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El Vístula desemboca en el Plata

De Gdansk a Montevideo: vida de una polaca en “la tierra prometida que no prometió nada”

Hablamos con Kinga Eysturland, autora de un libro acerca de Montevideo con el que quiere dar a conocer nuestro país en el suyo.

28.08.2026 08:06

Lectura: 20'

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Por Gerardo Carrasco
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La ciudad polaca de Gdansk tiene una historia particular.

Desde fines del siglo XVIII estuvo en manos de Prusia y luego, por herencia, de Alemania. Incluso tras la Primera Guerra Mundial, cuando se configuró la moderna Polonia, los alemanes lograron conservarla como un enclave, una suerte de quiste germano en territorio polaco.

En esa ciudad nació en 1927 el escritor Günter Grass, Premio Nobel de Literatura, a quien le tocaron tiempos turbulentos. Unir a Gdansk —Danzig, en alemán— con el resto de Alemania fue uno de los primeros objetivos de la invasión nazi de 1939. En sus memorias, Grass recuerda que el asustado y pacífico alcalde se subió al tejado del ayuntamiento con unos binoculares y dos banderas —una alemana y otra polaca— dispuesto a izar la misma que llevaran las primeras tropas que se asomaran.

A Kinga Eysturland, nacida en Gdansk en 1985, no le tocó padecer la guerra, pero también debió afrontar tiempos turbulentos. En la segunda mitad de los ochenta, el régimen comunista daba sus últimos corcovos, que eran capaces de estremecer al más plantado: crisis económica, ley marcial y revueltas populares marcaron aquellos años.

Kinga lleva más de una década viviendo en Uruguay, pero habla poco español. Por ello, la presente entrevista fue hecha en inglés, con algunos momentos de concesión al más uruguayo idioma español. La entrevistada aclara que su elección de idioma no se debe a ninguna excentricidad o testarudez, sino a una cuestión de piel.

“No es un idioma que haya querido aprender nunca. Creo que es mucho más fácil si encuentras la belleza en el idioma y luego lo aprendes porque te gusta cómo suena, pero nunca tuve esa relación con el español, con ningún tipo de español, no es el rioplatense, es cualquier tipo de español”, explica.

Por ello, aunque la vida en Uruguay la obligó “a aprender español a un nivel que pueda sobrevivir”, no espera ir más allá. “He aceptado el hecho de que nunca alcanzaré el nivel profesional del español y tengo que afrontarlo”, señala.

Pasión boreal

Cuando Kinga salió a recorrer el mundo, sus primeros destinos estaban muy lejos del país que acabaría por adoptarla.

“Siempre me ha atraído mucho el norte, especialmente Islandia; fue mi país favorito de todos los tiempos.  Así que, cuando tuve que elegir mis estudios, opté por estudios escandinavos. Desgraciadamente, aprender islandés en Polonia no era una opción en aquel entonces, pero pensé que, como Islandia fue una colonia danesa durante muchos años, podía elegir el danés como idioma principal”, recuerda.

“Luego, tuve mucha suerte, porque Dinamarca invierte mucho dinero en quienes quieren aprender danés, así que pasé la mitad de mis estudios en Dinamarca con diferentes becas. También terminé mi máster en Dinamarca, estudié materias locas que no se pueden estudiar en la mayoría de los sitios, como lengua esquimal”, cuenta sonriendo.

Un amor celeste

En 2010, mientras estaba en Copenhague, Kinga se cruzó con quien se convertiría en su esposo: Ivan Eginsson Eysturland, un ruso radicado en las Islas Feroe que, según recuerda Kinga, solo dos semanas antes de conocerla había comprado una casa en el archipiélago.

Quizá el nombre de Ivan Eginsson Eysturland no le suene a muchas personas en este lado del mundo, pero de seguro sí lo individualizarán si se lo menciona como “el hincha uruguayo de las Islas Feroe”, nombre con el que se hizo popular durante el Mundial de 2014, e incluso protagonizó una recordada publicidad para una tarjeta de crédito. Fue el amor por Iván —quien llegó a ser cónsul de nuestro país en Islas Feroe— lo que trajo a Kinga hasta el paisito.

“La primera vez que vine a Uruguay fue en 2012, y no me gustó nada. Creo que la culpa fue de Iván, porque me contó historias sobre la Suiza de Sudamérica. Entonces mis expectativas estaban muy altas”.

“Nos casamos en 2013, tuvimos una boda muy interesante, porque la fiesta oficial estaba en Polonia y la boda fue en Rusia el mismo día, en Kaliningrado”, enclave ruso sobre el Báltico, con frontera con Polonia, pero separado del resto del territorio de Rusia, “sobre todo porque el padre de Iván no tenía visado europeo”.

Así las cosas, la boda se celebró en dos etapas y en sendos países.

“Creo que fui la única novia en la historia de esa frontera. La crucé vestida de novia, así que todos los contrabandistas me miraban como locos, quizá pensaban que era una nueva forma de contrabandear cigarrillos o alcohol, o algo así”, cuenta con humor.

Luego la pareja siguió su vida en Feroe. “Abrimos un negocio turístico, una pequeña casa de huéspedes, y desde entonces ha ido muy bien”, apunta.

Esa casa de huéspedes sigue funcionando y Kinga e Iván la administran desde Uruguay y también en sus frecuentes viajes a Europa. “Seguimos trabajando, sobre todo con turistas polacos, y ha sido algo muy, muy exitoso, así que realmente no quiero terminarlo”, subraya. Sin embargo, su nueva vida en Uruguay ha hecho que ese emprendimiento comparta tiempo con otras prioridades.

Mala primera impresión

“La primera vez que vine a Uruguay fue en 2012, y no me gustó nada”, reconoce, y atribuye esa decepción inicial a la “manija” de su esposo, un entusiasta de nuestro país. “Creo que la culpa fue de Iván, porque me contó historias sobre la Suiza del sur de América. Entonces mis expectativas estaban muy altas, y la realidad fue, por supuesto, mucho menor”, expresa con honestidad.

En 2014, un año después de su boda transfronteriza, la vida de la pareja experimentaría un giro: fue entonces cuando la compañía crediticia OCA lanzó una campaña que tenía a Iván como personaje principal. Así, y de la noche a la mañana, el hincha uruguayo de las Islas Feroe se convirtió en una celebridad.

“Conocimos a mucha gente durante toda esta locura de OCA, a muchos uruguayos interesantes; algunas personas incluso vinieron a visitarnos en las Islas Feroe y, por supuesto, Iván se hizo extremadamente popular”, cuenta.

Esa fama decidió el destino de Kinga e Iván, al menos hasta el momento.

“Fue un cambio radical, y por eso ni siquiera consideramos a otros países para mudarnos, más allá de Uruguay.  En 2016 compramos un apartamento en Montevideo, en Buceo, y fue en ese momento cuando empezamos a pasar los inviernos europeos en Uruguay.  Veníamos aquí en enero, después de Año Nuevo, y nos quedábamos hasta principios de abril. Éramos pájaros de nieve”, explica.

Tambores de guerra

Esa idílica vida de golondrinas se resquebrajó a principios de 2022, cuando Rusia lanzó su “operación militar especial” contra Ucrania, conflicto que perturbó la paz que reinaba en Europa desde los años noventa y cuyo fin todavía no se vislumbra.

“Debido a la situación geopolítica en Europa decidimos mudarnos definitivamente a Uruguay y trasladar aquí el centro de nuestra vida”, explica.

Si bien la situación de Dinamarca o de las Islas Feroe no es particularmente compleja, para ellos Europa se convirtió en un “barrio complicado”.

Además, “las Islas Feroe están muy aisladas, así que dependemos mucho de cadenas de entregas. Basta con que un barco no traiga comida durante un mes y tienes un problema de verdad”, explica. Y en un escenario peor, en el que se produjeran dificultades frecuentes para abastecerse desde el continente, la situación se complicaría mucho. “Sin gasolina, sin comida, y en las Islas Feroe estamos de inmediato de vuelta en la Edad Media”, ejemplifica.

Se agranda la familia

“Entonces decidimos mudarnos aquí, y otro factor para decidirlo fue que yo estaba embarazada de nuestra primera hija. Pensamos que nuestra hija podría ser un ‘bebé ancla’ para nosotros, y decidimos aprovechar el hecho de que los niños nacidos en Uruguay se convierten automáticamente en ciudadanos uruguayos”, algo que, aunque a los uruguayos nos resulte extraño, no sucede en todos los países.

“Cuando nació nuestra primera hija, Nuria, pudimos solicitar una residencia en Uruguay, y fue un camino más fácil, con menos documentos. Luego, un año después, en 2024, nació Frida, así que tenemos dos uruguayas en casa”, narra.

“De verdad aprecio a la gente. La gente aquí es muy amable, servicial y humilde. Y los inviernos uruguayos son prácticamente veranos feroeses, me encanta el tiempo de aquí”.

Hoy, con una familia formada en Uruguay, aquella mala impresión del año 2012 parece haberse suavizado. “Ahora mismo, por lo que puedo decir, me gusta mucho estar aquí, me gusta mucho Uruguay”, asegura, y dice que su afición por su patria adoptiva puede que hoy supere a la de su marido, que visita Uruguay desde 2008 y conoce el país por completo.

"Me gusta mucho Montevideo, creo que más que a Iván”, aunque él está contento, porque  “le encanta el fútbol y sigue apoyando mucho a la Celeste. Ahora está feliz, porque puede ir caminando hasta el Estadio Centenario, sin tener que tomar un vuelo de 24 horas”, ríe.

En contrapartida, el hincha feroiano ha tenido que hacer concesiones al carácter de sus nuevos amigos. “Iván no es una persona muy sociable, y para él la forma de ser uruguaya es muy extrovertida. Toda la parte de los besos y de la charla lo deja agotado”, explica.

Pese a esos pequeños cambios en el estilo de vida, casi obligatorios para cualquiera que emigre, Kinga y su esposo están más que dispuestos a afianzar su vida por estos lares.

“Me siento genial en Uruguay, y realmente quiero quedarme aquí. Creo que antes de que nuestra hija mayor vaya al colegio tendremos que elegir si nos quedamos aquí o nos mudamos de nuevo a los Feroe, pero espero que podamos quedarnos aquí”, dice.

Mostrar todo el Uruguay

Actualmente, Kinga trabaja como operadora turística especializada con sus compatriotas polacos. Tiene un socio en su país natal y con él gestionan visitas en las que los viajeros tienen la oportunidad de conocer Uruguay, más allá de lo que muestran las postales.

“Si solo conoces Punta del Este, no conoces Uruguay, solo conoces un pequeño trozo de Uruguay”, afirma. Por ello, los grupos de turistas polacos guiados por Kinga conocen lugares muy diversos de la geografía uruguaya, generalmente dejados de lado por los tours convencionales, como el Chuy o la ciudad de Canelones. Y, obviamente, Montevideo, ciudad a la que le dedicó el libro que motivó el presente reportaje, y con la que tiene una relación compleja.

“Amor tóxico”

“Montevideo no se muestra de inmediato. No ofrece un amor fácil. No seduce a primera vista. Requiere paciencia, tiempo y aceptar que no todo resultará bello y cómodo. Hubo momentos en que me dije a mí misma que nunca más, en los que empaqué mi maleta y me repetí que definitivamente este no era el lugar para mí. Pero seguí volviendo. Porque Montevideo no es como un amante apasionado, sino más bien una relación complicada. Puede ser tóxica, pero también emocionante.

Con el tiempo, he llegado a aceptar sus defectos. Incluso he llegado a querer algunos. Todavía estoy lidiando con otros. Vine aquí como experta en Escandinavia. El mundo latino me resultaba ajeno, y el español sonaba como un torrente de sonidos desconocidos. ¿Y Uruguay? Terra incógnita. Hoy, Montevideo es mi hogar. Una ciudad que me transforma y que aún logra sorprenderme, a veces de forma deslumbrante, otras veces de forma dolorosa”.

Esas palabras forman parte del libro Reportaz z Montevideo Miasto, które smakuje yerba mate, que podría traducirse como Informe desde Montevideo, una ciudad que sabe a yerba mate, y que Kinga lanzó meses atrás en Polonia.

Interrogada acerca de cómo sigue ese “amor tóxico”, Kinga admite: “tengo que decir que Montevideo me compró al final”, y recuerda que su desilusión inicial se debió en buena medida a que “quizá esperaba a Monte Carlo aquí, y había lo que había, pero tengo que decir que Montevideo ha cambiado mucho a lo largo de los años. Ante mis ojos, ha cambiado para mejor, creo que está más limpio, mucho mejor”, sostiene.

Para Kinga, la ciudad posee “muchos edificios modernos” que resultan atractivos, pero su principal debilidad radica en lo opuesto: la conservación del patrimonio histórico.

“Lo que me duele, y escribo sobre esto en el libro, es la Ciudad Vieja ¿Por qué? Porque en Europa, y especialmente en Europa del Este, de donde soy, puedes tener la ciudad más fea, la ciudad más industrial y más fea, pero el casco viejo siempre es bonito, está bien financiado y más limpio, listo para recibir turistas. Y aquí tengo la impresión de que es justo lo contrario: es peligroso de noche, muchos edificios se están cayendo a pedazos, y se nota que necesita inversión. Y todo ello es indicador de que muy pocos montevideanos querrían vivir allí”, cuenta.

¿Por qué aquí?

Cuando se le pregunta por qué vivir en Uruguay hoy puede ser una buena idea para un europeo, Kinga ofrece respuestas que van más allá de la pasión celeste de su esposo.

“Creo que la mayor ventaja ahora es que está lejos. Está muy lejos de los conflictos globales y, aun así, tiene un aire muy europeo occidental”.

Por ello, si la idea es alejarse de los sitios geopolíticamente calientes, “mantener tu forma de vida europea y solo cambiar el continente, Uruguay es un buen lugar para estar”. Y esa tranquilidad tiene, literalmente, su precio. “Es caro, pero es un precio que pagas por la seguridad y la paz de aquí. Pagas un alto costo de vida, pero al menos no tienes que preocuparte por las bombas atómicas ni por Putin o Trump ni nada de eso”, resume.

“Así que creo que por eso es una parte del mundo muy, muy atractiva, especialmente para los rusos”, quienes tras la invasión de su país a Ucrania “se encontraron en una situación en la que el mundo se cerró para ellos. De repente, no eran bienvenidos en Europa ni en Estados Unidos”, señala. Y si bien existen alternativas en Asia o África, “Uruguay es definitivamente la mejor opción, la más segura y familiar para un europeo”.

Un paisaje tras las rejas

“Aquí, la seguridad se mide en centímetros de barrotes, la altura de los muros y la longitud del alambre de púas. Para los forasteros, es un precio extraño que pagar por dormir bien. Para los residentes, es algo habitual”, se lee en las páginas del libro de Kinga.

“Por supuesto, puedes encontrar gente mala por todas partes, gente que intenta hacerte daño y robarte, eso es en todas partes”, insiste la autora, destacando que los problemas de seguridad no son un problema exclusivamente uruguayo ni mucho menos.

“Nunca me ha pasado nada malo, ni en Uruguay ni en otros países sudamericanos, y estuve en todos ellos, salvo Venezuela y las Guayanas”, apunta.

“No me preocupa tanto, solo intento ir a lo seguro. No voy a barrios arriesgados, no ando con oro encima ni nada por el estilo”, cuenta. Sin embargo, tomar medidas para evitar un problema deja en evidencia que este existe.

“Los barrotes en las ventanas son un muy buen indicador de que la gente tiene miedo”, concluye.

Suizos, finlandeses y muertos

En Uruguay está arraigada la idea de que somos o fuimos “la Suiza de América”, un mito que no resiste mayores revisiones. Sin embargo, desde fuera no siempre nos comparan con ese país.

En su libro, Kinga recoge la opinión de un danés conocido suyo, que nos definía como los finlandeses del sur, idea que no le parece descabellada.

“Es caro, pero es un precio que pagas por la seguridad y la paz de aquí. Pagas un alto costo de vida, pero al menos no tienes que preocuparte por las bombas atómicas ni por Putin o Trump ni nada de eso”.

“Los uruguayos son como los finlandeses de Sudamérica. Hay algo de cierto en ello. Son tranquilos, algo reservados, observan la realidad desde la distancia. No tienen prisa. Prefieren esperar a que las cosas se resuelvan por sí solas antes que tomar cartas en el asunto. De hecho, se considera a los finlandeses como el pueblo nórdico más introvertido”, explica.

Sin embargo, esa tranquilidad e introspección puede esconder algo dramático.

“La mitología nacional es una combinación de éxitos históricos y futbolísticos, pero, más allá de los mitos también existen récords menos gloriosos: suicidio, autolesiones, trastornos psicosomáticos y abuso de sustancias”, se lee en la obra.

Para abordar ese tema, Kinga dialoga con la psiquiatra Adriana Suárez Ceretti, una de las varias entrevistadas del libro. Consultada acerca de las elevadísimas tasas de suicidio que presenta nuestro país, la profesional apunta a diversos factores, y entre ellos la carga económica: Uruguay es uno de los países más caros del mundo para vivir y los salarios son relativamente bajos.

A Kinga, vivir en Uruguay le enseñó que la “relajación” que parece imperar en los uruguayos “es una fachada, y detrás de esa fachada descubrí que la gente está bastante estresada. Creo que sobre todo por el costo de la vida. Si quieres tener un nivel de vida decente, realmente tienes que trabajar duro. Necesitas tener dos o tres trabajos o ingresos pasivos o algo así, porque es muy caro”, opina.

En caso de no lograr esos ingresos “vives con tus padres o apenas llegas a fin de mes. Así que creo que esta es la principal fuente de estrés. Y también la falta de perspectivas en el interior, por ejemplo”.

En ese sentido, Kinga entiende que en Montevideo la situación puede ser más llevadera, “porque el mercado laboral es el más grande del país, pero creo que si estás en el interior y no puedes salir de allí, entonces parece que estás atrapado”, dice.

Esa tragedia suena como una nota desafinada en el concierto de la tranquilidad nacional.

“La Suiza de Sudamérica frente a la crisis de salud mental que afecta a los finlandeses sudamericanos. Una contradicción que convierte a Montevideo en un espejo de doble cristal: liso por fuera, agrietado por dentro”, escribe Kinga en su libro.

Uruguayos en las rocas

“Lo que también me sorprendió fue saber que Uruguay ocupa el segundo lugar mundial en consumo per cápita de whisky. Me quedé en shock”, cuenta.

“Vengo de un país muy bebedor, de una cultura muy bebedora. En Polonia, si no bebes, la gente piensa que algo anda mal contigo, conozco muy bien ese trasfondo relacionado con el alcohol”, dice. Sin embargo, se le hace difícil entender que los uruguayos elijamos, dentro del vasto universo de bebidas alcohólicas, un destilado potente como lo es el whisky.

“Aquí no está la excusa del frío, así que, chicos, deberían ser los primeros en beber cerveza, no whisky”, bromea, pero no demasiado. “Aun así, creo que esto es realmente alarmante”, advierte.

Un país y su gente

Interrogada sobre qué es lo que más le gusta de Uruguay, Kinga no duda.

“De verdad aprecio a la gente. La gente aquí es muy amable, servicial, humilde”, asegura. Y también el clima uruguayo se lleva las palmas. “Los inviernos uruguayos son prácticamente veranos feroeses, me encanta el tiempo de aquí”, dice.

“Los uruguayos son como los finlandeses de Sudamérica. Son tranquilos, algo reservados, observan la realidad desde la distancia. No tienen prisa. Prefieren esperar a que las cosas se resuelvan por sí solas antes que tomar cartas en el asunto”. 

Además, el producto de exportación más famoso del país también ocupa su lugar en los gustos de la autora.

“La carne es increíble. No soy vegetariana ni creo que llegue a serlo nunca, me encanta la carne”, dice con insistencia.

“Echo de menos el pescado, pero lo como cuando voy a las Feroe, así que trato de equilibrarlo. Y, por supuesto, me gusta el vino, me gusta el tannat. Como estuve embarazada durante muchos meses, no podía beber, pero ahora puedo y en verdad amo al tannat. Y me gusta el dulce de leche”, enumera.

En cuanto al hecho de criar a dos niñas en Montevideo, Kinga no ve ningún problema.

“Creo que es un buen lugar para niños en general, pero sería mejor si tan solo la naturaleza estuviera un poco más cerca”, opina.

“Por otro lado, Ciudad de la Costa o el parque Roosevelt están a solo media hora en coche, y allí puedes sentirte más rodeado de naturaleza. Además, ahora mismo veo que la ciudad está invirtiendo en muchos parques infantiles, y mis hijas están muy, muy felices de estar aquí”, dice.

Mostrarnos afuera

En cuanto a la idea de escribir Informe desde Montevideo, una ciudad que sabe a yerba mate y su objetivo, Kinga explica que “el libro fue escrito para una editorial en la que trabajé antes en Polonia. Es mi quinto libro. Antes, escribía principalmente sobre las Islas Feroe y los países nórdicos”, cuenta.

“Así que esto es algo completamente diferente, porque mi público en Polonia realmente no me asocia con el mundo latino, con Sudamérica. Pero pensé, ‘bueno, ya que ahora estoy aquí, también quiero que la gente conozca este lado mío, porque es quién soy ahora’. Además, hay muy, muy poca información disponible sobre Uruguay o Montevideo en polaco”, afirma.

En la tierra natal de Kinga, nuestro país "sigue siendo muy anónimo. La gente apenas asocia a Uruguay con algo, salvo quizá el fútbol", y ese deporte, que encanta a su esposo, no es precisamente una de las pasiones de la autora.

“Oí nombrar a Peñarol y Nacional por primera vez cuando vine a Uruguay. Punta del Este es completamente desconocida en Polonia, porque en Europa, ya sabes, oímos hablar de Saint-Tropez, Mykonos o Mónaco, lo que sea”, detalla.

Por todo ello, Kinga decidió escribir un libro para contribuir al conocimiento de Uruguay entre la gente de Polonia. “Sé que no será un superventas, porque no todos están interesados en esta parte del mundo. Pero al menos quienes lo están tienen por fin alguna fuente de información”, explica, y señala que su libro incluye “muchas fotos bonitas”, la mayoría tomadas por ella misma.

“Estoy muy contenta de poder contar la historia de Montevideo a un público que nunca había tenido la oportunidad de leer sobre esta maravillosa ciudad”, afirma entusiasmada.

Los que vinieron de los barcos

La obra también cuenta con testimonios diversos, que aportan puntos de vista enriquecedores al relato: entre ellos aparecen otros migrantes polacos, como Karolina Marczewska, quien se hizo famosa como “la polaca de Omar Gutiérrez”, y que continúa viviendo en Uruguay, alejada del mundo de la TV. O Juan Pablo dos Santos Falcón, un abogado que desempeña tareas en Presidencia de la República y que, pese a que sus apellidos no lo sugieren, tiene sus raíces en Polonia y cuya abuela paterna todavía vive en Montevideo.

Esos inmigrantes, que llegaron desde diversos puntos del planeta, y que hoy llegan desde nuestro propio continente “tuvieron que reconstruir su vida desde cero. Pero se arriesgaron y fueron lo bastante valientes para dejar lo conocido por lo desconocido, y muchos de ellos tuvieron éxito”, afirma.

Para Kinga, ese origen multicultural es una de las señas de identidad de la capital más austral de América, y lo deja claro en un elocuente párrafo de su obra.

“Hoy, Montevideo es una ciudad construida sobre la historia de su gente, su valentía, su arduo trabajo y su voluntad de sobrevivir. Sus calles están impregnadas del aroma de la gastronomía de diversas naciones. Es una ciudad de retazos, un mosaico, un rompecabezas. Una tierra prometida que nunca prometió nada, pero que para muchos resultó ser su última —y única— oportunidad”.

Por Gerardo Carrasco
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