Contenido creado por María Noel Dominguez
Noticias

En sus palabras

De Cabo Polonio a Kiyú: las historias escondidas detrás de los balnearios uruguayos

Archivo, leyendas y memoria viva: Victoria Varela reconstruye naufragios, faros, fortalezas y personajes que marcaron los balnearios.

08.02.2026 09:00

Lectura: 14'

2026-02-08T09:00:00-03:00
Compartir en

Por María Noel Domínguez

Con Balnearios I ya instalado como un fenómeno editorial —va por la cuarta edición—, Victoria Varela vuelve con Balnearios II, una segunda entrega que retoma la fórmula que sedujo a miles de lectores: crónica + investigación, cultura popular + archivo histórico, leyendas + entrevistas, y ese tono que transforma cada lugar en un relato con capas.

Esta vez, el mapa se expande y corrige un “debe”: Rocha ocupa el centro de la escena y el libro abre con Cabo Polonio, un territorio que Varela revisitó después de años y que —dice— la “maravilló” por su analogía, sus nombres, sus secretos y su acumulación de historias. La autora habla de más de 20 entrevistados y un trabajo que llevó dos años, viajando no solo a balnearios, sino también a pueblos y zonas aledañas para reconstruir memorias que, si no se registran ahora, corren el riesgo de desaparecer.

Estás con Balnearios II y con el éxito de Balnearios I, que además tiene otra edición. ¿Cómo se conjuga todo? ¿Es “el momento Balnearios”?

Muy feliz, porque Balnearios I va en la cuarta edición. Y ahora trabajando para que Balnearios II también sea igual de exitoso y que los lectores tengan interés por leerlo.

Me acuerdo de cuando te entrevisté la otra vez, te quedaba material para un segundo libro, ya sabías que era una posibilidad real.

No sé si había material “sobrado”; había un debe, había cositas nuevas… Y la gente, en parte, lo estaba pidiendo.

En la primera parte están Piriápolis, Punta del Este, Solís, La Floresta, Punta Ballena… Son siete balnearios, y el único balneario de Rocha era La Paloma. Entonces, había un debe con Rocha.

Y abrís con Rocha en Balnearios II: el primer capítulo es Cabo Polonio, que es una historia maravillosa.

Sí, y un hermoso balneario. Yo hacía años que no volvía por Cabo Polonio; fui de niña y no había vuelto. Y me maravillé con las historias y con el lugar. Cabo Polonio tiene…, no sé cómo explicarlo, una analogía especial.

Lo primero que me llamó la atención es el nombre: la nominación de “Polonio”. Eso es algo que me encanta de tus libros: combinás cultura popular con información, con archivo histórico; investigás mucho, hablás con personas, sumás leyendas… y el relato se estructura con realidad y memoria.

En los dos libros hay muchísimos entrevistados. ¿Cómo fue el proceso de investigación en este segundo?

Hay muchísimos entrevistados y yo voy entrelazando lo que es la relación de los lugareños con estudiosos, en cada balneario siempre hay un estudioso.

En este trabajo, en particular, hay más de 20 entrevistados. Es un trabajo que conllevó dos años. No solo viajé a los balnearios: también a lugares aledaños. Por ejemplo, estuve en Aguas Dulces, en Castillos, en Rocha; volví a La Paloma, porque hay historias que se reconstruyen con piezas que están cerca, no solo en el punto exacto del balneario.

¿Eso te permite reconstruir capas que si no se perderían?

Totalmente. Por ejemplo, en Aguas Dulces entrevisté a Teresa Álvarez, que es hija del legendario farero de Cabo Polonio, Melinton Álvarez. Entonces no es solo “ir al balneario”, es ir a los alrededores para reconstruir la historia.

Cuando era chica viajé al Polonio con los Zucará como guía. Leí tu libro y llamé a mi madre, porque ese viaje me marcó. Era otro Cabo Polonio: agreste, conmovedor.

Qué lindo que genere cosas en el otro, porque esa es la idea.

Y, sí, yo cuento toda la historia de las excursiones rochenses. El Cabo fue un lugar del que durante mucho tiempo se supo poco, y creo que también hubo algo intencional: los lugareños querían conservarlo, reservarlo con recelo, porque era una maravilla. Hasta la década del setenta, cuando hubo una explosión del lugar.

Y en esa historia aparecen figuras clave: Julio Víctor Zucará fue de los primeros que hacían excursiones. Siempre se habla del Francés, pero la familia precursora fue la de Julio Víctor.

Yo hasta hice un guion sobre una historia que aparece en tu libro: el barco, el cuidador del barco…

¡Uy, qué bonito!

Es una historia muy conmovedora, y además en Balnearios II yo siento algo fuerte: el “sentido de comunidad”.

Eso es algo que quise priorizar. Quizás es una diferencia respecto de algunos balnearios de Maldonado, especialmente de Piriápolis, donde Francisco Piria era el dueño absoluto del proyecto: fundador, ideólogo, figura de peso…, y eso también generaba controversias, envidias, robos. Yo lo cuento: Piria peleó hasta el último momento por el Argentino Hotel.

En Rocha, en cambio, aparece más la lógica de la comunidad: todos se conocían, había un vínculo cercano y si no había ayuda y contacto, no se salía adelante.

La historia del cuidador del barco que contás es un ejemplo perfecto de eso.

Es la historia de Bolito Calimares, tío de Teresa Álvarez. Él fue el cuidador del Don Guillermo, un naufragio. Durante 30 años cuida el barco: construye una casilla de madera para estar cerca y poder cuidarlo. Pero también era una forma de contacto con los turistas, de contar…

Además era un pasaje obligado entre Valizas y Cabo Polonio: conservar esa casilla era permitir un refugio para quienes caminaban kilómetros como si nada. Hoy te dicen: “Caminá cinco kilómetros al rayo del sol y descalzo”…, imposible. Ese contacto con la naturaleza en Rocha está muy presente.

Y después está la historia de la fortaleza, que también es reveladora

La fortaleza de Santa Teresa y, sobre todo, la historia de Horacio Arredondo, que es increíble y poco conocida. Yo misma sabía poco de todo lo que hizo.

Él viaja en 1917 por primera vez con un amigo, César Ferreiro, en un Benz de 50 caballos, y arrancan mal porque el coche queda en la sierra, lo que hoy es Gregorio Aznárez. Demoran tres días en llegar a la fortaleza. Se maravilla y se entristece: ya en 1881 el doctor Melián Lafinur había escrito que la fortaleza iba a quedar tapada por las dunas.

Arredondo llega y ve el estado: los pobladores sustraían piedras para los corrales, para las casas; incluso la pila bautismal servía de comedero para chanchos. Y dice: “No. Esto no puede ser así”. Ahí empieza todo: pelear contra la burocracia, conseguir apoyos, reconstruir.

Ahí aparece el Estado, pero también el empuje personal.

Claro. Tiene aliados importantes: Baltasar Brum y Baldomir. Brum llega a Rocha y dice: “Esto tiene valor histórico”. Pero aun así casi no sale; Arredondo ponía plata de su bolsillo para viajar.

Además había otra dificultad: no había gente cualificada; no existía la carrera de arqueólogo en esos años. Tuvieron que traer obreros del exterior. Él fue muy inteligente: conserva una teja, impulsa declarar monumento histórico… Y en un momento viaja a Brasil y trae tejas de contrabando. Y lo confiesa; escribió libros en los cuales cuenta todo, como una catarsis en su diario personal de obstáculos y estrategias. Gracias a esa obstinación hoy existe lo que la gente a veces cree que “ya estaba”.

Cabo Polonio tiene una analogía especial. Me maravillé con el lugar y con sus historias

Ese hilo del esfuerzo y el sacrificio atraviesa otras historias del libro.

Sí, en general. Por ejemplo, en Cabo Polonio están las familias de los primeros veraneantes: Pertuzzo y Luna. Entrevisté a Pablo Enrique Pertuzzo, hijo de Juan Carlos Pertuzzo. Cuenta que en esos primeros tiempos veranearon desde 1937 hasta los cincuenta y pico, y aún conservan amistad: un lazo construido en condiciones durísimas.

En el faro, por ejemplo, la única forma de saber qué pasaba en el mundo era la comunicación del farero de Cabo Polonio con el farero de La Paloma a las 11 de la mañana y a las 5 de la tarde. Era una burbuja.

Y aparecen anécdotas hermosas: Melinton Álvarez les enseñaba a hacer piteras para fumar tabaco con colmillos de lobos marinos, usaban varillas de paraguas para agujerearlos. Se cuenta sobre la pesca del tiburón, los primeros pescadores, el rol de las mujeres que trabajaban a la par, el auge de “la caza de tiburones”; los lobos marinos, el ruido, el aullido.

También contás sobre el trabajo de lobería, que hoy es casi impensable.

Entrevisté a Daniel Machado, quien viene de generaciones de loberos y es sobrino de Toto Machado. Reconstruyo todo el proceso: 40 o 50 hombres que iban en balleneros, trabajo sacrificado.

Había códigos: la ubicación dependía del viento, porque si el viento no soplaba desde el lobo hacia ellos, el lobo olfateaba. Había supersticiones, consignas: no chiflar, no cantar. Si alguien estaba en peligro, se gritaba para que lo rodearan y lo ayudaran, porque podía perder el garrote al vibrar contra la roca y el lobo venía encima.

Hay que pensar el contexto: era la actividad económica principal, aislamiento total, nada de “paso por el súper”. Todo implicaba conseguir materia prima, viajar a Castillos… era otra vida.

En el libro también aparecen historias de otros departamentos: Kiyú, por ejemplo, y esa memoria viva que se está yendo.

Sí. Tuve la posibilidad de entrevistar a una de las primeras veraneantes de Kiyú: 104 años. Es divina. Y ahí pensé mucho: “¿Qué pasa cuando no están estas personas?”. Para mí era un objetivo primordial rescatar esa memoria: quizás los familiares no la conocen en profundidad o no les interesa.

En Kiyú se cuentan cosas increíbles: la fama de los mosquitos, recibir invitados envueltos en sábanas, lavar la loza en la playa con arena y enjuagar en el mar cuando no había agua, cómo se llega al nombre, cómo publicitan el balneario… Y acá entró fuerte el archivo: como no había casi nada escrito, revisé diarios desde 1955 hasta 1960.

Ahí está la historia de las avionetas

Sí. Entrevisto a Arturo Bentancur, profesor de historia, que era niño entonces, y me cuenta que sobrevolaban avionetas y tiraban bolsitas con arena con el diseño de una bañista. La bolsa traía un solar: quien la agarraba después participaba de un sorteo.

Cuando me lo contó, pensé: “Me está tomando el pelo”. Soy desconfiada, fui a la biblioteca, revisé los diarios y apareció: “Observar el cielo mañana a las 18 horas”. Era real.

Y lo de la Miss Universo…

Invitaron a una Miss Universo colombiana, la del 58: Luz Marina Zuluaga. Ella venía a Uruguay por campañas y marcas, y había contactos con una agencia y directivos del Banco Industrial y Comercial de San José, que fue el banco inversionista que compró terrenos y fraccionó.

Ella visita Kiyú, hay videos, prensa… y decís “esto pasaba en Uruguay”. Le regalan un solar; vuelve en 1995 porque “amadrinó” el balneario; dona ese solar y hoy es el Salón Comunal de Kiyú. Son cosas que yo quería que quedaran en el libro.

Y ahí volvemos a lo mismo: todo es comunidad, escuela, comida, vínculo. Balnearios II es comunidad.

Por ejemplo, el rol de las mujeres es muy fuerte. Volvamos a Punta del Diablo: me emocionó la historia de los pescadores. Se empiezan a establecer alrededor de 1942, provenían de Valizas, y las mujeres ayudaban a mover embarcaciones: sin tecnología, usaban rulos de eucaliptos para empujar.

Las mujeres se metían hasta la cintura, invierno o verano, para ayudar a empujar. No había caminos; se hicieron accesos con ramas de acacias y balastro; la Hostería del Pescador aparece en 1949, pero la arena tapaba todo. Vivían en ranchos con cocina y depósito en el mismo espacio, sin intimidad, baños alejados, casillas sin techo. Para extraer mejillones caminaban 5 km hasta la ruta cargando bolsas de 40 o 50 kilos.

Hoy desde la comodidad miramos eso y cuesta imaginarlo, pero era desolado, sin comunicación; muy sacrificado.

¿Te divertiste haciendo el libro?

Me encantó. Estaba cansada, pero sí; es un trabajo grande.

El libro empieza con un naufragio cuyo capitán, Joseph Polony, da nombre a Cabo Polonio, pero con un reconocimiento “inmerecido”, porque se lo sintetiza como un delincuente que contrabandeaba barajas, que se fugó a Buenos Aires y marcó la historia del lugar. Así arranca.

Tuve que trabajar en archivos del mil setecientos y pico, en castellano antiguo complejo, y llevar eso a un texto atractivo. Me encantó ir a Rocha, conocer, investigar.

La historia de “la viuda” es impresionante: la reconstruís con rigor y también con misterio.

Sí. Yo doy a conocer quién era la famosa viuda de Bardem. Eso llevó meses: accedí a una foto inédita, nadie sabía quién era.

La Casa de la Viuda tiene muchísimas leyendas: que si vas en pareja te separás… yo fui, me arriesgué, sigo en pareja. Creo que a veces es excusa para quien se quiere separar.

Ella era francesa, casada con Paul-Louis Bardem, también francés, radicados en Argentina. Ya en los treinta venían por aventura a las costas uruguayas. Él fallece en 1937 y ella en 1951; a través de una empresa familiar compra terrenos y empieza a construir. Encomienda la obra a Juan Uriarte (el mismo de la Hostería del Pescador). Era de carácter fuerte, controlaba todo.

En esa época se llegaba por barco o avioneta; se construyó una pista de aterrizaje (actualmente inhabilitada). La propiedad hoy pertenece a la familia Steverlyn, belgas vinculados a la industria.

¿Y cómo llegaste a la identidad real de esa mujer si nadie te lo podía decir?

Porque cuando entrevistaba pobladores octogenarios, nadie sabía su nombre: era “de Bardem”. Entonces accedí a una nota de prensa en Argentina en la cual un familiar dejó un teléfono. Me animé a llamar, me presenté, y me fueron derivando a familiares hasta que logré reconstruir toda la historia.

También reconstruí el vínculo con La Coronilla: ella se hospedaba en el parador, compraba materiales en el almacén de ramos generales de Leopoldo Fernández (fundador del balneario). Todo era un puñado de gente que se conocía. Yo vi el libro contable de la época: ahí estaban las iniciales, los nombres, las compras.

Seguís la misma línea conceptual de Balnearios I: investigación periodística y relato.

Quería hacer eso: con el mismo rigor periodístico de Balnearios I, hacer Balnearios II. Y bueno, creo que se logró.

Y además, es distinto ir a un balneario después de haberte leído.

Ay, qué bueno. A mí me pasó con Piriápolis: yo soy habitué, es mi lugar en el mundo, y no sabía nada. Podés frecuentar un lugar y conocer poco o nada. La intención es esa: que el lector lo vea con otros ojos.

Tenés lectores muy exigentes.

Sí. Me pasó en la presentación en Punta del Este: había personas de Valizas, Punta del Diablo… venían con mucha información. Y el libro intenta contemplar dos públicos: el que toma conocimiento por primera vez y el que ya sabe. Hay pie de página con información adicional, está pensado para todo tipo de lector.

Yo ya disfruté el proceso; ahora es de los lectores. Que lo disfruten, que lo hagan propio.

Gracias por venir.

El libro

En este recorrido me acompañan los recuerdos, impresiones y experiencias de residentes, visitantes y expertos; y cada uno, a su manera, revela el motivo que lo une a estos entrañables lugares.

Editorial Planeta

Editorial Planeta

Descubriremos los enigmáticos protagonistas que forjaron el comienzo de estos paraísos turísticos, desde un capitán pirata que naufragó en Cabo Polonio a la llegada de los primeros inmigrantes suizos cuyos descendientes fundaron Santa Ana, pasando por la influencia guaraní en Kiyú y la visita a este balneario de una de las ganadoras de Miss Universo, la Casa de la Viuda en Punta del Diablo, el primer hotel en La Coronilla, y la restauración de la fortaleza en Santa Teresa o la determinación de prohombres como Horacio Arredondo y Leopoldo Fernández, artífices del desarrollo de algunos de estos parajes.

El propósito de esta aventura es apreciar los insospechados orígenes de los balnearios que continúan siendo el refugio de unos y el sueño de otros.

Por María Noel Domínguez