En el marco de la gira "Adiós, muchachos", Pity Álvarez y Viejas Locas tocaron en la noche del sábado 17, en el Teatro de Verano Ramón Collazo. Con una gran concurrencia tuvo lugar una "despedida", que puede ser catalogada como memorable.

Crónica

El toque estaba citado a las 20 h, pero todo el público conocedor de los tiempos de Pity Álvarez sabía que iba a ser imposible que se concretara esa puntualidad, por lo que muchos decidieron juntarse en las cercanías del Teatro de Verano para "entonarse" antes de entrar.

Todo alrededor de las canteras, uno podía cruzarse con personas sectorizadas en rondas grupales, en las que diferentes artículos, tales como cerveza, vino o cosas fumables, rodaban en un perfecto idilio socialista que hubiese deleitado al mismísimo Karlitos Marx.

Ya sobre las 21, la gente, de a poco, comenzó a entrar al lugar elegido para el recital y ya podía verse que no iba a ser una noche más en el Ramón Collazo, iba a ser una noche multitudinaria.

Mientras se continuaba esperando la llegada del astro y de sus Viejas Locas, la efervescencia iba subiendo en el cerebro de cada una de las personas, mientras que, como en perfecta sinergia con este descontrol mental, aparecían olas de gente que cada contados minutos saltaban el alambrado de arriba y probaban suerte corriendo por todo el teatro, intentando colarse mientras los azules de seguridad los perseguían de cerca para expulsarlos, como si se tratase de inmigrantes cruzando la frontera. Algunos lograron perderse en la muchedumbre, otros no.

A las 21.30, con un ambiente bien caldeado y después de varias falsas alarmas, se apagaron las luces y apareció sobre el escenario la banda, que se puso a tocar. Pero a quien la gente esperaba no llegó hasta unos minutos después: Cristián Álvarez apareció vestido bien a su estilo y ya endemoniado destilando su propia magia.

Entró al ritmo de "Árbol de la vida" y, con una potencia digna de las grandes estrellas, auguró con un grito la semilla del gran toque que se venía. Porque quiso dejar en claro, desde el primer minuto, que, a diferencia de lo que muchos pensaban, no vino a media máquina, vino a dejar todo en la cancha.

El show siguió con el dúo perfecto que formaban los músicos, con esa máquina de blues que hacían sus instrumentos, como una locomotora conquistando el Oeste, y el Pity disparando los aullidos que son sus canciones.

"Me gustas mucho" y "Está saliendo el sol" fueron algunas de las canciones que fueron siguiendo el repertorio, ante un público que no podía creerlo: era el mismo Pity que todos habían escuchado tantas veces, pero que muy pocos habían visto en vivo, y había salido a rockear.

Poco duró en amplificarse esta locura, y como imitando un sacrificio a un dios antiguo empezaron a llover bengalas, al estilo de la Colombes o la Ámsterdam. La gente comenzó a sacarse la ropa, sin sentir el frío antártico que se vivía junto a la playa Ramírez; hasta una mujer, como en una reminiscencia de Woodstock, se sacó su remera y dejó como ofrenda en el escenario su soutien.

Mientras corrían el tiempo y las canciones, el gigante Pity se iba soltando y comenzó con sus prédicas verborrágicas, que quieren decir mucho más que las palabras que suelta y que tienen camuflada una filosofía callejera que todo el mundo siente, pero que solo él puede explicar.

De ahí en más, todo fue un crescendo, más para arriba, más para arriba, hasta que en un momento, casi sin previo aviso, abruptamente, Pity y la banda dieron las gracias a su público y dejaron el escenario.

Como sólo había pasado una hora desde el comienzo del recital, la gente supuso que ya iban a volver, pero después de media hora el regreso no se concretaba. ¿Sale, no sale? ¿Qué pasa? La gente entró a dudar, porque como es el Pity nadie sabe qué puede pasar.

La duda comenzó a crecer, algún que otro iluso empezó a caminar hacia la puerta del Teatro, hasta que, cuando la gente menos se lo esperaba, volvió la banda y entró a sonar la melodía hipnótica de "Lo artesanal": explotó nuevamente el escenario, la gente y el teatro.

Ahora sí, más suelto que nunca, el concierto se transforma en una prédica del Pity a su público, que lo observa con una admiración como la que tal vez tuviese San Pedro en las catacumbas romanas o el "Negro Jefe" en el vestuario de Maracaná. Los ojos del público siguen los movimientos del cantante, que vaga en el escenario, como si se tratase del estar de su casa, con un estilo que sólo se ve en las grandes estrellas musicales del planeta. Porque el Pity, además de ser un gran músico, tiene un doctorado en entretener gente y abrirle la puerta a una realidad aparte.

El toque, entonces, siguió así, con idas y venidas de la banda, que parecía que no salía pero siempre volvía a salir. Con una música entre el blues más ortodoxo y el funky más delirante, la gente se retorcía en un escape de su rutina, una escalera a algo superior.

Así y todo, eran las 23.30 y el show seguía; como un último dardo, la banda tiró "Fuego", con una versión tan alargada que se transformó en un mantra tibetano pero cantado por músicos rioplatenses. Después de terminado este tema parecía que era el fin de la fiesta, ya que se habían ido todos los músicos, incluido el Pity.

Sin embargo, cuando ya nadie lo esperaba, volvió a aparecerse, como un ángel de la guarda a cantar un último tema, ya sin repertorio, improvisando con su guitarra acústica mientras se despedía y sus labios repetían, una y otra vez, la palabra goodbye. Ahora sí, era el fin.

La gente ya satisfecha, tras una ovación a su ídolo tan fuerte como la música, comenzó a irse de lo que fue uno de los mejores conciertos del año. Todos, con una sonrisa en el rostro.

Manuel Serra | @mserra404