una de ellas, pero hay quienes abusan y se ponen el sayo como si fuera un uniforme. Y nos referimos, por supuesto, a esa raza tan de moda que son los pseudocientificistas en todos sus sabores: conspiranoicos, cloridiotas, antivacunas, terraplanistas y gente que come helado de menta granizada.
Haciendo gracia del primero, que no tiene interés por su propia impericia, veamos primero al imbécil, que Eco describe como un comportamiento social.
El imbécil ha visto algunos videos de YouTube, y como ignora lo más mínimo de la lógica, confunde los términos de un razonamiento, veamos el ejemplo:
"...El imbécil no dice que el gato ladra, habla del gato cuando los demás hablan del perro. Confunde las reglas de conversación, y cuando las confunde bien es sublime. Creo que es una raza en extinción, un portador de virtudes eminentemente burguesas..."
Lo que vemos es que se trata de un individuo que "razona fuera del recipiente", y mezcla los argumentos, y por eso si el tema son las vacunas sale con argumentos negacionistas de la pandemia, o con apología de la lavandina, pero invariablemente su impericia lo hace caer en el humor involuntario. El imbécil se cree un gladiador por la verdad, pero es un bufón de corte.
Sigue el estúpido, este es más peligroso, veamos:
"...El estúpido no se equivoca de comportamiento. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran. El estúpido incluso puede decir algo correcto, pero por razones equivocadas.
(...)
Es un maestro del paralogismo. Se publican muchos libros escritos por estúpidos, porque a primera vista son muy convincentes. Un estúpido puede llegar incluso a ganar el premio Nobel. La estupidez nos rodea. Y quizá para un sistema lógico diferente nuestra estupidez sea sabiduría..."
Eco utiliza un sarcasmo de elevada acidez, y desliza una crítica a la academia, a la que personas como Alan Sokal le dan además soporte fáctico.
Vemos que el estúpido directamente no sabe de lo que habla "razona fuera del recipiente", parafraseando el dicho popular, y el razonamiento respecto del ladrido de los gatos es muy descriptivo de prácticamente todos los argumentos negacionistas o antivacunas (1).
Leer o escuchar a personas que no saben nada de ciencia despotricando sobre las pruebas PCR (sin tener idea de lo que es un primer o un sistema detector) genera esa mezcla de diversión y miedo de las películas de zombies: una horda de entidades no pensantes o pseudopensantes que se propaga en forma de enjambre, movida solo por la mecánica de una manada. Una lástima que todos esos cerebros con el nailon de fábrica no se puedan transplantar y servir para algo...
Quedaría el loco:
"...Al loco se le reconoce enseguida. Es un estúpido que no conoce los subterfugios. El estúpido trata de demostrar su tesis, tiene una lógica, cojeante, pero lógica es. En cambio, el loco no se preocupa por tener una lógica, avanza por cortocircuitos. Para él, todo demuestra todo. El loco tiene una idea fija, y todo lo que encuentra le sirve para confirmarla. Al loco se le reconoce porque se salta a la torera la obligación de probar lo que se dice; porque siempre está dispuesto a recibir revelaciones..."
Acá vemos fácilmente a los cloridiotas, con su culto a la personalidad del farsante Kalcker, o con sus aburridísimas recopilaciones que parecen sacadas de Macbeth: "llenas de ruido y furia y que significan nada".
Es interesante ver que el loco es un mono con revólver, no sabe nada, ni el tema que quiere defender, ni mucho menos las reglas de la ciencia o la lógica o la argumentación. Es poco frecuente que le den espacio, pero eso le da material para llorar y patalear porque le están negando atención porque le tienen miedo a su verdad.
Lo que sí ocurre, es que, en especial imbéciles y estúpidos son buenos para el show mediático, y muchos programas de los medios principales les dan cabida, porque en sus arrebatos de "espantaviejsimo" son entretenidos y venden electrodomésticos y champús, pero el crimen imperdonable es que no se los presente como los payasos que son, sino como "voces disidentes" o "discursos alternativos" al "oficial" como si un abogado que se tira a una piscina o un falso profesor de universidad brasileña tengan el nivel o la autoridad para discutir o refutar a científicos de verdad.
Lo anterior no implica que no digan de vez en cuando cosas atendibles (los locos no, insisto) pero lo hacen por casualidad o con fundamentaciones erróneas, lo que lo hace aún más peligroso, porque no son capaces de sostener en el tiempo esas afirmaciones.
Esta gente es cazadora de clicks y atención, por eso siempre tienen que subir la apuesta de la agresividad y (lo que ellos entienden como) sarcasmo, pero si bien ese es el juego válido de las redes, es un pecado inadmisible para los periodistas.
Los periodistas tienen la obligación de verificar lo que van a emitir, y no es aceptable de modo alguno que presenten gente con historiales rimbombantes que no validan y luego - invariablemente - se caen. Esto es culpa de la prensa.
No es excusa que se tengan que "escuchar todas las voces", eso no se puede hacer. Es un argumento terriblemente falaz que cualquiera sea equivalente al que sabe en materia de ciencia, no se puede cometer el error de pensar que, porque todos somos personas igualmente valiosas en nuestra dignidad humana, eso se transmite a nuestras opiniones. No. De ningún modo. Nunca.
Así que ahora tenemos un nuevo argumento, cuando veamos a un señor desaforado con un megáfono en una mano y un bidón de lavandina en la otra, podemos jugar a ver si es cretino, idiota, estúpido o loco...
(1) Salvo las mentiras flagrantes como el chip en la vacuna o que escribe el ADN del paciente. Eso son estupideces que no tienen sustento.
Por Q.F. Bernardo Borkenztain
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